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viernes, 7 de agosto de 2009

Harry Potter y la cámara secreta

(Harry Potter and the Chamber of Secrets, 2002)


Harry Potter y la piedra filosofal



Tras hablar de La piedra filosofal, no hay demasiado que se pueda aportar sobre su continuación, Harry Potter y la cámara secreta. La película continúa fielmente con el estilo de la primera, pero se adapta al tono del segundo libro, mucho más tenebroso.


Algunas críticas a La piedra filosofal se centraban en que no era más que una introducción algo intrascendente y no es sorprendente (aunque sí criticable) que durante su producción se hablará de unirla a la segunda.
En cualquier caso, la primera servía como una agradable introducción al mundo mágico, mientras que la segunda explora, de forma algo inocente, el lado más oscuro.


Así, el fotografo John Seale deja la saga para ceder paso a Roger Pratt, con una imagen más contrastada y oscura que, manteniendo las tonalidades de la primera parte, da a Hogwarts un aspecto más lúgubre de lo que habíamos visto, pero lejos aun de lo que estaba por llegar en futuras entregas.


A los actores cabe añadir las nuevas interpretaciones de un misterioso Jason Isaacs y un deliciosamente descontrolado Kenneth Brannagh.
Con ellos interactúa ahora un personaje totalmente realizado por ordenador, Dobby el elfo doméstico. Y aunque la película quedara fuera de los Oscar, la verdad es que la creación de la serpiente final y de este personaje, no tienen nada que envidiar a otras partes de la saga o, si me apuran, al tan famoso Gollum de El señor de los anillos. Y es que Dobby no es solamente un personaje completamente creíble, sino, también, un contrapunto cómico de agradecer.
Así, en contraposición al tono oscuro de la historia, la película introduce dos personajes humorísticos que, lejos de la simple sonrisa que sacaban algunos momentos de la primera película, saben de verdad hacer reír. El engreido Brannagh y el elfo doméstico con voz de Joby Talbot al borde del masoquismo se agradecen como una forma de modificar la formula, aunque sea muy parcialmente.


La música de Williams, compositor prácticamente ausente de la película, es adaptada aquí por William Ross, creando una partitura menos rimbombante que la primera, pero carente de personalidad. Lejos de ser mala, sabe acompañar a la acción, pero tiene un sonido algo repetitivo y lejos de lo que podría hacer un Williams plenamente implicado en el proyecto.


Columbus, por su parte, mantiene la misma corrección (y, en unos pocos momentos, aburrimiento) que dio en la primera parte, manejando perfectamente los efectos visuales, teniendo algún resultado espectacular (la pelea final), e introduciendo giros cámara para enrarecer el ambiente de Hogwarts, una estrategia que si bien no es especialmente brillante, sirve para romper con la monotonía.


Pero, en última instancia, lo que termina fallando en La cámara secreta es la esperable sensación de irrelevancia. A diferencia de la primera parte, que presenta este mundo mágico, y de las siguientes, que lo van enriqueciendo y hacen avanzar la historia, al ver la segunda parte uno tiene la sensación de haber pasado dos horas y medias absolutamente prescindibles en cuanto que su aportación a la saga no es demasiado grande, por mucho que, años después, Rowling se sacara de la manga horrocruxes varios.


Aun así, la película sigue siendo igualmente disfrutable si uno se sumerge en los fascinantes escenarios de Hogwarts y disfruta de la aventura que La cámara secreta tiene que ofrecer.


Harry Potter y el prisionero de Azkaban

miércoles, 5 de agosto de 2009

Harry Potter y la piedra filosofal

(Harry Potter and the sorcerer's stone, 2001)


Harry Potter. El fenómeno



La elección del director para la primera película de la saga del joven mago no pudo ser más curiosa.
Habiendo sido tentado el propio Steven Spielberg, el puesto recayó en el impersonal Chris Columbus.
Curiosamente, éste llegó al mundo del cine de la mano del director de Tiburón, quien le contrató para escribir tres producciones suyas de los años 80; Gremlins (1984), Los Goonies (The Goonies, 1985) y El secreto de la pirámide (Young Sherlock Holmes, 1985), siendo esta última un precedente del estilo que tendría la primera parte de Harry Potter.


Columbus comenzó como un autor original con una vena macabra (el guión de Gremlins era más violento de lo que se ve en pantalla), pero quizás en su colaboración con Spielberg terminó adoptando otra visión de las cosas.
El tema es que cuando debutó en la dirección, Columbus era un artífice de espectáculos para toda la familia. A él debemos películas, algunas de dudosa calidad, como Sólo en casa (Home alone, 1990), La Señora Doubtfire (Mrs. Doubtfire, 1993) y El hombre bicentenario (Bicentennial Man, 1999).


Acostumbrado a trabajar con niños y siendo un director que se ajustaba a lo que le decían, Columbus hizo la primera entrega de la saga con corrección.
Siguiendo el guión del prestigioso Steve Kloves, el director no muestra ideas especialmente brillantes y se rodea de profesionales y para dejarles hacer lo mejor que saben.


Así, los créditos de Harry Potter y la piedra filosofal son verdaderamente impresionantes, y no sólo en el apartado técnico.
La primera aventura del joven mago reúne a nombres legendarios y no tan legendarios del cine inglés, como son Richard Harris, Maggie Smith, Alan Rickman, John Hurt, Robbie Coltrane... Y los pone junto a nuevos talentos que con el paso del tiempo acabarían haciéndose aun más celebres entre ciertos sectores de la población. Daniel Radcliffe, Rupert Grint, Emma Watson y Tom Felton dan aquí prácticamente sus primeros pasos en el mundo de la actuación y salen, aunque algo sobreactuados, airosos.


Todo este reparto se mueve en los decorados y localizaciones, que conforman uno de los mayores alicientes de la saga del joven mago. Si bien estarían mucho mejor desarrollados en entregas posteriores, en La piedra filosofal constituyen un atractivo ambiente para toda la acción, que contribuye a dar un tono aventurero a la propia película, algo a lo que también ayuda el fotogramo John Seale con una imagen que, aunque no demasiado elaborada, resulta muy apropiada en el uso de color.


Junto a estos, está la brillante banda sonora de John Williams, que después de habernos dado obras para el recuerdo durante 30 años, decidió volver a sorprendernos y crear el tema musical de la saga que ya es inconfundible. Su música, más importante de lo que pueda parecer en una película de estas características, da el toque perfecto a la primera parte de la saga y aunque resulta algo rimbombante por momentos, da algunos momentos de gran belleza.


Por supuesto, tampoco es cuestión de menospreciar la labor de Columbus, quien se carga a las espaldas una película enormemente compleja en toda su variedad de efectos. A diferencia de otros directores más talentosos que se ven en un apuro en grandes producciones, el director sabe exactamente a qué hace frente y, aunque carezca de una personalidad de la que dotar al conjunto, se aúpa en los hombros de otros profesionales para dar una producción amena y entretenida para toda la familia cuyas dos horas y pico de metraje pasan en un suspiro.


Harry Potter y la cámara secreta

jueves, 18 de junio de 2009

Elemental, querido Watson. Parte III (de III)

Anteriormente...
Elemental, querido Watson. Parte I
Elemental, querido Watson. Parte II

Ya en los 80, encontramos un par de productos destacados que, al margen de su calidad fílmica, parecen emperrados en infantilizar al personaje para utilizarlo como forma de comercializar nuevas chocolatinas. Dejamos atrás adaptaciones fieles y complementos dramáticos, para meternos en películas de índole familiar o cómica. Si bien es cierto que en esta época se enmarca la ya mencionada Las aventuras de Sherlock Holmes con Jeremy Brett, que el que esto firma no ha tenido la oportunidad de ver todavía.

Nicholas Rowe/Alan Cox
El secreto de la pirámide (1985)
La colaboración entre Steven Spielberg (productor) y un Chris Columbus (guionista) recién llegado al mundo del cine dio dos productos tan divertidos, honestos y, a la postre, exitosos, como son Gremlins y Los Goonies. El tercer y último film de esa colaboración sería una película para toda la familia con pretensiones de convertirse en una saga de gran éxito, de ahí su título inicial, Young Sherlock and the pyramid of fear. En esta obra, echamos un vistazo a la juventud de Sherlock Holmes y John Watson, cuando traban amistad en un internado y deben acabar con una diabólica secta satánica.
Así, pocas cosas hay más inútiles que visionar El secreto de la pirámide como una precuela de las aventuras de Sherlock Holmes, porque si bien se nos avisa al comienzo de la proyección de que la producción se ha realizado con el máximo respeto y cariño a los personajes de Arthur Conan Doyle, queda bastante claro que lo que sin duda respetaban los implicados era al todopoderoso dólar ese. Y es que la película tiene mucho más en común con el por entonces reciente estreno de Steven Spielberg, Indiana Jones y el templo maldito, que con Conan Doyle, como queda claro de sus fantasiosas escenas y su tónica de aventura familiar, que en ocasiones llega a rozar demasiado el infantilismo, con algún que otro momento vergonzoso (“¿Qué quieres ser cuando seas mayor?”).
Igual sentido tiene intentar ver en los personajes de Nicholas Rowe (que posteriormente trabajaría en la opera primera de Guy Ritchie, quien, cosas de la vida, se encarga de la próxima adaptación de Holmes) y Alan Cox (hijo de Brian Cox) algo que no sea unos jóvenes estudiantes de la época victoriana convenientemente sazonados y adecentados para los tiernos prepúberes de la década de los 80. El conocimiento de los responsables de la obra de Conan Doyle, de haberlo, es efímero y superficial, o al menos eso se demuestra de la aleatoria inclusión de referencias a los elementos más icónicos y conocidos, aunque en ocasiones, como en la presentación de Watson y Holmes, el uso del razonamiento deductivo tenga cierta curiosidad. Y, por supuesto, el personaje de John Watson es aquí un secundario cómico en la acepción más desagradable del termino. El fiel compañero del detective ha sido convertido en un comilón que habla con pastelitos, no da pie con bola y se tropieza alocada y aleatoriamente durante toda la película. Así, intentar ver un intento serio de explicar ciertos elementos de la naturaleza holmesiana (Moriarty, su relación con las mujeres) sólo conseguirá enervar, y con razón.
Aun así, tomada como una simple película de aventuras de inocentes intenciones, El secreto de la pirámide termina siendo un espectáculo que, aunque vacío, resulta de lo más entretenido y presenta alguno o dos detalles interesantes (ciertos momentos dramáticos y una escena tras los créditos finales). Gracias a una resuelta dirección de Barry Levinson, a una factura técnica impecable (no sólo en decorados y vestuario, sino también en efectos, incluyendo el primer efecto digital de la historia, obra y gracia del Pixar de Steve Jobs) y a una ambientación la mar de agradable en las espectaculares localizaciones de Oxford, esta aventura del joven Sherlock Holmes resulta una película tan amena como inocente,.
Por supuesto, de mencionado obligado es la brillantísima banda sonora de Bruce Broughton, que probablemente sea una de las mejores partituras musicales de aventuras de los últimos 25 años.



Basil de Baker Street/Dr. David Q. Dawson
Basil, el ratón superdetective (1986)
Si hablamos de la traslación de los personajes de Conan Doyle a la pantalla en este clásico Disney, estos no pueden haberse dejado más intactos, pues su brevísima aparición es brillantemente visualizada mediante sombras en una pared, con la reutilización de voces del serial radiofónico con Basil Rathbone. No, Basil, el ratón superdetective, es un estudio de la vida de los roedores del 21b de Baker Street.
Llegada en un mal momento de la compañía Disney, Basil pasó tan desapercibida como la mediocre Tarón y el caldero mágico, a pesar de ser uno de los mejores clásicos Disney jamás hechos. Divertida como ella sola, la película presenta a los álter egos del celebre detective y su doctor, que, convenientemente adaptados para el niño y la abuela, hacen tanta justicia a los personajes originales como las películas de Basil Rathbone. Por supuesto, adiós al razonamiento deductivo y la cocaína. Y durante 80 entretenidisimos minutos, uno ni lo echa de menos.
La recreación de esta Inglaterra victoriana ratonil es magnífica, con unos diseños impresionantes a disposición de algunas escenas que, a día de hoy, no han perdido un ápice de su emoción. Momentos como el de la loca persecución en la tienda de juguetes (concluyendo con una maravillosa escalada final) o la pelea final en los engranajes del Big Ben dejan en evidencia al cine de aventuras actual y resultan más visualmente fascinantes que, por poner un ejemplo malintencionado, Tim Burton y su particular y (añado yo) repetitivo universo.
La función es salteada con el perverso Rattigan, uno de los mejores villanos Disney quien, con la voz de un descontrolado Vincent Price, nos brinda momentos tan hilarantes como el descacharrante número musical.
Y, por último, pero no por ello menos importante, uno no puede dejar de mencionar la contribución de Henry Mancini. Su partitura juguetona, divertida y, sobretodo, elegante, pone la guinda al pastel que es un producto que no por familiar o animado tiene menos valor que algunas de las películas ya mencionadas aquí.



Michael Caine/Ben Kingsley
Sin pistas (1988)
La última película a comentar es esta curiosa comedia disparatada con reparto de primera fila. A los ya mencionados Caine y Kingsley cabe añadirles el hoy perdido Jeffrey Jones y Paul Freeman (el legendario Belloq de En busca del arca perdida).
El argumento nos sitúa en una realidad en la que Sherlock Holmes es un apreciado y amado detective privado capaz de resolver los casos más complejos. Hasta ahí, todo bien. El universo de Conan Doyle se vuelve boca abajo cuando descubrimos que en realidad Holmes es un actor contratado por el prodigioso John Watson, que le utiliza como fachada para evitar problemas.
Si algo caracteriza esta película de Thorn Eberhardt es una absoluta falta de personalidad y un socarrón sentido del humor en todos los implicados. El resultado es una parodia del universo creado por Conan Doyle, pero desde una perspectiva más realista y razonable, no necesariamente mejor, que la que adoptó Gene Wilder en El hermano más listo de Sherlock Holmes. Esta comedia tontorrona hecha sin más pretensión que la de hacer pasar un buen rato tiene su principal aval en su dúo protagonista.
Michael Caine, probablemente uno de los mejores actores del panorama actual realiza aquí su única interpretación del célebre detective, como un borracho canalla y con unos cuantos pelos de tonto. ¿Y qué podemos esperar de un actorazo que hasta cuando pone cara de aburrido y cobra el cheque tiene un carisma arrollador?
Exactamente lo mismo podemos decir de Ben Kingsley, tipo irregular donde los haya, pero que es capaz de darnos una buena interpretación cuando quiere. Su Watson crispado por Holmes no pasará a la historia del celuloide (ni debiera), pero termina siendo, nuevamente, un personaje de lo más encantador.
Son Caine y Kingsley los que, con su interpretación, hacen que Sin pistas merezca un poco la pena, pues si ésta destaca por algo es por su factura absolutamente plana, capaz de combinar estos dos actores y la partitura del siempre maravilloso Henry Mancini, con un equipo que no está a la altura ni de una telenovela mejicana.





21 años después de esta película, llegará a las pantallas una nueva versión, de manos del temible Guy Ritchie, con un felizmente recuperado Robert Downey Jr. como Holmes y un siempre eficiente Jude Law como Watson. Y aunque prejuzgar es de mentes cerradas y fanáticos a ultranza, lo cierto es que esta nueva película parece enmarcarse más en esta última etapa, con obras que utilizan el universo holmesiano como simple excusa para salirse por la tangente. El tema que queda por ver es si, como muestra el trailer, toda la innovación se compondrá de ralentizaciones y patadas en la entrepierna, o será al menos un divertimento para pasar el rato. El 15 de Enero lo sabremos.