Mostrando entradas con la etiqueta Billy Wilder. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Billy Wilder. Mostrar todas las entradas

lunes, 7 de diciembre de 2009

El héroe solitario

(The Spirit of St. Louis, 1957)





Billy Wilder pasó a la historia como uno de los mejores directores de la historia, con obras maestras como La vida privada de Sherlock Holmes (The Private Life of Sherlock Holmes, 1970), El apartamento (The Apartment, 1960), Con faldas y a lo loco (Some Like It Hot, 1959) o Perdición (Double Indemnity, 1944).
Con el ingenio, la agudeza y el talento del austriaco, contar la historia de cómo Charles Lindbergh realizó con éxito el primer vuelo entre Nueva York y Paris (es decir, hacer un biopic de los de toda la vida) parecía una decisión algo peculiar y hasta cierto punto fallida.


Así, partiendo de que El héroe solitario es una de las películas menos personales y más convencionales de Wilder, uno no puede negar sus cualidades. Es un film menor, sí. Pero en una filmografía llena de obras maestras, eso puede ser casi un cumplido.


Las 33 horas de vuelo transoceánico, así como toda su preparación, se encuentran en esas historias de superación personal que tanto gusta llevar a los Oscar.
Pero quizás por lo fascinante de la hazaña, quizás por la labor maestra de Wilder, la película, dentro de su convencionalismo, consigue erigirse como una obra nada despreciable, con humor, drama y aventura.


Las pequeñas vivencias de Lindberg (encarnado con su habitual corrección por James Stewart) componen una película de capítulos, pequeñas aventuras con unas dosis de ingenio que dejan traslucir la mano de su director en el guión: la llegada de Lindberg al taller, las lecciones de pilotaje del cura o la escena en la escuela de aviación, si bien lejos de ser escenas soberbias, están cargadas de un humor que no puede mas que despertar simpatía por todo el relato.


Pero como Wilder no sólo es un gran director de comedias, sino un gran director en general, El héroe solitario también sabe destacar en esos momentos más espectaculares y tensos (especialmente en todo el vuelo, magnificamente rodado), gracias al portentoso talento visual del director y a la destacable labor de sus colaboradores.
La bellísima música de Franz Waxman acompaña a los momentos más memorables (desde los títulos de crédito hasta las escenas de vuelo) y la atmosférica y lograda fotografía de J. Peverell Marley y Robert Burks saca un partido brutal de los exteriores y nos descubre unas escenas nocturnas y neblinosas (el despegue, el capitulo del correo) verdaderamente fascinantes.


Así, El héroe solitario es una película olvidada al palidecer en comparación con la filmografía de su autor, pero, aun siendo una obra menos personal, es una cinta endemoniadamente entretenida, verdaderamente simpática y con momentos de tensión que saben dejar un buen sabor de boca.

jueves, 2 de julio de 2009

La vida privada de Sherlock Holmes (y VII)

Anteriormente: Parte III: Postproducción
Parte IV: Sinfonía en cuatro movimientos. Fragmentos eliminados
Parte V: Sinfonía en cuatro movimientos. Fragmentos conservados
Parte VI: Fantasía sobre un personaje de Conan Doyle I


FANTASIA SOBRE UN PERSONAJE DE CONAN DOYLE II

El gusto de Wilder por algo más que los simples whodonit o el razonamiento deductivo es claramente evidente al comprobar que absolutamente todos los casos presentados, si bien comienzan disfrazados de misteriosos encargos, terminan yendo por derroteros más peculiares o cómicos. La inclusión de la aventura del detective atontado, si bien transita por caminos más típicos que los otros, se enmarca en un tema que el propio Conan Doyle exploró en Escándalo en Bohemia: el Holmes engañado que pierde el caso. Wilder utiliza este engaño para enlazar con la supuesta misoginia del personaje principal y presentar una historia que huye del tópico. A diferencia de otras adaptaciones, la introducción de un personaje femenino no es excusa para llevarnos a una obvia historia de amor, que en este caso traicionaría enormemente la naturaleza holmesiana. Wilder profundiza, dentro de sus limites, en la relación de Holmes con las mujeres y si bien en momentos cae en la obviedad (los recuerdos en el tren), huye absolutamente de lo evidente y sitúa una historia romántica en un segundo plano, expresada con miradas, pequeños e ingeniosos diálogos (“No soy un gran admirador del genero femenino” “Yo tampoco”) y momentos cómicos (la merienda en el campo). Un amor que si bien en momentos puede confundirse con el respeto (especialmente en su revelación final), termina revelando su naturaleza mediante la mirada final de Robert Stephens en Escocia y su última acción en la película.


Pero no sólo de amoríos trata La vida privada de Sherlock Holmes, ni muchísimo menos. Pues en última instancia, la película se apoya en la relación entre Sherlock Holmes y John Watson, que si resultan aquí algo típicos en ciertas ocasiones, lo son no por acomodación de Wilder a otras adaptaciones fílmicas, tanto como por estar dotados de su toque personal, que los hace más cómicos y, al mismo tiempo, más profundos. Detrás de la relación cómica se esconde una fuerte amistad que se revela con madurez, dentro de este mundo de lo cómico y en ocasiones dramático; muy especialmente en la versión de 200 minutos.

Así, la película comienza con la cómica escena del tren, con la que Wilder nos previene de que no estamos ante el Holmes de Conan Doyle o el Holmes cinematográfico, estamos ante SU Holmes, tan cínico como cómico y, sobretodo, elegante.
Esta escena da paso a la primera historia, que nos introduce en la película con la mencionada amistad entre Holmes y Watson en su mayor exponente. El caso termina siendo, tras su atípica resolución, una simple excusa argumental, si bien no tan exageradamente anecdótica como la de los recién casados desnudos, para mostrarnos que, debajo de toda esta comedia, tenemos a dos amigos con su relación de mutuo cariño y respeto, capaces de hacer cualquier cosa por ayudarse. Watson prepara la escena para evitar que Holmes se amodorre y Holmes recurre a una surrealista maniobra para evitar que Watson le deje. Y si bien en su naturaleza el diálogo del reencuentro puede antojarse algo tópico y facilón, la perfección de la escritura de Wilder y Diamond, siempre brillantes en diálogos ingeniosos y veloces, y la cómica y a la vez emotiva actuación (en este caso, entonación, pues su voz es lo único que se ha salvado) de Stephens y Blakely, hace que todo eso no importe absolutamente nada. Así, es una lastima que esta historia se haya perdido, pues nos da el que probablemente sea el segundo momento más personal entre Watson y Holmes (por detrás de la escena final de la película) que termina con ambos riendo al unisono.


La segunda historia, aquella que acontece en la habitación de los recién casados, podría parecer la más prescindible en cuanto a su contribución al conjunto, pues el caso es aquí una simple excusa para mostrarnos breves momentos personales entre los dos (ese final, retirándose por el pasillo), pero, muy especialmente, para permitir que Colin Blakely tome brevemente protagonismo y dé 20 minutos de pura comedia.
Si bien la primera historia nos mostraba la relación entre ellos dos desde la perspectiva de Watson, que hace lo posible por evitar que Holmes se encierre en su universo personal, esta hace lo propio desde la perspectiva del detective. Dejamos de lado el universo de las drogas, para llegar a una cómica perversión del razonamiento deductivo. Es decir, dejamos la visión de Watson de una vida de relación difícil, para adoptar la de Holmes, de una vida esencialmente basada en el razonamiento deductivo. Y como en la primera historia participamos de la crispación de Watson por la soberbia de su compañero, aquí Wilder nos considera lo suficientemente sagaces como para descubrir el error de Watson en la cubierta y la cabina (que, si bien se indica, no se evidencia torpemente, lo cual es todo un acierto) y poder participar del divertido espectáculo del que disfruta Holmes. Y si bien su epilogo resulta menos rocambolesco (recordemos que Holmes disparaba a la pared en el episodio anterior), termina siendo igual de emotivo, con Holmes y Watson asumiendo cada uno su puesto y retirándose a una nueva aventura.


La tercera aventura, en torno a la bailarina rusa, aporta una nueva visión de la relación entre estos dos hombres. Ya no es desde el prisma holmesiano o watsoniano (me perdonarán ustedes las palabras), sino desde el escandaloso. Wilder recurre a un tema de cotilleo y sensacionalismo siempre vigente. Y es que ya se sabe que, aun a día de hoy, la gente siempre encuentran algo morboso y escandaloso en dudar de la orientación sexual de una persona. Así pues, nuevamente nos introduce en una trama cómica para terminar derivándola hacia esa relación de los dos compañeros, que en este caso debaten un tema que va más allá de su amistad y llega a un sitio mucho más personal y que terminaría evolucionando en Holmes en la historia del detective atontado ya comentada.
Estas cuatro historias son finalmente rematadas con la escena final. Billy Wilder huye del humor (la visita de Clive Revill) o del guiño (Lestrade y Jack el destripador), para enfatizar que La vida privada de Sherlock Holmes es ante todo, y como él mismo la definió, “una historia de amor entre dos hombres”. La escena nos muestra la amistad desde la perspectiva de Watson (primera historia) y la de Holmes (segunda historia), en lo que hace referencia a un hecho escandaloso (tercera historia), desencadenado por un acontecimiento de índole muy personal (cuarta historia).
Así, ante la muerte de la señora Valladon, Holmes recurre a la cocaína, parte de ese elemento morboso del personaje, al que Wilder dio, junto a su supuesta homosexualidad, gran importancia. Watson comprende ahora y simpatiza con su compañero, a diferencia de lo que sucedía en la primera historia, y le revela el escondite del maletín médico, que Holmes no había podido encontrar y por el que le felicita, lo que nos retrotrae a la batalla de ingenio de la segunda historia.


Así, Wilder presenta cuatro historias, cada una con sus elementos que aportar, pero sumergidas en el mismo ambiente. Y si el propio director las dividió en farsa, comedia, drama y romance, lo cierto es que, de una forma u otra, esos cuatro elementos no están contenidos en cada movimiento de esta sinfonía, sino que caminan de la mano durante todo el metraje.
Por último, el propio Wilder no puede evitar aparecer en su propia creación. Y es que, como admirador de la obra de Arthur Conan Doyle, se permite el lujo de ser él quien nos introduzca en su particular visión de la misma. Él, eso sí, bajo los rasgos del actor John Williams, quien encarna en la primera escena (eliminada) al director del banco. Y Wilder y Diamond no sólo le convierten en un seguidor del personaje de Conan Doyle, sino que van más allá.
En un momento en que Billy Wilder se veía rodeado de jóvenes directores que se inscribían en innovadoras e iconoclasta corrientes (o no), quizás podía verse como una persona estancada en lo ya visto. Así, Wilder aprovecha esta nostalgia para dotar de la misma al personaje de Havelock-Smith. Así, toda la película desprende este tono, ayudado por la magnífica partitura de Miklós Rózsa y muy enfatizado en su montaje original.
Holmes y Watson llevan ya décadas fallecidos y han sido olvidados por las jóvenes generaciones, en favor de modas (James Bond); no por Wilder, que nos sumerge en la siempre encantadora Inglaterra victoriana, para revivir los pasos de estos dos grandes amigos. Así, Wilder incluso sitúa parte de esta nostalgia en el personaje de Holmes, cuando este muestra su descontento ante la perdida de estilo de la clase criminal.


Y sería en este fragmento, uno del que no se conserva audio ni sonido, solamente fragmentos de guión y fotografías, el que pudiera haber resultado más fallido. A falta de ver posibles modificaciones posteriores de Wilder y Diamond sobre los diálogos y la actuación del siempre esplendido John Williams y un Colin Blakely en un personaje radicalmente distinto, lo cierto es que la escena, tal y como fue originalmente escrita, aunque curiosa e interesante en su propuesta, termina siendo demasiado obvia y por momentos conlleva toda la soberbia de un director del talento de Wilder.

“La película me gustaba, pero la estropearon”
La vida privada de Sherlock Holmes, si bien con menor fama, es una de esas películas incompletas, como Metrópolis (1927), Avaricia (Greed, 1924) y una infinidad más; cuya recuperación casi podemos dar por perdida. Y uno no sabe si ésta, en este caso, es tan imposible como se dice o si la irrelevancia popular de la obra hace que nadie esté interesado en ella; pues resulta difícil creer que negativos de la película más cara del director de moda sean destruidos accidentalmente por los estudios MGM. Quizás es que nunca será tan rentable el montaje original de La vida privada de Sherlock Holmes como el extendido de cualquier blockbuster actual.


Así, de las más de tres horas iniciales, sólo podemos disfrutar de dos. Y como hay casos en que una duración excesiva no sólo no cansa, sino que descansa; uno no puede evitar soñar con la experiencia de ver La vida privada de Sherlock Holmes como la película roadshow que inicialmente era. Ese montaje con cuatro historias que nos daba más comedia y más profundidad de la que podemos disfrutar en la versión final.
Aun así, la meticulosidad de la recreación, la elegancia de su historia, la dignidad de sus personajes, la dirección enfermizamente calculada... todo contribuye a hacer de la versión final de La vida privada de Sherlock Holmes la cuidada y personalísima “Fantasía sobre un personaje de Arthur Conan Doyle”, esa maravillosa sinfonía de dos movimientos.


“Era la película más elegante que he rodado.”

miércoles, 1 de julio de 2009

La vida privada de Sherlock Holmes (VI)

Anteriormente: Parte III: Postproducción
Parte IV: Sinfonía en cuatro movimientos. Fragmentos eliminados
Parte V: Sinfonía en cuatro movimientos. Fragmentos conservados


FANTASIA SOBRE UN PERSONAJE DE CONAN DOYLE I

Como ya se ha comentado, La vida privada de Sherlock Holmes fue la película más ambiciosa de Billy Wilder, en todos los aspectos. Utilizando un personaje mundialmente conocido, pretendía hacer una elegante comedia de más de tres horas de duración, ambientada en la Inglaterra victoriana.
Como en la inmensa mayoría de los casos, el guionista y director dependía tanto de su talento como del que los que le rodean para asegurarse de que la película fuera perfecta en todos los sentidos. Y lo es, o casi.


El diseñador de producción, Alexandre Trauner, era un fiel colaborador de Wilder, con quien había trabajado ya seis veces, incluyendo El apartamento, que le valió su primer Oscar. La recreación de la época en los decorados es absolutamente brillante. Tomando como inspiración algunas partes de Doctor Zhivago, Trauner crea no decorados, sino casas, absolutamente vivas y reales. Su falsa Baker Street es probablemente la más espectacular que se ha visto en una adaptación de Sherlock Holmes. Su inmensidad y perfección dan libertad a Wilder para enfocarla tal y como debe ser y mostrárnosla como un elemento realista y creíble de ese mundo, como también sucede con los decorados del 221B de Baker Street y el Club Diógenes.


Los decorados son fotografiados por Christopher Challis, en el que probablemente sea uno de sus mejores trabajos, complejo y elaborado, y que alcanza su perfección cuando la historia nos lleva a los parajes escoceses, igual de espectaculares en directo (el recorrido por los castillos) que en decorado (el campamento nocturno), y plagados de sus siempre bellísimos contrastes.
Pero sin duda uno de los elementos memorables y cuya contribución es esencial para la película, es la partitura musical del siempre excelente Miklós Rózsa. La adaptación del concierto para violín no sólo es apropiada por la clara vinculación de Sherlock Holmes con este instrumento, sino que resulta enormemente bella, enérgica y hasta melancólica. Y es que cuando hoy día se procura sumergir cada fotograma en música, la banda sonora de La vida privada se dosifica cuidadosamente en momentos clave, lo que la hace mucho más efectiva y, a la postre, memorable.


Todos estos elementos están al servicio de la dirección de Billy Wilder, que sabe sacar el máximo provecho de todo lo que le rodea. No sólo a los decorados, por los que se mueve con envidiable maestría, sino también a sus actores. Y es que si bien éstos fueron presionados hasta lo inhumano, su trabajo es excelente. Robert Stephens, Colin Blakely, Geneviève Page, Christopher Lee, Clive Revill... recitan literalmente los diálogos de Wilder y Diamond. Y si bien esta ausencia de improvisación puede lastrar una película, como bien demostró George Lucas en sus recientes episodios galácticos, la perfección de los diálogos y el talento de los actores termina siendo una combinación perfecta. La ironía, superioridad y el pequeño amaneramiento de Robert Stephens crean un Sherlock Holmes algo soberbio, pero elegante. La corrección y el sentido del humor de Colin Blakely son perfectas para el Doctor Watson y si bien el actor no está a la altura de Peter Sellers (originalmente tentado para el papel), su voluntad de secundario le hacen ser un complemento perfecto a ese Holmes y da un toque especial a los momentos en que la historia se vuelve más personal. En papeles secundarios, no por ello menos importantes, encontramos a un hilarante Clive Revill, que repetiría un papel parecido en la reivindicable ¿Qué sucedió entre tu madre y mi padre? (Avanti!, 1972), y a un siempre perfecto Christopher Lee, aquí ejerciendo muy eficientemente de contraposición al personaje de Stephens.


Los actores se sitúan estratégicamente en los maravillosos mundos de Trauner, para ser encuadrados por Wilder, quien sabe no sólo qué es una cámara, sino cómo funciona y dónde debe ir. Como en todas sus películas anteriores, el director sabe componer un plano y rodar una escena como debe ser y lo hace dejando descansar el ritmo de las escenas en sus propios actores, que interactuan en directo y no ayudados por triquiñuelas de montaje o ahora muy socorridos plano-contraplanos.
Y, por supuesto, todo estos elementos están puesto al servicio de un guión que participa de toda la ambición, complejidad y elegancia de la película.


Aprovechando el uso que hizo Billy Wilder del termino “sinfonía en cuatro movimientos” para definir La vida privada de Sherlock Holmes, podríamos seguir hablando en términos musicales y aplicar otro igualmente apropiado. Y es que esta obra bien puede ser una fantasía de Wilder sobre un personaje de Conan Doyle.
Obviamente, esto implicaría que, como adaptación, La vida privada no es la película más perfecta, ya que el guión de Wilder y Diamond presenta unos personajes algo diferentes a los protagonistas de las novelas de Conan Doyle. Pero no lo hace con afán de tornarlos más comerciales o familiares, como sí sucede en otras adaptaciones. No, esta modificación es fruto de su gran personalidad y la valentía de arrastrar a esos personajes a su universo personal y retratarlos a través de su particular prisma. No es una adaptación, es un curioso complemento a los relatos y novelas de Sherlock Holmes.
El guión toma los elementos que más fascinaron a Wilder del universo holmesiano, profundiza en ellos, los junta a otros de propia creación y los entrelaza magistralmente para dejarlos bien atados y salteados con un encomiable sentido del humor e ironía en gran parte de sus diálogos.
Así, aunque los detalles pueden ser nuevos, Wilder salpica la película de la ideología que subyacía a los relatos de Conan Doyle, aunque en ocasiones la hace más evidente que el autor inglés. Al igual que él, el director no pretende encarar su única adaptación del detective presentando un caso que sacuda los cimientos de su universo, como en Asesinato por decreto, o que inicie una saga de estrafalarias aventuras, como pretendía El secreto de la pirámide. No, Wilder, en su montaje original de cuatro movimientos, adopta el estilo de Conan Doyle y nos presenta cuatro relatos diferentes. Y, al igual que hizo el escritor a lo largo de los cincuenta y seis relatos, los saltea con diferentes detalles de la personalidad de Sherlock Holmes, que, y esto es un aporte de la película, son unidos y cerrados con su magnífica escena final.




La odisea concluye, con la segunda parte de la crítica.

martes, 30 de junio de 2009

La vida privada de Sherlock Holmes (V)

Anteriormente: Parte III: Postproducción
Parte IV: Sinfonía en cuatro movimientos. Fragmentos eliminados



SINFONÍA EN CUATRO MOVIMIENTOS: FRAGMENTOS CONSERVADOS

THE SINGULAR AFFAIR OF THE RUSSIAN BALLERINA
(EL SINGULAR CASO DE LA BAILARINA RUSA)
Llegamos ya a los dos fragmentos incluidos en el montaje final. El primero nos presenta nuevamente la situación de aburrimiento y monotonía entre casos, hasta que el responsable del ballet ruso envia una carta solicitando la asistencia de Holmes a la representación de El lago de los cisnes. Al llegar, el encargado, Rogozhin (genial Clive Revill), acompañado de la famosa Petrova (Tamara Tournanova), comenta al detective el caso a resolver. La gran bailarina ha llegado a una edad en la que desea tener un hijo. Para ello, se ha lanzado a la búsqueda de un padre y el sagaz detective, que será recompensado con un violín Stradivarius, es la mejor elección.


En un apuro, debido a su repulsa por la bailarina, Holmes se verá obligado a implicar a su compañero, el doctor Watson (que anda en ese momento seduciendo a las bailarinas), cuando sentencie que ambos mantienen una relación homosexual. La mentira permitirá al detective escapar pero disgustará, una vez más, a su amigo y compañero, que llegará a Baker Street pidiendo explicaciones y dudando de si ha habido mujeres en la vida del Holmes.
Este segmento incide en un rumor de esos que tanto gustan, sobre dos hombres viviendo juntos. De hecho, la presencia de este factor en la película pudo ser mayor, pues Wilder dijo querer “que Holmes fuera homosexual... Por eso es un adicto, ya sabes”. Sin embargo, Wilder opta por algo distinto.


THE ADVENTURE OF THE DUMBFOUNDED DETECTIVE
(LA AVENTURA DEL DETECTIVE ATONTADO)
La pregunta de Watson nos conducirá a la historia más extensa y menos cómica del conjunto (no por ello peor), narrando la historia de Holmes y las mujeres a través de su relación con una.
La vida en Baker Street transcurre con normalidad, hasta que una noche llega un cochero con una mujer (Geneviève Page). La encontró flotando en el río y con la dirección del 221B escrita en la palma de su mano. Ha sido golpeada en la cabeza y no recuerda nada. Mientras Watson y la señora Hudson se desviven por ayudarla, Holmes se muestra bastante indiferente a su presencia, aunque termine siendo el que descubra su pasado. Ella es la señora Valladon, una mujer que busca a su marido desaparecido.


Sus pesquisas les llevan a tropezarse con el Club Diógenes y el misterioso Mycroft Holmes (Christopher Lee), hermano de Sherlock y hombre al servicio del gobierno inglés. En su reunión, Mycroft aconsejará a su hermano a dejar el caso. Pero éste ignorará su advertencia y recabará nueva información que le lleve al origen de todo, en Inverness, Escocia.
Es en el viaje en tren a este lugar donde la versión original añade un pequeño flashback a la juventud de Holmes en Oxford, en el que descubrimos, como sustituto a los relatos de todos sus encuentros con el género femenino presentes en el montaje final, la historia en la que el detective quedaba prendado de la belleza de una mujer local, sólo para descubrir accidentalmente que era una prostituta, algo que todos sabían menos él, “que se enorgullecía de sus poderes de observación y deducción”. Este pequeño flashback, de pocos minutos y apenas un par de escenas, venía a incidir en la idea de que el entrometimiento emocional “enreda el juicio y nubla la razón”.


Una vez llegan a Escocia, Holmes y la señora Valladon van creando una relación más cercana, con el subsecuente aburrimiento de Watson.. Los tres acabarán descubriendo que todo está relacionado con el club Diógenes y la reina misma, y que no todo es lo que parece. La revelación de que la señora Valladone es en realidad una espía alemana que ha a Holmes, incide nuevamente en la idea de que el juicio de éste se nubla al envolverse emocionalmente en el caso.
La película termina con Hokmes y Watson de vuelta en Baker Street. Una carta llega, de Mycroft Holmes, comunicando a su hermano que Valladone murió en una misión en Japón. Holmes pedirá entonces el maletín médico al doctor Watson quien, entendiendo las circunstancias, le revelará que estaba oculto entre los archivos de los casos. “Está usted mejorando” dice Holmes antes de encerrarse en su habitación.


Este final de película, si bien gustaba a Wilder, no era del agrado del montador, Ernest Walter. Otro final había sido rodado. En él, Rogozhin, el jefe del ballet ruso, llegaba a Baker Street con un Stradivarius para Holmes y un ramo de rosas para Watson. Walter creía que las mejores películas de Wilder eran aquellas que tenían un final con un punto cómico, al estilo de 1,2,3, Con faldas y a lo loco y El apartamento, y encontró este final dramático de La vida privada como inadecuado y algo tonto. Preparando Nicolás y Alejandra (Nicholas and Alexandra, 1971), el montador comentó el incidente con el productor de ésta, Sam Spiegel. Spiegel coincidió con él y llamó a Wilder para que utilizara el final cómico. Pero el director estaba sabía lo que quería.

Por último, existen rumores que mencionar sobre escenas escritas en el guión original.
Así, se dice que la inclusión de los característicos personajes de este universo, Holmes, Watson, la señora Hudson, Mycroft y Lestrade, se complementaba con una escena en la que Holmes se encontraba con el mismísimo Moriarty y mantenía un diálogo que Wilder y Diamond revisaron hasta hacerlo perfecto. Si dicha escena aparecía en el guión, desde luego no fue rodada.
Por último, más extendido es el conocimiento de que la película incluía un momento final en que Lestrade volvía a escena para solicitar ayuda a Holmes con un nuevo caso, el de Jack el destripador. Esta última escena está incluida en un guión que existe por la red, que como transcripción no es exacta y como guión original no es valido, pues carece de los fragmentos eliminados, estando claramente sacado de la película editada.


Primera parte de la crítica del abajo firmante

lunes, 29 de junio de 2009

La vida privada de Sherlock Holmes (IV)

Anteriormente: Parte III: Postproducción


SINFONÍA EN CUATRO MOVIMIENTOS: FRAGMENTOS ELIMINADOS
El montaje inicial de La vida privada de Sherlock Holmes estaba constituido de cuatro historias diferentes, precedidas de un pequeño prólogo, en lo que Billy Wilder llamaba una “sinfonía en cuatro movimientos”. Tras ser eliminadas de la película, dos de las historias y el prólogo quedaron destruidos, lo que hace imposible la recuperación del montaje original. Aun así, pequeños fragmentos se han salvado y, con ayuda del guión, permiten hacerse una idea de cómo era esa sinfonía inicial. El orden en que dichas historias estaban montadas no está claro y varía en función de las fuentes, de modo que presentaremos aquí un orden distinto del que puede figurar en otros sitios y que sitúa la mayoría de las escenas perdidas (todas menos una de un par de minutos de duración) en la primera mitad de la película, antes de los fragmentos que compusieron el montaje final.


PRÓLOGO
El montaje original de La vida privada de Sherlock Holmes comenzaba exactamente igual que el montaje final, con un plano de la placa del Banco Cox & Co., en la cual vemos reflejados dos célebres autobuses rojos ingleses, que nos llevan a concluir que no nos encontramos en la Inglaterra victoriana, sino en el mismo año 1969.


El montaje final presentaba esta imagen con la voz en off del doctor Watson leyendo su testamento, en el que hablaba de una caja en el banco con recuerdos de su relación con Sherlock Holmes, incluyendo un determinado número de relatos que no fueron publicados en su día por su carácter demasiado privado. Dos personas uniformadas entran en el almacén y abren una caja. Comienzan los títulos de crédito, con la música de Miklós Rózsa, durante los cuales vemos cómo se van extrayendo diferentes elementos icónicos del universo holmesiano, mezclados con otros particulares aportados por Wilder. Así, encontramos la pipa, el sombrero, la lupa, la aguja hipodérmica, una partitura musical... Junto a éstos, están una fotografía de la mujer que aparecerá más tarde en el relato y una carta, el siete de diamantes, que posteriormente sería vital en un fragmento eliminado. Los créditos terminan con una bola de nieve de la reina Victoria, que tendrá qué decir en la historia, y dan paso a un montón de hojas con la historia que el doctor Watson comienza a leer.

El montaje inicial profundizaba mucho más en esto y lo hacía como sustituto a los títulos. Tras la insignia del Banco Cox & Co., pasamos a un taxi, del cual se baja el Dr. Watson, nieto del original, interpretado por un Colin Blakely teñido y sin bigote. En las oficinas encontramos al director del banco, Havelock-Smith (John Williams), y su ayudante, Cassidy. Ambos reciben al doctor, que ha recibido una carta comunicándole que, de acuerdo a la última voluntad de su abuelo, existe una caja que le corresponde. Havelock-Smith y Watson entabla una conversación en la que descubrimos que el segundo es un veterinario afincado en Canadá que pensaba en cambiar su apellido, al ser siempre perseguido por el molesto “Elemental, querido Watson”. En ese momento, el director se confiesa fiel admirador de las aventuras de Conan Doyle y miembro de la Sherlock Holmes Society. La conversación termina derivando en comparaciones con James Bond. Así, mientras Watson y Cassidy, ambos jóvenes, son fervientes seguidores de la creación de Ian Fleming, Havelock-Smith, mayor que ellos, no dudará en calificarlo como basura sensacionalista.


Al abrir la caja, descubren que está llena de los recuerdos vistos en los créditos de la otra versión. Havelock-Smith, frente a la indiferencia de sus dos acompañantes, no cabe en sí de gozo, examinando todos los artilugios y llegando a soltar el casi obligado “Elemental, querido Watson”. Su emoción incrementa al ver un manuscrito de material no publicado. La voz en off del Watson original entra para leer un texto que también aparece en la versión cinematográfica y que aquí nos introduce en una historia que sería casi en su totalidad eliminada.


THE CURIOUS CASE OF THE UPSIDE DOWN ROOM
(EL CURIOSO CASO DE LA HABITACIÓN BOCABAJO)
Es 12 de Agosto de 1887 y Holmes y Watson viajan en tren. Vuelven de haber resuelto el caso del asesinato del Coronel Abernathy, hecho que también se comenta en la versión final, pero cuya resolución es distinta aquí, aunque igualmente imposible y exagerada.
La puerta del compartimento se abre y un hombre entra, en un estado visiblemente alterado. Se sienta junto al doctor Watson y se queda dormido. Las dotes deductivas de Holmes aparecen cuando explica que el individuo es un profesor de canto residente en Napoles que saltó de la ventana del segundo piso de casa de Lord Rosendale, tras encontrarle éste con su mujer. Ante la incredulidad de Watson, Holmes pronuncia la celebre frase “Ves, pero no observas” y pasa a explicar con meticulosidad los indicios que le han llevado a su conclusión mediante el razonamiento deductivo. Para probar que tiene razón, al entrar en un túnel y quedar todo completamente oscuro, imita la voz de Lord Rosendale, lo que hace que el italiano entre en pánico. Al salir del túnel, el hombre no está. “Parece ser que por segunda vez hoy, nuestro amigo italiano a saltado por la ventana”. Ante la absoluta desaprobación de Watson, Holmes cierra los ojos y echa una siesta.


La película nos lleva a la llegada de Holmes y Watson a Baker Street, escena que sí se ve en el montaje cinematográfico. Obviamente, la voz en off no es la misma. Aquí, Watson expresa su absoluto descontento con ciertos aspectos de Holmes. “Era el hombre más brillante que he conocido, pero también era egocéntrico e insoportable”. Por último, hace mención a un hecho que ya era remarcado en los relatos originales y que será parte clave de esta historia, al decir que vivir con él “podía ser un infierno, especialmente cuando se encontraba entre casos”. En ambos montajes encontramos dos escena. En la primera, Holmes y Watson llegan a la casa. El primero reprocha la excesiva dramatización de los relatos y el segundo manifiesta su desaprobación por el consumo de cocaína. Este momento da paso a otro en que Holmes, aburrido, consume su dosis habitual.

La historia de la habitación bocabajo comienza con Watson en el salón, mientras de fondo oímos el violín de Holmes, encerrado en su habitación. El celebre inspector Lestrade (George Benson) hace en este relato su primera y única aparición en la película. Su retrato es el de un secundario cómico, algo en la tradición wilderiana, que llega en busca de ayuda para un caso surrealista. Ante el anuncio de Watson de que el policía ha llegado, la melodía del violín adquiere un tono dramático, un par de segundos antes de cesar. Esperando a que Holmes se prepare para recibir al inspector, Watson comenta su reciente descubrimiento de una conspiración para asesinar al zar con un grupo de enanos, una cómica referencia a un momento anterior de la cinta. La puerta se abre y Holmes sale en pijama y con barba de unos días. Lestrade, que tamborilea con sus dedos sobre el sombrero, reclama su ayuda para un caso único, el de un cadáver descubierto en una habitación con todos sus muebles clavados al techo.


Al llegar ven que la habitación ha sido, en efecto, dada la vuelta. También encuentran un periódico chino, una copia de La isla del tesoro y una carta, el siete de diamantes que ya salía en los créditos de la versión final. Ante este panorama, Lestrade no duda en observar que no hay pocas pruebas. “Demasiadas”, responde enigmáticamente Holmes, quien ya ha deducido que el cadáver fue vestido después de muerto.
En ese momento llega el dueño, un ciego que asegura que el hombre que alquiló la habitación era inglés y comenta, con el típico humor wilderiano, que cobrará un chelín por ver la habitación con los muebles clavados al techo. Dos chelines si dejan el cadáver.
La naturaleza cómica de Lestrade se intensifica aun más cuando sugiere dar la vuelta para entender mejor la situación. Holmes y Watson no tienen ningún inconveniente en ayudarle y marcharse dejándole así, mientras él pide su ayuda.


Holmes y Watson llegan al 221B de Baker Street. Al ver a la señora Hudson jugar a las cartas, Holmes devuelve el siete de diamantes a su baraja. Y es que, efectivamente, las pruebas le han llevado a una inequívoca conclusión. El escenario ha sido un caso imposible diseñado por su buen amigo el doctor Watson quien, con la ayuda de Lestrade, ha tomado prestado un cuerpo del hospital y lo ha situado en un entorno rodeado de elementos y objetos que o bien sustrajo del 221B o bien compró en tiendas cercanas. El propósito no era otro que evitar el consumo de cocaína de Holmes, entreteniéndole “Buen intento. Primitivo pero con algún detalle divertido. Me ha engañado durante 10 minutos” dice Holmes. “Nadie podría pedir un amigo mejor”.
Watson, harto de su compañero, revienta y reprueba su actitud de drogadicto. En un ataque de ira, hace su maleta para irse de Baker Street. Comienza a buscar su bolsa medica, que no aparece por ningún lado. Holmes le indica que está escondida debajo de la mesa, un lugar “más imaginativo que la última vez, cuando lo escondió debajo de la cama”. Watson abre el maletín y deja una aguja nueva a Holmes, bajo la advertencia de que, si quiere destruirse, no se lo impedirá. Así, la curiosa triquiñuela del maletín médico escondido se introduce aquí por primera vez y será un pilar de la escena final de la película. Al eliminar esta historia, ese instante queda cojo en el montaje final.
Justo en el momento en que Watson abre la puerta, listo para irse, se oye un disparo. Sube a toda prisa, para encontrar a Holmes haciendo prácticas de tiro con la pared. El doctor pide a la señora Hudson que vaya a deshacer su maleta. Watson agradece a Holmes esa estrafalaria forma de detener su marcha, a lo que el detective contesta que “se me ha acusado de ser frío y poco emocional. Y lo admito. Y en mi fría y poco emocional manera, estoy orgulloso de usted”. “Watson, sabe que no hay nada que no haría para mantenerle aquí”.
La historia termina con Watson recordando a Lestrade bocabajo, lo que causa un ataque de risa compartido entre el detective y el doctor, a los que la señora Hudson ve desde el fondo, convencida de que ambos se han vuelto locos.



THE DREADFUL BUSINESS OF THE NAKED HONEYMOONERS
(EL TERRIBLE ASUNTO DE LOS RECIÉN CASADOS DESNUDOS)
El siguiente fragmento es situado en algunos sitios como el último y en otros como el tercero, después del caso de la bailarina rusa.
Nos encontramos en verano de 1886 y Holmes y Watson vuelven de Constantinopla, donde resolvieron un caso sobre una de las concubinas favoritas del sultán. Mientras escribe la historia, Watson reflexiona sobre su condición de cronista del genio deductivo de su amigo. Holmes, quitándose importancia, le asegura que no tiene merito y que el doctor lleva tiempo suficiente con él como para entender y aplicar los principios del razonamiento deductivo. Watson, atraído por la idea, propone entonces resolver un caso algún día. “Podría sorprenderle”.
Providencialmente, el capitán del barco se acerca a la pareja. Se han encontrado dos cuerpos en el camarote A de la cubierta B y sólo el ingenio del sagaz detective podrá resolver el misterio. De camino, Holmes propone a Watson que tome la iniciativa y resuelva en caso. Aunque reacio, el doctor pronto acaba tan convencido de que puede hacerlo, que no deja a su amigo ayudarle, ni siquiera para indicar que está de camino al camarote B de la cubierta A.
Hay dos clases de zapatos en la puerta. Watson deduce: las víctimas son hombre y mujer.


Al entrar en la habitación, se encuentran, efectivamente, con un hombre y una mujer durmiendo desnudos en la cama. Son recién casados en su luna de miel y parecen estar muertos o profundamente dormidos. El razonamiento de Watson se pone a trabajar y pronto deduce que ambos han sufrido una muerte por veneno disuelto en el champán por un hombre corpulento. Holmes se sitúa en la puerta del camarote, contemplando con regocijo el espectáculo, mientras se regodea con frases como “Esplendido, acaba de eliminar todas las posibilidades” o “¿Está seguro de que es su primer caso”. Y es que Watson termina resultando menos sagaz de lo que esperaba, especialmente cuando sentencia que “cuando eliminamos todas las posibilidades, lo que queda, por muy improbable, es sin duda imposible”.
Con toda su teoría bien atada, Watson se acerca a la pareja para examinarlos y es entonces cuando, al despertarse, el buen doctor descubre todo su error. Al salir de la cabina, deja claro a Holmes que no vale para eso y que tendrá que manejar el caso autentico sin su ayuda. Al retirarse por el pasillo, Holmes pone cariñosamente la mano sobre el hombro de su amigo.

RESUMEN DE LA VERSIÓN ORIGINAL: LOS FRAGMENTOS CONSERVADOS

martes, 23 de junio de 2009

La vida privada de Sherlock Holmes (III)

Anteriormente:


POSTPRODUCCIÓN: SINFONÍA EN DOS MOVIMIENTOS
Con todos los efectos físicos y decorados utilizados durante el dilatado rodaje, la postproducción de La vida privada giró en torno a dos nombres: Miklós Rózsa, compositor, y Ernest Walter, montador.
Esta habría de ser la primera y única colaboración de Billy Wilder con el segundo, recién salido de Las sandalias del pescador (The shoes of the fisherman.1968). La labor de Walter, ya se ha comentado, no era especialmente creativa o tediosa, pues la forma que tenía el director de rodar la película, con planos calculados al detalle, hacía que su labor fuera bastante intrascendente, limitándose a cortar claquetas y poco más, cosa que hacía durante el propio rodaje.


El primer montaje de la película duraba unos 200, lo que sin duda reflejaba las intenciones de Wilder cuando dijo que “debería mantener a la gente en el cine unas tres horas”. Este primer montaje se componía de los cuatro movimientos ya mencionados por Wilder.
Miklós Rózsa había puesto música a filmes tan destacados como El Cid (1961) y El Ladrón de Bagdad (The Thief of Bagdad, 1940) y fue colaborador habitual de Wilder durante los años 40, en los que compuso las bandas sonoras de Perdición, Cinco tumbas al Cairo (Five Graves to Cairo, 1943) y Días sin huella (The Lost Weekend, 1945).
Su implicación en el proyecto vino determinada por su magnífico Concierto para violín, Opus 24, que Wilder y Diamond escuchaban durante la escritura del guión, tanto por su belleza como por su uso del violín, elemento indispensable en una adaptación de Sherlock Holmes, consumado violinista. Así pues, a la hora de componer la música de La vida privada, Wilder pidió a Rózsa que adaptara este concierto, lo que él haría sin problemas, disfrutándolo bastante.


Su banda sonora se ajustaba al montaje inicial de más de tres horas. Rózsa observó la película y decidió qué debía llevar música y qué no, resultando que todo un fragmento de 20 minutos, aquel que hace referencia a los recién casados desnudos, no llevaría ni una nota de música. Recientemente, una regrabación de la banda sonora completa fue editada por Tadlow Music, incluyendo temas compuestos (y grabados en su día) para escenas que quedaron fuera.La amistad entre Wilder y Rózsa llevó al director a ofrecer al compositor un breve cameo en la película, precisamente como conductor de orquesta.

Con la película completada, California fue el sitio elegido para realizar un preestreno con el que recabar la opinión de la gente. La recepción fue desastrosa y los Mirisch, productores de la película, presionaron a Wilder para que la acortara. Pero éste, que no estaba demasiado interesado en desvivirse ajustando la obra a las demandas de un limitado número de personas, abandonó el montaje y se dirigió a Francia a, dijo, preparar una nueva película.


Si bien la decisión final del montaje recaía enteramente en él, quizás por cansancio, Wilder dijo a Ernest Walter “Confío en ti, ya sabes lo que me gusta”. Esto, él no lo sabía, terminó siendo su gran error. “No haga nunca una película con episodios, porque se pueden eliminar algunos. (…) Y ellos tenían sus preferencias sobre qué partes quitar, unas preferencias que no eran mías.”
Cuando volvió, el editor y los productores habían reducido considerablemente la duración. De 200 minutos se había pasado a 125, eliminando completamente la introducción y dos de las cuatro historias. “Era un desastre absoluto. (…) Se me saltaban las lágrimas al verlo”. Así, aunque la película duraba ahora hora y media menos, “parecía más larga”. En palabras del Rózsa, “el film era muy bueno, pero muy largo, unas tres horas, lo cual no importaba debido a la calidad del material. (…) Si yo hubiera sido Wilder, les habría dicho que se fueran al infierno, aunque significara el fin de mi carrera”.
Así, una vez con la versión de poco más de dos horas lista para estrenar, el panorama empeoró con la desaparición y destrucción parcial de los negativos. A día de hoy, su recuperación ha sido imposible, conservándose de algunos el sonido, de otros la imagen y de otros absolutamente nada; lo que hace improbable la restauración del montaje original.


La vida privada de Sherlock Holmes, truncada sinfonía de cuatro movimientos reducida a dos, se estrenó el 28 de Octubre de 1970, envuelta en la más absoluta indiferencia y siendo considerada a día de hoy una de las películas más fallidas de su director.
Miklós Rózsa se referiría a este montaje diciendo que “el film truncado tal y como lo veis hoy día es una lamentable perversión del original y una gran decepción para todos los implicados”.


lunes, 22 de junio de 2009

La vida privada de Sherlock Holmes (II)

Anteriormente: Parte I: Introducción/Preproducción


UN RODAJE COMPLICADO

La vida privada de Sherlock Holmes era la obra más ambiciosa de Billy Wilder. Un presupuesto de 10 millones, el mayor de toda su carrera, para rodar un guión de 260 páginas ambientado en la Inglaterra victoriana y que el propio Wilder definió como una “sinfonía en cuatro movimientos”.


El 5 de Mayo de 1969, una década después de idear la película, comenzó el rodaje, entre los célebres Pinewood Studios y las Higlands escocesas (en concreto, Inverness).
La vida privada fue la primera y única colaboración de Wilder con el director de fotografía, Christopher Challis, que se enfrentaba, entre otras cosas, a un decorado de 140 metros de Baker Street diseñado por Alexander Trauner. Y es que si bien Wilder se planteó rodar en la calle original, su cambio desde la época victoriana hacía que fuera complicado y no demasiado provechoso. Esta recreación incluía fachadas enormemente detalladas, una perspectiva forzada para parecer mayor y varias tuberías para crear efecto de lluvia. Pero la contribución del diseñador no se paró ahí, pues también implicó la realización de ciertas partes del espectacular Club Diógenes, así como, por supuesto, los interiores del 221B de Baker Street. La meticulosidad de Trauner era tal que, en palabras de Challis, “construía casas, no decorados”.


Pero la sinfonía de Wilder no sólo requería la construcción de los lugares más emblemáticos del universo creado por Conan Doyle, sino también la de todos los nuevos elementos que el director introdujo en la ecuación. Así, la perfección técnica llevó al equipo a montar ni más ni menos que un barco, para un segmento enormemente caro. Éste aparecía en apenas un par de planos, pero sus interiores eran el contexto de toda esta aventura. Su gran tamaño hizo absolutamente imposible rodar esos planos en un tanque, por lo que se realizaron en la costa inglesa, con el incremento de coste que ello supuso. Un trabajo, un esfuerzo y un gasto enormes, especialmente teniendo en cuenta que dicho capítulo sería posteriormente eliminado de la película final.


Pero, sin duda, sería en Escocia donde estarían las mayores complicación del rodaje, incluyendo lo costoso de trasladar a todo el equipo al mismísimo Lago Ness y construir un pequeño submarino con forma de monstruo. Challis se vio incapaz de iluminar ciertas escenas nocturnas (como las que acontecen en el campamento de Mycroft) debido a lo vasto del paisaje, que salía totalmente negro en la imagen. La perdida más grande se dio cuando el muñeco submarino de Wally Veevers se hundió en las profundidades del Lago Ness. El rodaje se trasladó entonces a Pinewood para rodar esas escenas con fondos.


Así, los contratiempos se unieron al perfeccionismo maniático de Wilder y hicieron aumentar el tiempo de rodaje y el presupuesto. Las 19 semanas inicialmente previstas se convirtieron en 29.
El control que Wilder ejercía sobre absolutamente todos los elementos era enfermizo. Su absoluto conocimiento del guión y su determinante convencimiento de qué quería hacer le permitieron rodar la película prácticamente montada para, al estilo de Alfred Hitchcock, evitar problemas y tiempo en el montaje. En palabras de Ernest Walter (montador), sólo había que “quitar las claquetas y enganchar todo lo demás”.


Parte de este control absoluto era la prohibición de cualquier atisbo de improvisación. Wilder y Diamond habían estado una década perfeccionando aquella historia y estaban emperrados en que se rodara absolutamente tal y como estaba escrita. Así, Diamond tenía la curiosa potestad de parar el rodaje de una escena si así lo creía conveniente, algo que hizo varias veces, pues, como recordaba Walter, “estas son las palabras correctas y deben recitarse como en el guión”.
Diversas personas y periodistas serían testigos de este entorno milimétricamente controlado. Wilder era capaz de medir la cantidad de liquido en un vaso para que fuera exactamente como la deseaba, así como de sustituir toda la hierba de un decorado minutos antes del rodaje para que fuera del verde que había pensado. Esta actitud le llevaba incluso a sustituir lo verdadero por lo falso, llegando a rechazar las lágrimas auténticas de la actriz Geneviève Page. “¡Maquillaje! ¡Lagrimas de glicerina! ¡Grandes y hermosas lagrimas falsas de Hollywood! De las que no se ven en las películas de Godard, salvo en la cara del que las financia”.


Pero su exigencia no era sólo para los aspectos técnicos, sino muy especialmente para los actores. En cierto momento, Wilder indicó a Blakely que se moviera como Rudolf Nureyev, bailarín clásico, y actuara como Charles Laughton. Cuando la escena terminó, Wilder se acercó a Blakely. “¿Por qué has actuado como Nureyev y te has movido como Laughton?”
Realizaba un control tan absoluto de las actuaciones que le llevaba a pasar horas con frases irrelevantes. “Todo se exprimía hasta tal punto que te entraban ganas de salir corriendo a gritar fuera del plató, que era, más o menos, lo que yo hacía”, dijo el propio Sherlock Holmes, Robert Stephens.
Precisamente, éste fue el que peor llevaba esta presión. Debido a exigencias, había perdido mucho peso, se encontraba muy débil y su mujer, la actriz Maggie Smith, se había ido temporalmente de Londres para representar una obra de teatro. Decaído, presionado y sin apoyo, el rodaje era como pasar “por una picadora de carne todos los días”; días con sesiones de rodaje que, más de una vez, llegaron a las 12 horas.
Exasperado por las exigencias de Wilder e incomodo por la intensidad del rodaje, Stephens estaba al limite. En la vuelta a Londres, después de haber rodado las escenas de Inverness, se encerró en su habitación y tomó un puñado de píldoras para dormir junto a una botella de whisky.


Laurence Olivier, mentor de Stephens, consiguió retener la historia y evitar la polémica, mientras Wilder se culpaba. “Billy estaba muy preocupado”, dijo posteriormente el actor, “dijo que todo era culpa suya. Pero no lo era. Se trató de una acumulación de acontecimientos”. Cuando Stephens se reincorporó al trabajo, Wilder, que le “adoraba” y le consideraba un “actor verdaderamente culto y profesional”, le prometió que el ritmo a partir de ese momento no sería tan intenso. Por supuesto, todo siguió como hasta el momento.

Un buen día, durante el rodaje en un cementerio, Wilder se quedó mirando las tumbas y dijo algo para sí mismo.
“Esta gente murió muy vieja. Es imposible que tuvieran algo que ver con la industria del cine”.


LA POSTPRODUCCIÓN

domingo, 21 de junio de 2009

La vida privada de Sherlock Holmes (I)

Comienza aquí el artículo dedicado a La vida privada de Sherlock Holmes:

La producción:
Introducción/Preproducción: En los 10 años de preparación, un musical con Peter O'Toole y Peter Sellers fue una posibilidad.
Rodaje: Decorados espectaculares, atrezzo en el fondo del Lago Ness e intentos de suicidio.
Postproducción:
Los 200 minutos de la versión de Wilder son reducidos a 125.

La película:
Sinfonía en cuatro movimientos. Fragmentos eliminados

Sinfonía en cuatro movimientos. Fragmentos conservados
Resumen de la versión original de 200 minutos, incluyendo las cuatro historias, el flashback y la introducción.

Fantasía sobre un personaje de Conan Doyle I
Fantasía sobre un personaje de Conan Doyle II
Opinión del abajo firmante



INTRODUCCIÓN
SOME LIKE IT HOLMES


Sherlock Holmes, que Arthur Conan Doyle basó en el doctor Joseph Bell, es el personaje más adaptado, tanto a películas, como a series y videojuegos. Lógicamente, en este panorama coexisten obras enormemente fieles (Las aventuras de Sherlock Holmes de Granada Television) con delirios que toman al personaje como lejana inspiración (El secreto de la pirámide).
La vida privada de Sherlock Holmes (The private life of Sherlock Holmes, 1970) se encuentra a medio camino entre ambos polos y podría considerarse, si no la mejor adaptación, sin duda la película más redonda e interesante que haya salido del universo holmesiano de Conan Doyle. ¿O quizás deberíamos hablar del de Billy Wilder e I.A.L. Diamond? La obra constituye la vigésima primera película de su director, la centésima vigésima octava basada en el detective de Baker Street y supone una conjugación del brillante talento deductivo y la personalidad del detective con el mejor humor (y drama) que pueden proporcionarnos Wilder y Diamond.
La historia de amor entre director y personaje surgió en la juventud del primero, cuando leyó las aventuras de Sherlock Holmes traducidas al alemán y quedó fascinado (o, al menos, interesado) por esa curiosa personalidad. “¿Había algo en su vida que le dolía? (…) ¿Odiaba a las mujeres? ¿Por qué tomaba drogas?”


Desde que debutó en el cine en solitario con El mayor y la menor (The Major and the minor, 1942), Wilder se había ido labrando una bien merecida fama con películas tan redondas como diversas. Desde la comedia con Un, Dos, Tres (One, Two, Three; 1961), hasta el drama con El crepúsculo de los dioses (Sunset Boulevard, 1950), pasando por el biópic de El héroe solitario (The Spirit of St. Louis, 1957), el cine negro con Perdición (Double Indemnity, 1944), películas bélicas como Traidor en el infierno (Stalag 17, 1953) y de intriga con Testigo de cargo (Witness for the Prosecution, 1957). Nada se resistía a Wilder y colaboradores, siendo los dos más destacados Charles Brackett en algunas de sus primeras películas y Diamond en gran parte de las siguientes.
A finales de los años 50 y comienzos de los 60, Wilder vivía un gran momento profesional, con dos de sus películas más reconocidas, la hilarante Con faldas y a lo loco (Some Like it Hot, 1959) y la magnífica El apartamento (The Apartment, 1960). Fue entonces, o de eso hay constancia, cuando Conan Doyle volvió a su memoria.
Wilder comenzó así a preparar la que sería una de sus próximas películas: una ambiciosa adaptación del personaje de Sherlock Holmes. Ambiciosa tanto en recursos, por la recreación histórica que conllevaba, como en intenciones, pues aquella no iba a ser una simple historia de misterio. Wilder buscaba una película perfecta en todos los sentidos, “no le importaba cuánto se tardara en hacerla”, según declaraciones del actor Robert Stephens. Las intenciones eran hacer lo que se conoce como un roadshow film, como Lawrence de Arabia y Sonrisas y lagrimas: películas ambiciosas con obertura e intermedio y proyectadas en un número limitado de cines.
La perspectiva a la hora de enfrentarse a esta adaptación era explorar todos esos aspectos que le habían fascinado. Holmes era “un adicto y un misógino y con todas las películas que se han hecho sobre él, nadie ha explicado por qué. Quiero cambiar su imagen. Seguirá siendo alto, ascético y cerebral, pero será real”. Esto se complementaría con el personaje de Watson, cuya relación con el detective fue definida por Wilder como “una situación parecida a la de La extraña pareja, aunque con un telón de fondo victoriano: dos solteros que viven juntos.” Es decir, una “historia de amor entre dos hombres”.
Wilder quería llevar al personaje de Conan Doyle a su mundo, explorar una creación ajena con su particular visión, huyendo de lo simple, que habría sido realizar una película de detectives al uso, para hacerla “divertida y romántica”.
¿Qué sucedió finalmente con la ambiciosa visión de Billy Wilder? El maniático perfeccionismo del director y su máxima atención al detalle no pudo impedir que la película fuera mutilada en el montaje, siendo la versión que ha llegado a nuestros días 80 minutos más corta de la inicial.



PREPRODUCCIÓN
10 AÑOS DE PREPARACIÓN


Que Billy Wilder no es un director previsible es algo que debería estar claro. Habiendo él mostrado su disgusto con su película más típica (pero no exenta de valor), El héroe solitario, por ser un biópic en al que no pudo dar el toque personal que le habría gustado, podemos concluir que no era la clase de persona que aceptaría realizar otra adaptación de Sherlock Holmes sin convertirla en una película con personalidad.


Tanto es así, que su primera idea de adaptar el personaje de Conan Doyle, a comienzos de los 60, era mediante una película musical. Tras el éxito de My Fair Lady (1964), Alan Jay Lerner (letras) y Frederick Loewe (música) estaban en la mente de Wilder como colaboradores indispensables de su obra, al igual que Peter O'Toole y Peter Sellers. O'Toole, que había saltado a la fama por su papel en Lawrence de Arabia (Lawrence of Arabia, 1962), encarnaría al Holmes. Sellers, que apareció en la versión de Stanley Kubrick de Lolita (1962), sería Watson.
En 1963 la idea del musical fue desechada y el director comenzó a trabajar en lo que llamó “un estudio serio de Holmes”, aclarando años después que no pretendía realizar un “análisis freudiano”. Ahora se encontraba frente a una ambiciosa producción, en la linea del cine más épico de David Lean, aunque desde un prisma puramente wilderiano. Obviamente, Lerner y Loewe no tendrían ninguna implicación. No así O'Toole y Sellers, que seguirían vinculados a la producción.


En 1967, Wilder y su inseparable colaborador Diamond comenzaron a escribir el borrador de una historia que ya habían ido ideando desde el comienzo de la década. “No quería hacer un remake de El perro de los Baskerville. No creo que sea pretencioso si digo que he estructurado la película en cuatro partes, como una sinfonía: una para el drama, otra para la comedia, una para la farsa y la otra para el romance”. Así, La vida privada de Sherlock Holmes era una obts formada por cuatro historias distintas e independientes, una película por episodios.
Terminado el borrador, Diamond fue a escribir Flor de cactus (Cactus Flower, 1969) y Wilder comenzó a buscar colaboradores que le ayudaran a escribir el guión. Harry Kurnitz, que ya había trabajado con él en Testigo de cargo, y John Mortimer, que estaría nominado al Globo de Oro por John y Mary (John and Mary, 1969), estuvieron en algún momentos implicados, pero terminaron marchándose por diferencias creativas. Wilder recibió con las brazos abiertos a su viejo colaborador una vez terminó de escribir el otro guión.


El guión final alcanzaría las 260 páginas y, tal y como dijo el compositor Miklós Rózsa, “tenía la imaginación y el encanto de las mejores películas de Wilder y yo estaba convencido de que esta iba a ser la mejor de todas”.
La búsqueda del reparto se intensificó una vez se cayeron O'Toole y Sellers, quien también había intentado colaborar con el director en Bésame, tonto (Kiss Me, Stupid, 1964). Wilder buscaba un reparto solido, no necesariamente conocido. Rex Harrison para el papel de Sherlock Holmes y George Sanders para el de su misterioso hermano Mycroft fue un escenario posible. Igualmente, la actriz Jeanne Moreau mostró su interés en interpretar al personaje femenino, pero fue rechazada por el propio Wilder.


El papel de Mycroft recaería sobre el célebre Christopher Lee, actor que había interpretado al detective de Baker Street en tres ocasiones, quedando insatisfecho con el resultado de todas ellas.
El papel de Watson pasó del cómico Sellers al más moderado Colin Blakely, de la National Theatre Company de Laurence Olivier. En opinión del montador, Ernest Walter, era el Watson perfecto.


A los fichajes de los actores John Williams y George Benson, en papeles que serían eliminados del montaje final, cabe añadir el de Geneviève Page, que ya había tenido un papel destacado en El Cid (1961).
¿Y Sherlock Holmes?
En 1968, Billy Wilder se encontraba en el hotel Connaught de Londres, donde habló con Robert Stephens, también de la National Theatre, durante 20 minutos. Sin tan siquiera pasar una prueba, Stephens obtuvo el papel. “Lo que es bueno para Larry Olivier también es bueno para mí”, pensó Wilder.


Su relación terminó siendo una de mutuo respeto. Stephens dijo en aquel entonces “soy uno de los mayores admiradores de Billy Wilder. Y también mi esposa. Y mi sastre”. Wilder, por su parte, consideraba que “Stephens era un hombre maravilloso. (...) Creo que se parecía al aspecto que debía tener Sherlock Holmes. Era un hombre muy afectuoso”. Pero esta no sería una relación perfecta.
Antes de comenzar el rodaje, Billy Wilder y su esposa dieron una fiesta. Durante el transcurso de ésta, Jack Lemmon, amigo del director, se acercó a Stephens y le advirtió de en qué se metía trabajando con Wilder. Pero ninguno de los dos sospechaba hasta dónde llegaría la situación.




EL RODAJE