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miércoles, 23 de diciembre de 2009

Avatar

(2009)





James Cameron es uno de esos directores que, si bien nunca brillantes, siempre solían tener cierto interés. Sus películas eran entretenidas y presentaban algunos hallazgos interesantes.
Entonces llegó Titanic (1997), filme entretenido pero vacío, que le convirtió, como él mismo gritó en la gala de los Oscar, en el rey del mundo. Era una cita de la película, sí, pero el hecho de que Cameron la utilizara parecía dejar entrever un ego desproporcionado.
Avatar llega 12 años después de aquella, y nos ha sido presentada como una revolución del cine moderno. Permítanme que lo dude.


Vaya por delante que estoy seguro de que Cameron ha desarrollado un sistema de captura de movimiento y renderización de gráficos sin precedente cuyo potencial en el terreno de la tecnología de cines tridimensional es apabullante. Eso sí, no tengo ni la más remota idea de qué significa esto.
El principal problema de Avatar es que esta tan cacareada revolución no se encuentra ni en el fondo ni en la forma.


Esto, tal cual, no es especialmente criticable; lo mismo se puede decir de muchas otras películas enormemente entretenidas.
El tema es que la cinta que nos ocupa tiene una ambición desmedida para sus escasos méritos y su pobre imaginación.


El argumento que cuenta Cameron está ya demasiado visto, es aquí adecentado con estereotipos andantes (más que personajes) y una delirante sensación de trascendencia (que elimina por completo cualquier posibilidad de entretenimiento), y posee un mensaje ecológico-social tan evidente y burdo que por momentos duele.
El canadiense no consigue emocionar lo más mínimo, sino que confunde y basa todo su atractivo en llenar la película de cuantos más efectos digitales mejor, para ver si así resulta espectacular, cayendo unas cuantas veces en lo irrisorio.


Ni siquiera en esta sobredosis de efectos y personajes variados resulta Avatar una película a recordar. Emperrada en revolucionar la tecnología, el arte se deja de lado. Carente de la imaginación de muchos otros directores actuales, Cameron toma elementos vistos en muchos otros sitios y añade una o dos pequeñas variaciones para darle su toque (los ridículos caballos de seis piernas).


Ni en otros aspectos que no sean los efectos visuales consigue Avatar destacar; ni en la monótona y aburrida fotografía de Mauro Fiore, ni en la aburrida y enormemente repetitiva partitura de James Horner.


Así, el éxito y la calidad de la nueva película de James Cameron se ha dejado por completo al departamento de efectos visuales que, sin duda, ha hecho una labor colosal, pero no consigue enterrar, por mucho que se empeñen, todos los fallos de Avatar.

domingo, 20 de septiembre de 2009

Invasión

(The Invasion, 2007)





A continuación se presenta la crítica seria y pretenciosa de Bob.
Si desean la crítica destructiva y socarrona que hice, les remito a El blog de Randy:
Parte I
Parte II


Para terminar con los ultracuerpos y las asimilaciones, despues de Don Siegel, Phillip Kaufman y Abel Ferrara, que mejor forma que meternos de lleno en la industria cinematográfica Hollywoodiense actual. Inolvidable fábrica de superéxitos veraniegos que tan buenos y malos recuerdos nos ha dejado.


El alemán Oliver Hirschbiegel saltó a la fama no por su estimable película El experimento o por sus colaboraciones en esa abominación que es Rex un policía diferente, sino por El Hundimiento, la película que, dicen, retrata la humanidad de Hitler de forma desgarradora (sobre lo que, no habiéndola visto, no puedo opinar).
La productora Warner Bros no dudó entonces en ponerse en contacto con él para encargarle la dirección del que sería la cuarta adaptación oficial del relato de Jack Finney "The Body Snatchers".
No está claro si los ejecutivos de Warner habían visto o no las películas de este hombre o si habían leído siquiera el guión que le habían dado. Es muy probable que no hicieran ninguna de las dos cosas, porque su reacción al ver la película rodada por el alemán fue ponerle de patitas en la calle.


La mejor idea que tuvieron para solucionar ese montaje, que no ha visto la luz a día de hoy, fue llamar a los mismísimos hermanos Wachowsky, los tipos que tuvieron un golpe de suerte con Matrix y a los que la catastrófica Speed Racer ha puesto en su sitio (es decir, el olvido).
Los cineastas trajeron al director James McTeigue, quien se encargó de rodar las numerosas escenas que habían añadido al guión. Más explosiones, más acción y más Daniel Craig, cuyo pequeño papel en el guión original era ahora extendido para poder poner su nombre en el poster.


Como suele pasar cuando los remontajes entran en escena, el resultado final termina siendo verdaderamente confuso. Invasión no sólo es un caso más, es la absoluta epítome de este fenómeno.
Y es que la película no aporta nada nuevo a la historia (salvo un timidisimo apunte sin demasiado sentido en su epilogo, absurdo y facilón), sino que la utiliza como mera excusa para poder desarrollar una historia de sustos tontos, escenas de acción y supuesta tensión emocional.
La película pierde absolutamente el norte ya desde su comienzo y su hora y media de metraje es un no parar de inconsistencias y, directamente, estupideces.
Y no es que en esto último difiera de muchos otros entretenimientos veraniegos, pero, a diferencia de ellos, Invasión derrocha una aureola de autoimportancia y trascendencia única.


Que la película fue escrita y rodada por dos sensibilidades diferentes se nota, y mucho.
No es cuestión de ir a lo fácil y decir que la visión de Hirschbiegel, más calmada y psicológica, era mejor que la de McTeigue, más centrada en la acción: tanto las escenas dramáticas como las más movidas resultan igual de simples.
Los personajes son estereotipos andantes (la madre que busca a su hijo desaparecido) cuyas acciones tienen poco o ningún sentido y se enfrentan a la invasión de los ultracuerpos de una forma que hubiera enorgullecido al mismísimo Arnold Swarchenneger (no hay más que ver su comienzo repleto de efectos visuales de, dicen, última generación). Añadir explosiones y persecuciones no salva un mal thriller y en todo caso hace un contraste tan brutal que termina de hundirlo.
La parte dramática de la película, por su lado, carece de tensión alguna. Las enigmáticas sustituciones y los terroríficos comportamientos anormales de las tres versiones anteriores son aquí filmadas como si de un mal telefilme se tratara, sin dar emoción o tensión ninguna a la obra y creando en el espectador un sólo deseo ferviente, que las malditas vainas los posean a todos de una vez y se acabe la cosa.
Y sí, la película acaba, pero lo hace de la forma más forzada, y simplona que les fue posible concebir a las mentes pensantes detrás de la máquina de escribir.


Al final, a todos aquellos que despotrican contra los remakes, la saga de los ultracuerpos ha terminado dándoles la razón con una cuarta versión que toma de aquí y de allá, sin aportar absolutamente nada e incurriendo en los tópicos más tontos del género de ¿terror? reciente.


lunes, 17 de agosto de 2009

Harry Potter y el misterio del príncipe

(Harry Potter and the Half-Blood Prince, 2009)


Harry Potter y la orden del fénix



Cuando Chris Columbus, Alfonso Cuarón y Mike Newell abandonaron la saga del joven mago tras darle su personal (o impersonal) toque, Warner Bros aseguró que el cambio de director tenía como propósito dar mayor variedad a las adaptaciones de los libros de J. K. Rowling.
Y aunque la permanencia de David Yates en la saga a partir de la quinta película echa por tierra esta justificación, lo cierto es que pasar al joven mago por diferentes prismas es lo único que mantiene con vida e interés sus aventuras fílmicas, máxime ahora que Yates, al margen de su talento, tiene la noble intención de no repetirse en sus trabajos.
Así pues, el director británico decidió imprimir a su segunda incursión en el mundo de Hogwarts un estilo totalmente diferente al de La orden del fénix, también dirigida por él


Tras el guión de Michael Goldenberg para la anterior entrega, Steve Kloves, autor de los cuatro primeros libretos, vuelve para adaptar una de las tres peores novelas de la saga.
Así, el guionista, que ya ha demostrado su talento en películas como Jóvenes Prodigiosos (Wonder Boys, 2000) se ve lastrado, como ya ha sucedido anteriormente en la saga, por su material de partida. Y no sólo porque éste esté carente de interés, sino porque la moda de entender “adaptación” por “traslación” lleva a muchos a ignorar las reglas básicas de narración fílmica para elaborar historias que se afanan por ser meras referencias dedicadas a los fanáticos de la obra original.
Y es que aunque la autora de los libros ha asegurado estar supervisando las películas para que no pasen por alto ningún detalle importante, lo cierto es que parece más preocupada en señalar tendencias sexuales de personajes que en ocuparse de preservar subtramas de posible relevancia. Poco a poco, las películas van dejando preguntas sin resolver, pequeños enigmas y personajes olvidados que progresivamente se acumulan hasta sus dos entregas finales que, curiosamente, parece ser que pondrán final a todas esas subtramas que las películas han dejado fuera y que ahora se antojan verdaderamente irrelevantes (es decir, bodas y elfos domésticos).


Harry Potter y el misterio del príncipe indaga ya en el mundo hormonal de Hogwarts. Algunas historias amorosas han sido ya casi intuidas desde el final de la segunda película, a diferencia de los libros (donde estas se sueltan de golpe y porrazo en la sexta entrega). Al adaptar tan fielmente el material, uno tiene la sensación de repetición en la historia de amor secundaria y de cierta incoherencia narrativa en la historia de principal, como ya sucedía en la anterior película, donde el amor surge esponmtaneamente y sin preparación alguna.
Aun así, el guión de Kloves sale más o menos airoso, con ciertos momentos de interés argumental, como los apuntes de la relación de Harry con Dumbledore o Slughorn, o el drama de Draco Malfoy.


David Yates se mueve por este mundo con la misma corrección que en su anterior trabajo, con algunos movimientos elaborados en momentos puntuales que, por desgracia, no son una constante (como si lo eran en El prisionero de Azkaban) y dejan paso a una proliferación ocasional de primeros planos.
El director sigue demostrando que tiene cierta idea de dónde poner la cámara y continua con esas localizaciones tan inglesas, bien sea en ciudad con unos estupendos exteriores, o en campo con los fascinantes alrededores de Hogwarts.
A pesar de estos aciertos, la película se ve parcialmente perjudicadas por un ritmo en ocasiones confuso y un montaje algo abrupto, como si los 153 minutos de metraje no fueran suficientes para contener la historia.


Si algo se puede elogiar a Yates es su negativa a repetirse. Así, aunque la mayoría del equipo de la película anterior repita, el británico ha contado con la ayuda del prestigioso director de fotografía Bruno Delbonnel, colaborador de Jean-Pierre Jeunet.
El francés retrata este mundo mágico con algo de acierto, pero también de forma bastante irregular. Los tonos y colores que da a Hogwarts resultan mucho más atractivos y crepusculares que los de la entrega precedente, sirva como ejemplo la escena en la cabaña de Hagrid, donde el fotógrafo sabe sacar mucho de los fondos escoceses. Su retrato de Hogwarts, sumado a los siempre brillantes decorados, ayuda a diferenciar esta entrega de otras, dándole cierta entidad con una acertada atmósfera.
Por otro lado, para construir la sensación de misterio, Delbonnel llena ciertos planos de un tono neblinoso que, aunque funciona en ocasiones, termina siendo demasiado cansino.


El compositor Nicholas Hooper repite en la saga y si bien su partitura para La orden del fénix (de la que se han reciclado un par de temas para El misterio del príncipe) dejaba qué desear, su trabajo para esta entrega, aunque no iguala a los de Williams y Doyle, resulta mucho más elaborado en la creación de temas misteriosos, emotivos y emocionantes, colaborando con ese tono oscuro y casi dramático de la película.


Por otro lado, el elenco de nombres de la saga se amplía con la llegada de Jim Broadbent, en la piel del nuevo profesor de Hogwarts. El actor da rienda suelta a su vena más cómica y descontrolada, para secundar a los habituales. Y si bien Michael Gambon hace su segundo mejor trabajo como Dumbledore (tras El prisionero de Azkaban), el resto del reparto no se queda atrás, incluyendo a Daniel Radcliffe, que aunque se muestra algo soso y forzado en las escenas dramáticas, cumple de sobra cuando tiene permiso para hacer tonterías y plantar cara a estas leyendas del cine inglés.


Así, a pesar de la torpeza de ciertos momentos (su ridículo clímax en la cueva) o el excesivo componente amoroso, tonto por momentos, Harry Potter y el misterio del príncipe resulta una película sorprendentemente entretenida para sus más de dos horas de metraje, aunque se vea demasiado lastrada por su material de origen.


viernes, 14 de agosto de 2009

Harry Potter y la orden del fénix

(Harry Potter and the Order of the Phoenix, 2007)


Harry Potter y el cáliz de fuego



Como sucedió con Cuarón tras su labor en El prisionero de Azkaban, Mike Newell fue tentado con el puesto de director en la quinta parte, oferta que rechazó por lo demandante del trabajo. Y como en la tercera película, la elección final no pudo ser más llamativa.
Y es que aunque uno esperaría de Warner Bros la contratación de directores comerciales con experiencia en superproducciones, al igual que cuando el director de Y tu mamá también llegó a la saga del joven mago, los espectadores volvían a rascarse la cabeza incrédulos por la elección para la quinta parte.


David Yates no era un director conocido para el gran público, pues su experiencia previa a Harry Potter se limitaba prácticamente a la televisión inglesa, donde dirigió la estupenda miniserie State of Play (2003).
A su llegada, Yates no dudó en llevarse a algunos colaboradores habituales. Aun así, el director era plenamente consciente de a qué se enfrentaba.


La orden del fénix es, probablemente, el peor libro de toda la saga, lo cual son palabras mayores para todo aquel que haya leído los tres últimos. Esto, sumado al hecho de que el premiado Steve Kloves era sustituido en el guión por el mucho más soso Michael Goldenberg, hacen de la primera experiencia de Yates en Harry Potter la peor película de la saga.
Y es que, si bien la irrelevancia era algo que ya habíamos visto en la segunda película, mientras que la obra de Columbus resultaba enormemente entretenida, la fidedigna adaptación del quinto libro se queda prácticamente sin nada que contar. Como tantos otros autores actuales, Rowling había escrito un libro que daba vueltas sobre si mismo para no decir absolutamente nada en sus pesadas páginas. Así, la película no puede evitar impregnarse de esta indiferencia, de esa sensación de incertidumbre, en el peor sentido de la palabra, que parece transmitir Rowling. Y es que para cualquiera que haya leído los libros queda claro que si bien la trama parece planificada hasta la cuarta novela, a partir de la quinta comienza a alargarse sin sentido, simplemente por llegar al séptimo libro.


Con esta perspectiva, y teniendo en cuenta que Yates no está al nivel de Alfonso Cuarón o, si me apuran, Mike Newell, La orden del fénix termina siendo la peor película de la saga y contrasta llamativamente con la recargada cuarta película
Pero esto no significa que esté exenta de aciertos. Así, aunque no tenga demasiada acción, Yates sabe cómo rodar los diálogos para sacarles el máximo partido (que, las cosas como son, no es demasiado) y presenta una película muy inglesa en su estilo. Así, al escenario del mundo mágico cabe añadir algo que Cuarón ya apuntó en la tercera parte, un pequeño retrato del mundo real. Yates se molesta en darnos esos breves momentos en que Harry Potter se mueve por un Londres auténtico y reconocible.


El imprevisible fotógrafo Slawomir Idziak da a la película un tono visual que nos retrotrae más a la tercera que a la cuarta, pero el polaco parece un seguidor de los excesos y por momentos termina tintando prácticamente la imagen de un azulado color que juega en contra de la película, al sacar al espectador de la misma por su falsedad.
Aun así, La orden del fenix tiene momentos en que Yates utiliza muy apropiadamente la mano de Idziak, especialmente en su comienzo, con esa estupenda escena inicial en el parque que da paso al primera ataque.


Las imágenes son sonorizadas por un viejo colaborador del director. Así como el paso de la televisión al cine es muy grande en términos de fotografía, Yates consideró que lo que atañe a la banda sonora era más sencillo.
Nicholas Hooper pasa con el director del mundo de la televisión al del cine y lo hace, aunque a años luz del trabajo de los que le precedieron, con bastante dignidad. Hooper compone un par de temas pegadizos, un poco en la linea de Williams, pero nos da una partitura que, a juego con el tono calmado de la película, resulta sorprendentemente sutil, no por ello mala, especialmente en escenas como el encuentro con Grawp.


La mano de Yates en La orden del fénix se ve perjudicada en parte por ser su primera experiencia con una película de estas características, pero, sobretodo, por la monotonía de su historia, carente de garra.
Aun así, la película sigue presentando una factura técnica impecable y anuncia un director con buenas ideas que puede ir mejorando en sus futuras incursiones en el mundo del joven mago.


Harry Potter y el misterio del príncipe

miércoles, 12 de agosto de 2009

Harry Potter y el cáliz de fuego

(Harry Potter and the Goblet of fire, 2005)


Harry Potter y el prisionero de Azkaban



Alfonso Cuarón fue tentado para repetir en la dirección con El cáliz de fuego, tarea que el director tuvo que rechazar para centrarse en su próxima película, la genial Hijos de los hombres (Children of Men, 2006). En su lugar, llegó el que habría de ser el primer director inglés de la saga, el muy irregular Mike Newell.


Y, aunque pudiera tener sus fallos, lo cierto es que supo seguir perfectamente con la nueva idea propuesta por Cuarón de dar a cada película un tono distinto. El estilo de El cáliz de fuego, muy probablemente, no existiría sin la llegada del director mexicano a El prisionero de Azkaban. Newell utiliza los decorados de la película anterior y toma algo de su estilo en la fotografía, pero va mucho más allá y, lejos de quedarse en la copia, da su propio estilo al mundo de Rowling.


Este tono es, a juego con la ambición de la historia, mucho más recargado de lo que habíamos visto hasta ahora. Newell vuelve a contar con Roger Pratt, director de fotografía de la segunda parte, aquí con un estilo diferente, que parece fundir algunos tonos de su anterior trabajo en la saga con otros aportados por Michael Seresin en la tercera, creando una fotografía algo irregular por momentos pero tan fascinante como la de El prisionero de Azkaban.


Poniendo sonido a las imágenes, por otro lado, esta un recién llegado a la saga. Compositor con gran experiencia y algunas bandas sonoras legendarias a sus espaldas, Patrick Doyle llegó al mundo de Potter con un estilo diferente al de su predecesor, pero igualmente disfrutable. La música de El cáliz de fuego rompe con lo oído hasta el momento y presenta una partitura que cuenta con temas enormemente atmosféricos que ayudan a crear esa sensación de amenaza en ciertos momentos y que, unidos a la fotografía de Pratt y la dirección de Newell, hacen de Hogwarts un ambiente nuevo y tanto o más fascinante de lo que era en El prisionero de Azlaban.


Por otro lado, el director sigue la estela de la parte anterior, no sólo en su conseguido sentido del humor, sino en su retrato de un Hogwarts situado en un mundo real (la naturaleza cobra gran importancia visual en el relato) y habitado por unos personajes auténticos. Nuevamente, Newell va más allá de lo que fue Cuarón cuando aprovecha el concierto navideño para retratar a los protagonistas como jóvenes normales de hoy día. Así, si dicho retrato no es especialmente brillante de por sí, incluido en el contexto de la saga, tan alejada de ese estilo, resulta tan bizarro por momentos como, en última instancia, acertado.


Por el lado negativo, a diferencia del tono calmado de las dos primeras partes o de la energía de la tercera, El cáliz de fuego adolece de un montaje demasiado apresurado, que por momentos resulta confuso. Como sucedió un año antes con el Batman Begins (2005) de Christopher Nolan, no así en su brillante secuela, la película parece querer contar tantas cosas que debe eliminar tiempos muertos para hacer una película cargada al completo de acción, resultando así demasiado cargante en algunos momentos.


Por supuesto, Newell se rodea de los actores y técnicos más eficientes del cine inglés y americano, que ayudan a hacer de esta la película más espectacular de la saga, con efectos especiales tan logrados como el dragón, y con el eficiente Brendan Gleeson y el famoso Ralph Fiennes, dando vida a un descontrolado y algo tedioso Lord Voldemort


Al final, Harry Potter y el cáliz de fuego es un pasó en otra dirección, ni mejor ni peor, con respecto a El prisionero de Azkaban.
Partiendo de la diferencia establecida por Cuarón con respecto a las primeras películas, Newell hace una película que, con un guión algo apresurado y simple por momentos, reposa todo su encanto en un tono enormemente atmosférico y termina resultando el Harry Potter más bizarro y barroco hasta la fecha.


Harry Potter y la orden del fénix

lunes, 10 de agosto de 2009

Harry Potter y el prisionero de Azkaban

(Harry Potter and the Prisoner of Azkaban, 2004)


Harry Potter y la cámara secreta



La complejidad que supone manejar una película de efectos terminó cansando a Chris Ciolumbus, director de las dos primeras, que ejercería en la tercera de productor ejecutivo, para acabar retirándose a filmar aburridos musicales para jovenzuelos pocos años después.


Así, Warner Bros aprovechó para anunciar que a partir de ahora contrataría a un director para cada parte de la saga para dotar a cada película de un tono distinto, siendo en realidad que no encontraban a nadie dispuesto a repetir con obras de estas dimensiones. Pero esa ya es otra historia.
Y entre todos los directores que uno podría esperar, la elección no pudo ser más curiosa.

Tras tantear a Guillermo Del Toro, que por aquel entonces no disfrutaba del éxito de El laberinto del fauno (2006), el puesto llegó a Alfonso Cuarón, amigo de Del Toro y director de Y tu mamá también (2001).


Guste o no, lo cierto es que el mexicano tiene mayor talento y personalidad que su predecesor en la saga del joven mago
Uno podría esperar, no obstante, que manejando su primera producción millonaria y trabajando para un gran estudio, su estilo quedara difuminado entre complejos efectos visuales que no estaría demasiado preparado para filmar. Nada más lejos de la realidad.


Si algo brilla en El prisionero de Azkaban es la arrolladora personalidad de su director. Cuarón llega al mundo de Hogwarts no para repetir la formula, sino para revisarla y fundirla con su particular estilo y su inventiva.
Así, el mejicano no tuvo inconveniente alguno en reinventar lo que ya conocíamos y brindarnos un mundo completamente distinto.
En lo que fue una decisión muy criticada por los seguidores de la saga, tuvo la osadía de revisar los diseños, decorados y localizaciones para dejar la continuidad con las películas precedentes en un segundo plano y centrarse en su visión particular.
Escocia pasa a ser un elemento más del mundo mágico. Relegada en las dos películas precedentes a breves planos lejanos o digitales, Cuarón elimina los decorados llanos y simples para hacer justicia al terreno en que la acción tiene lugar y situar Hogwarts en medio de las mágicas montañas escocesas, que hacen maravilloso cada plano en que aparecen.
Desde este prisma, la saga de Potter se enriquece, pues no nos presenta ya diferentes historias, sino diferentes visiones de este mundo mágico.


Ante la imposibilidad de trabajar con su director de fotografía, el fascinante Emmanuel Lubezki, cuyas cuatro nominaciones al Oscar no hacen justicia a su talento, Cuarón recurrió a un director con más experiencia y un estilo similar. El colaborador habitual de Alan Parker, Michael Seresin, filma Hogwarts con su estilo habitual que resulta ser radicalmente distinto al de cualquiera de las dos primeras películas.
Cuarón entiende que Harry Potter va derivando hacia lugares más siniestros que requieren algo más que una fotografía contrastada y escenas nocturnas. Harry Potter y el prisionero de Azkaban presenta un aspecto visual de colores algo apagados, entre verdes y azulados, que confiere a este mundo un aspecto mucho más fascinante y atractivo y, a la vez, le dan ese tono inglés del que Columbus carecía.


Por su parte, al reparto ya visto, cabe ahora añadir al siempre interesante Michael Gambon, haciendo un Dumbledore mucho más activo que el del fallecido Richard Harris; al legendario Gary Oldman, en un breve pero crucial papel; y al David Warner del nuevo siglo, David Thewlis, un tipo que sabe oscilar como nadie entre lo genial y lo atroz y que para Azkaban se queda muy correctamente entre ambos términos.


La dirección de Cuarón, por su parte, demuestra una enorme energía. Alejado de la monotonía, sabe visualizar este mundo con una gran naturalidad, a diferencia de lo que sucedía en las películas precedentes, tanto en su vestuario y humor como en sus actuaciones.
Su cámara llega a Hogwarts para captar todos estos detalles de una forma que no habíamos visto. El mexicano lleva sus característicos planos largos y elaborados al mundo de Harry Potter, haciéndolo más real, fascinante y vivo de lo que jamás estuvo.


Quizás consciente del cambio que atravesaba la saga, el compositor John Williams volvió a tiempo completo para componer la banda sonora que, alejándose de la música de las dos primeras entregas y relegando el tema principal a un par de momentos, enfatiza el tono enérgico de la cinta y, por momentos, el dramático, con temas como A Window to the Past, no tan mítico como el tema principal, pero igualmente emocionante.


Al final, El prisionero de Azkaban termina erigiéndose como una cuidada película fantástica gracias a una dirección que se implica al máximo en todos los aspectos y sabe llevar un cambio total a algo ya visto.


Harry Potter y el cáliz de fuego

viernes, 7 de agosto de 2009

Harry Potter y la cámara secreta

(Harry Potter and the Chamber of Secrets, 2002)


Harry Potter y la piedra filosofal



Tras hablar de La piedra filosofal, no hay demasiado que se pueda aportar sobre su continuación, Harry Potter y la cámara secreta. La película continúa fielmente con el estilo de la primera, pero se adapta al tono del segundo libro, mucho más tenebroso.


Algunas críticas a La piedra filosofal se centraban en que no era más que una introducción algo intrascendente y no es sorprendente (aunque sí criticable) que durante su producción se hablará de unirla a la segunda.
En cualquier caso, la primera servía como una agradable introducción al mundo mágico, mientras que la segunda explora, de forma algo inocente, el lado más oscuro.


Así, el fotografo John Seale deja la saga para ceder paso a Roger Pratt, con una imagen más contrastada y oscura que, manteniendo las tonalidades de la primera parte, da a Hogwarts un aspecto más lúgubre de lo que habíamos visto, pero lejos aun de lo que estaba por llegar en futuras entregas.


A los actores cabe añadir las nuevas interpretaciones de un misterioso Jason Isaacs y un deliciosamente descontrolado Kenneth Brannagh.
Con ellos interactúa ahora un personaje totalmente realizado por ordenador, Dobby el elfo doméstico. Y aunque la película quedara fuera de los Oscar, la verdad es que la creación de la serpiente final y de este personaje, no tienen nada que envidiar a otras partes de la saga o, si me apuran, al tan famoso Gollum de El señor de los anillos. Y es que Dobby no es solamente un personaje completamente creíble, sino, también, un contrapunto cómico de agradecer.
Así, en contraposición al tono oscuro de la historia, la película introduce dos personajes humorísticos que, lejos de la simple sonrisa que sacaban algunos momentos de la primera película, saben de verdad hacer reír. El engreido Brannagh y el elfo doméstico con voz de Joby Talbot al borde del masoquismo se agradecen como una forma de modificar la formula, aunque sea muy parcialmente.


La música de Williams, compositor prácticamente ausente de la película, es adaptada aquí por William Ross, creando una partitura menos rimbombante que la primera, pero carente de personalidad. Lejos de ser mala, sabe acompañar a la acción, pero tiene un sonido algo repetitivo y lejos de lo que podría hacer un Williams plenamente implicado en el proyecto.


Columbus, por su parte, mantiene la misma corrección (y, en unos pocos momentos, aburrimiento) que dio en la primera parte, manejando perfectamente los efectos visuales, teniendo algún resultado espectacular (la pelea final), e introduciendo giros cámara para enrarecer el ambiente de Hogwarts, una estrategia que si bien no es especialmente brillante, sirve para romper con la monotonía.


Pero, en última instancia, lo que termina fallando en La cámara secreta es la esperable sensación de irrelevancia. A diferencia de la primera parte, que presenta este mundo mágico, y de las siguientes, que lo van enriqueciendo y hacen avanzar la historia, al ver la segunda parte uno tiene la sensación de haber pasado dos horas y medias absolutamente prescindibles en cuanto que su aportación a la saga no es demasiado grande, por mucho que, años después, Rowling se sacara de la manga horrocruxes varios.


Aun así, la película sigue siendo igualmente disfrutable si uno se sumerge en los fascinantes escenarios de Hogwarts y disfruta de la aventura que La cámara secreta tiene que ofrecer.


Harry Potter y el prisionero de Azkaban

miércoles, 5 de agosto de 2009

Harry Potter y la piedra filosofal

(Harry Potter and the sorcerer's stone, 2001)


Harry Potter. El fenómeno



La elección del director para la primera película de la saga del joven mago no pudo ser más curiosa.
Habiendo sido tentado el propio Steven Spielberg, el puesto recayó en el impersonal Chris Columbus.
Curiosamente, éste llegó al mundo del cine de la mano del director de Tiburón, quien le contrató para escribir tres producciones suyas de los años 80; Gremlins (1984), Los Goonies (The Goonies, 1985) y El secreto de la pirámide (Young Sherlock Holmes, 1985), siendo esta última un precedente del estilo que tendría la primera parte de Harry Potter.


Columbus comenzó como un autor original con una vena macabra (el guión de Gremlins era más violento de lo que se ve en pantalla), pero quizás en su colaboración con Spielberg terminó adoptando otra visión de las cosas.
El tema es que cuando debutó en la dirección, Columbus era un artífice de espectáculos para toda la familia. A él debemos películas, algunas de dudosa calidad, como Sólo en casa (Home alone, 1990), La Señora Doubtfire (Mrs. Doubtfire, 1993) y El hombre bicentenario (Bicentennial Man, 1999).


Acostumbrado a trabajar con niños y siendo un director que se ajustaba a lo que le decían, Columbus hizo la primera entrega de la saga con corrección.
Siguiendo el guión del prestigioso Steve Kloves, el director no muestra ideas especialmente brillantes y se rodea de profesionales y para dejarles hacer lo mejor que saben.


Así, los créditos de Harry Potter y la piedra filosofal son verdaderamente impresionantes, y no sólo en el apartado técnico.
La primera aventura del joven mago reúne a nombres legendarios y no tan legendarios del cine inglés, como son Richard Harris, Maggie Smith, Alan Rickman, John Hurt, Robbie Coltrane... Y los pone junto a nuevos talentos que con el paso del tiempo acabarían haciéndose aun más celebres entre ciertos sectores de la población. Daniel Radcliffe, Rupert Grint, Emma Watson y Tom Felton dan aquí prácticamente sus primeros pasos en el mundo de la actuación y salen, aunque algo sobreactuados, airosos.


Todo este reparto se mueve en los decorados y localizaciones, que conforman uno de los mayores alicientes de la saga del joven mago. Si bien estarían mucho mejor desarrollados en entregas posteriores, en La piedra filosofal constituyen un atractivo ambiente para toda la acción, que contribuye a dar un tono aventurero a la propia película, algo a lo que también ayuda el fotogramo John Seale con una imagen que, aunque no demasiado elaborada, resulta muy apropiada en el uso de color.


Junto a estos, está la brillante banda sonora de John Williams, que después de habernos dado obras para el recuerdo durante 30 años, decidió volver a sorprendernos y crear el tema musical de la saga que ya es inconfundible. Su música, más importante de lo que pueda parecer en una película de estas características, da el toque perfecto a la primera parte de la saga y aunque resulta algo rimbombante por momentos, da algunos momentos de gran belleza.


Por supuesto, tampoco es cuestión de menospreciar la labor de Columbus, quien se carga a las espaldas una película enormemente compleja en toda su variedad de efectos. A diferencia de otros directores más talentosos que se ven en un apuro en grandes producciones, el director sabe exactamente a qué hace frente y, aunque carezca de una personalidad de la que dotar al conjunto, se aúpa en los hombros de otros profesionales para dar una producción amena y entretenida para toda la familia cuyas dos horas y pico de metraje pasan en un suspiro.


Harry Potter y la cámara secreta