lunes, 14 de diciembre de 2009

El puente sobre el río Kwai

(The Bridge on the River Kwai, 1957)





David Lean es uno de esos (pocos) directores cuya carrera sólo puede ser definida como extraordinaria. Que de sus 16 películas sólo haya una que pueda ser considerada mala (o monótona), La barrera del sonido (The Sound Barrier, 1952), y casi una decena que son verdaderamente brillante, es, cuanto poco, impresionante.


Empezando su carrera junto al autor teatral, guionista de cine, novelista, actor, director, músico (y sabe Dios cuantas cosas más) Noel Coward, con quien codirigió la espectacular Sangre, sudor y lágrimas (In Wich We Serve, 1942), Lean elevó el cine inglés con películas tan recordadas como Breve encuentro (Brief Encouner, 1945) u Oliver Twist (1948), antes de dar el salto a un cine más grande y espectacular con la película que nos ocupa.


Ésta, que narra la estancia de un batallón inglés en una prisión japonesa en la Segunda Guerra Mundial, da inicio a la etapa más espectacular, brillante y recordada de su director, en la que también se inscribe esa absoluta maravilla que es Lawrence de Arabia (Lawrence of Arabia, 1962).
Lo cierto es que el genio del inglés se respira en cada fotograma de El puente sobre el río Kwai, todo un ejemplo de dirección y ambientación, al servicio de un guión de esos de quitarse el sombrero.


Situado en la zona japonesa de la guerra, menos vista en el mundo del cine, la historia presenta una situación poco habitual con unos personajes cuya evolución impresiona. Y es que aunque por momentos pueda antojarse algo convencional (especialmente en todo lo que concierne al personaje del americano, correctísimo William Holden), no por ello malo, donde la historia resulta memorable es en el personaje del inglés, encarnado con su habitual genialidad por Alec Guinness (fetiche de Lean) y en su progresivo cambio; alrededor del cual giran actores tan capaces como Jack Hawkins o James Donald.


Esta historia, que se permite también tener tanto drama como humor y cierta emotividad, está visualizada por Lean como sólo él sabe hacer. Con un prodigioso sentido para la planificación y contando con la inestimable labor fotográfica de Jack Hildyard, el británico crea una película con una ambientación verdaderamente espectacular, valiéndose no sólo de unas localizaciones increíbles, sino de un acertadísimo uso del sonido, copado por efectos sonoros y que relega la banda sonora de Malcolm Arnold a momentos puntuales sin hacerle perder ni un ápice de su fuerza (sirva como ejemplo la estupenda escena con Guinness paseando por el puente).


Así, poco o nada es realmente criticable en El puente sobre el río Kwai, y mucho es elogiable. Una de las obras imprescindibles de su director, una de las mejores películas bélicas jamás hechas y, por qué no, una de las mejores obras de la historia del cine.


domingo, 13 de diciembre de 2009

Algo pasa en Hollywood

(What Just Happened, 2008)





Partiendo del hecho de que debemos a Levinson eterna gratitud y devoción por sus guiones para las películas de Mel Brooks La última locura (Silent Movie, 1976) y Máxima Ansiedad (High Anxiety, 1977), como director ha sabido dar películas tan entretenidas como El secreto de la pirámide (Young Sherlock Holmes, 1985) o tan brillantes como La cortina de humo (Wag the Dog, 1997).
Su principal problema es que es un director completamente supeditado a su guión, sacando una gran película si es éste es brillante, hundiéndose con ella si es malo.
Ello no quita para que, como Philip Kaufman, sepa dar cierto atractivo a sus proyectos, por malos que estos puedan ser, baste como ejemplo la por momentos bizarra El hombre del año (Man of the Year, 2006).


Algo pasa en Hollywood adapta las memorias de Art Linson, productor de Los intocables de Elliot Ness (The Untouchables, 1987) o El club de la lucha (Fight Club, 1999), desde una perspectiva supuestamente crítica y humorística que escribe el propio Linson.


Con Levinson dirigiendo, partiendo de una vida tan potencialmente jugosa como es la de un productor de cine, y contando con un reparto de esos que destacan, con Robert De Niro, Catherine Keener, John Turturro, Stanley Tucci, Michael Wincott, Bruce Willis (éste, carismático como él solo, encarnándose a sí mismo), Robin Wright Penn y Sean Penn; uno esperaría de este trabajo una película de esas que se diferencian del resto.
Pero esto no es así.


Y es que todo este cúmulo de talento se pone a disposición de un relato de Linson sobre lo difícil que es ser él, que echa una visión de Hollywood ya muy vista y sin garra alguna, salvo por alguna subtrama curiosa (Willis y su barba).
Todos los entresijos del mundo del cine están a años luz de los mostrados en Bowfinger: El pícaro (Bowfinger, 1999), El juego de Hollywood (The Player, 1992) o incluso The Majestic (2001), y son visualizados por Levinson con su habitual corrección y algún que otro detalle genial (la banda sonora a partir de la música de la película ficticia) que consigue sacar alguna sonrisa, pero es del todo insuficiente para sacar a flote una historia que hace aguas.


Al final, algo pasa en Hollywood es una película que produce una sensación de indiferencia en el espectador, que al salir del cine se pregunta si la película ha aportado algo más que 100 minutos perdidos. Y a veces eso es peor que hablar de una mala película.

viernes, 11 de diciembre de 2009

Lluvia de albóndigas

(Cloudy with a Chance of Meatballs, 2009)





De un tiempo a esta parte, el cine de animación ha pasado de dibujos en 2D a gráficos tridimensionales. Con este paso, nuevas productoras han llegado al terreno de la animación, y lo que antes era un a industria controlada por Disney y sus irregulares (a veces soberbios, a veces terribles) clásicos, ha pasado a estar dominada por la todopoderosa y algo sobrevalorada Pixar, secundada por la terrible Dreamworks, cuyo trabajo más destacado hasta la fecha ha sido Kung Fu Panda (2007), y con eso lo digo todo.


Pero existen otras productoras que también prueban suerte en el terreno, algunas apostando con películas que se salen de la media, como la brillante Los mundos de Coraline (Coraline, 2009), otras amoldándose a las modas, como la antinaturalmente extendida saga que recientemente nos dio Ice Age 3 (2009), y otras a medio camino, como la nunca suficientemente valorada Monster House (2006).


Lluvia de albóndigas se enmarca en este último tipo. A medio camino entre la moda y la personalidad, lo que inicialmente iba a ser un proyecto en 2D, fue hecho en animación por ordenador por eso de que es la moda, y posteriormente amplificado con el sistema 3D que ahora muchas personas parecen creer que puede compensar un mal guión.


Phil Lord y Chris Miller, dos de los genios tras Cómo conocí a vuestra madre (How I Met Your Mother, 2005), levantan esta película que más que limitarse a copiar a Shrek (2001), como hacen otras, bebe de lo clásico, tanto para bien como para mal.
Lluvia de albóndigas está plagada de un humor, unos diseños y un colorido visual que nos retrotraen al loco mundo de los Looney Tunes (por ejemplo, con el diseño de Manny), con gags disparatados, y que alcanza su cenit con un divertidísimo climax que se permite tanto parodiar películas de catástrofes como aludir a las difíciles relaciones de la gente con la informática.


Por otro lado, el argumento de la película sorprende no por su sencillez, lo que sin duda habría sido una ventaja, sino por su convencionalismo, por esas situaciones con un sorprendente peso en la trama, que a veces consiguen funcionar, pero muchas otras lastran la película con unos tópicos algo cansinos que no aportan realmente nada nuevo.


Aun así, Lluvia de albóndigas consigue erigirse sobre otros productos animados (y no animados) de este año por sus cuidados diseños, su uso del color, su acertado casting en versión original (el papel de Neil Patrick Harris como Steve es brllante)... Y, al final, porque da 80 minutos verdaderamente divertidos.

miércoles, 9 de diciembre de 2009

Spanish Movie

(2009)





Tras años en los que el cine español gozaba de su mala fama por sus dramas constantes de padres divorciados con hijos drogadictos o sus comedias casposas, películas de género se han ido haciendo notar cada vez más. Al punto positivo que supone la variedad fílmica se une la contrapartida de que las películas de género que reúnen toda clase de tópicos criticados en producciones extranjeras son tomadas aquí como productos únicos.
Así llega Spanish Movie, que, a la sombra de películas tan mediocres como Epic Movie (2007), parece en nuestro cine como una película a destacar.


El argumento de la cinta, si es que existe, es una acumulación de situaciones vistas en las películas españolas más famosas, desde un prisma de humor disparatado.
Nacida a la sombra de un género que se retrotrae a Aterriza como puedas (Airplane!, 1980), la comedia de Javier Ruiz Caldera utiliza los éxitos más recientes del cine patrio para dar un humor que funciona por repetición, por disparatado o que no funciona en absoluto.


Y es que, como un gag alargado o una coña a la salida del cine hiperpresupuestada (técnicamente, la película hasta sorprende), Spanish Movie presenta un humor sencillo, algunos dirían simplón, que no busca parodiar un tipo de cine en general tanto como películas en particular, lo que extiende su gracia tanto como la gente recuerde esas obras parodiadas (que, en algunos casos, será bien poco) y prácticamente la elimina en su segundo visionado.


Así, el humor facilón y hasta efectivo de la película va a lo seguro y desaprovecha la oportunidad de una sana visión crítica del cine nacional.
Y aun a pesar de esto, consigue hacer gracia en ciertos momentos y hasta resulta entretenida a ratos.


Dejando de lado los chistes escatológicos y sin gracia, la película recurre a cierto humor disparatado del de toda la vida y consigue hacerse algo simpática aunque sólo sea por su desfile de cameos famosos, su inesperada referencia a Los cronocrimenes (2007) o la imprescindible y siempre bienvenida mención a la polivisión.

lunes, 7 de diciembre de 2009

El héroe solitario

(The Spirit of St. Louis, 1957)





Billy Wilder pasó a la historia como uno de los mejores directores de la historia, con obras maestras como La vida privada de Sherlock Holmes (The Private Life of Sherlock Holmes, 1970), El apartamento (The Apartment, 1960), Con faldas y a lo loco (Some Like It Hot, 1959) o Perdición (Double Indemnity, 1944).
Con el ingenio, la agudeza y el talento del austriaco, contar la historia de cómo Charles Lindbergh realizó con éxito el primer vuelo entre Nueva York y Paris (es decir, hacer un biopic de los de toda la vida) parecía una decisión algo peculiar y hasta cierto punto fallida.


Así, partiendo de que El héroe solitario es una de las películas menos personales y más convencionales de Wilder, uno no puede negar sus cualidades. Es un film menor, sí. Pero en una filmografía llena de obras maestras, eso puede ser casi un cumplido.


Las 33 horas de vuelo transoceánico, así como toda su preparación, se encuentran en esas historias de superación personal que tanto gusta llevar a los Oscar.
Pero quizás por lo fascinante de la hazaña, quizás por la labor maestra de Wilder, la película, dentro de su convencionalismo, consigue erigirse como una obra nada despreciable, con humor, drama y aventura.


Las pequeñas vivencias de Lindberg (encarnado con su habitual corrección por James Stewart) componen una película de capítulos, pequeñas aventuras con unas dosis de ingenio que dejan traslucir la mano de su director en el guión: la llegada de Lindberg al taller, las lecciones de pilotaje del cura o la escena en la escuela de aviación, si bien lejos de ser escenas soberbias, están cargadas de un humor que no puede mas que despertar simpatía por todo el relato.


Pero como Wilder no sólo es un gran director de comedias, sino un gran director en general, El héroe solitario también sabe destacar en esos momentos más espectaculares y tensos (especialmente en todo el vuelo, magnificamente rodado), gracias al portentoso talento visual del director y a la destacable labor de sus colaboradores.
La bellísima música de Franz Waxman acompaña a los momentos más memorables (desde los títulos de crédito hasta las escenas de vuelo) y la atmosférica y lograda fotografía de J. Peverell Marley y Robert Burks saca un partido brutal de los exteriores y nos descubre unas escenas nocturnas y neblinosas (el despegue, el capitulo del correo) verdaderamente fascinantes.


Así, El héroe solitario es una película olvidada al palidecer en comparación con la filmografía de su autor, pero, aun siendo una obra menos personal, es una cinta endemoniadamente entretenida, verdaderamente simpática y con momentos de tensión que saben dejar un buen sabor de boca.

viernes, 4 de diciembre de 2009

Inglourious Basterds

(2009)







Recuerden que, como ya comenté en su día, Inglourious Basterds no es Malditos bastardos.


Entre la estupenda Jackie Brown (1997) y las sobrevaloradas Kill Bill: Vol. 1 (2003) y Kill Bill: Vol. 2 (2004) pasaron seis años en los que la filmografía de Quentin Tarantino dio un curioso giro de 360 grados, cambiando su forma pero dejando su fondo invariable.
A diferencia de Pulp Fiction (1994) o Reservoir Dogs (1992), esta nueva etapa evidencia las referencias de su director y las lleva al propio estilo de la película, tomando de esos filmes admirados no sólo elementos concretos (como era el caso de sus primeras películas) sino su mismo estilo y género.
Así, en Kill Bill vemos un filme en el que su a unos diálogos chispeantes o absurdos, depende de cómo quieran verlos, se añadían ahora otros elementos, tales como masacres varias y luchas de kung fu, en todo un guiño al cine oriental y al western italiano.


Con Death Proof (2007), componente de Grindhouse estrenado por separado, el director homenajeó a otro género diferente, más en la tónica de las películas de bajo presupuesto de asesinos en serie.
El tema es que, quizás con un aumento desproporcionado de su ego, el bueno de Quentin fue incapaz de dejar su soberbia al mínimo y no la supeditó a la historia, caso de sus anteriores trabajos, sino que la sacó a plena vista, con diálogos que al abajo firmante se le antojaban tontos y cansinos, para que todos admiráramos su conocimiento descontrolado.


Pero lo bueno de los gustos variopintos de Tarantino es que no le enmarcan especialmente en un estilo delimitado (como si le pasa a Tim Burton) y hace en Inglourious Bastards un producto que sabe adaptarse a los requerimientos de su condición (cine bélico) pero sin perder ni un ápice de su estilo y su personalidad. Y es que, como sucede con Woody Allen, una obra de Quentin Tarantino se reconoce ya desde los títulos de crédito.


Tomando como referencia no los dramas históricos sino las películas bélicas con un tono más desenfadado, como Doce del patíbulo (The Dirty Dozen, 1967); Inglourious Basterds cuenta, no nos vamos a complicar, el alzamiento de unos pobres bastardos contra el régimen nazi.
Así, como en casi todas sus obras anteriores, la película de Tarantino es una historia coral cuyo título no hace referencia al escuadrón de “basterdos”, sino a todos sus personajes. Personas de mala suerte que, ahora más que en ningún otra película de Tarantino, no encuentran gloria alguna ni en muerte.
No hay largos tiroteos, sino violentos y breves momentos en los que la muerte sacude a los presentes, no importa lo encariñados que estemos con ellos, sin dejar títere con cabeza.


El autor, partiendo de las bases que le delimita su propia propuesta, realiza una obra de ficción en el sentido más brutal del término, por donde hace pulular a esta gama de personajes de lo más variopintos, encarnados con grandísimo acierto por todo el reparto. Un Brad Pitt pasadísimo de rosca e ideal en su breve papel, una Mélanie Laurent perfecta, un Michael Fassbender que demuestra que es más que músculos y, por supuesto, Christoph Waltz, el verdadero descubrimiento de la cinta.
Entre ellos se distribuye la tensión (los basterdos), el drama (Shosanna) y humor (Landa con los tres italianos), antes de la reunión en unos cuarenta minutos finales simplemente soberbios (hasta su magnífica última escena).


Como en Pulp Fiction o Kill Bill, Tarantino hace descansar la fuerza de su historia sobre unos diálogos casi intrascendentes que utiliza para construir la tensión, con resultado más o menos satisfactorio (la escena inicial o la de la taberna), y en los que, sorprendentemente, introduce unas buenas referencias cinéfilas, que, salvo detalles cansinos (la conversación a las afueras del cine), consiguen encajar en el conjunto.


Y, por supuesto, el campo audiovisual es un elemento a considerar, como ha sido desde Reservoir Dogs.
Con temas musicales de otras obras como banda sonora (a veces algo desconcertante pero en general perfecta) y un gran uso del sonido, Tarantino acompaña unas imágenes verdaderamente poderosas, no sólo por una cuidadísima fotografía de Robert Richardson, sino por su propia capacidad para planificar las tomas y dar a la película un sentido visual cada día más ausente del cine.


Así, Inglourious Basterds supone un amalgama de géneros y estilos realizado con maestría y que, aunque no logra llegar a la perfección (al final, la película termina siendo algo intrascendente), si se erige como la mejor película del año.

lunes, 30 de noviembre de 2009

Frenesí

(Frenzy, 1972)





Hay autores que, por una u otra razón, disfrutan de una carrera exitosa y, en sus últimos días, terminan olvidados en subproductos de dudosa calidad (y viene a la memoria Orson Welles anunciando lavadoras).
Por otro lado, los hay que permanecen toda su carrera con un nivel más o menos estable. Y ahí es donde encontramos a genios como Billy Wilder (pese a su último trabajo) o Alfred Hitchcock, del que lo peor que se puede decir es que sus cuatro últimas películas no eran tan redondas como sus mejores trabajos, y eso es casi un cumplido.


Cortina rasgada (Torn curtain, 1966) fue el primer film menor del británico tras una racha que sólo puede ser definida como impresionante, con peliculón tras peliculón desde la fallida Pánico en la escena (Stage Fright, 1950).
Al filme protagonizado por Paul Newman y Julie Andrews le seguiría Topaz (1969), una película algo amena aunque carente de garra, y Frenesí.
Una serie de asesinatos en Londres implican a un hombre inocente, mientras el verdadero culpable permanece fuera de toda sospecha.


Tras los dos intentos fallidos en el terreno del comunismo, el director de Psicosis (Psycho, 1960) volvió a casa para dirigir un guión de Anthony Shaffer, escritor de esa genialidad llamada La huella (Sleuth, 1972), y que le hacía volver al cine que más le caracterizó.
Frenesí es una actualización de varios de los conceptos presentes a lo largo de toda la carrera del inglés, que nos recuerda a Extraños en un tren (Strangers on a train, 1951), Con la muerte en los talones (North by Northwest, 1959) e incluso Falso culpable (The Wrong Man, 1956).


Guiada por tres historias (la del acusado, la del asesino, la del policía), la película tiene elementos e ideas característicamente hitchcockianas, ahora con escenas más fuertes de lo que era habitual.
Así, momentos como la aparición del primer cadáver (con los transeúntes girándose progresivamente), la brillantísima visualización del segundo asesinato (bajando por las escaleras), el primer plano silencioso de Anna Massey, las hilarantes cenas caseras o la última linea de diálogo, nos recuerdan la genialidad de un autor que, si bien no estaba en plena forma y dejó pasar algún momento fallido y hasta vergonzoso, tenía más talento en el dedo meñique de su pie izquierdo en una mala racha, que muchos otros en toda su carrera.
Así, Hitchcock hace de Frenesí un thriller perfectamente realizado, en el que, salvo Jon Finch (por un papel por momentos demasiado antipático), todos los actores realizan una interpretación impecable, en especial Barry Foster (con su cara de buen tipo), Billie Whitelaw y Alec McCowen.


El retorno del maestro al tono inglés que había dejado atrás hacía tantos años, y al que contribuye vitalmente la por momentos soberbia partitura musical de Ron Goodwin (por encima de la lúgubre música inicial compuesta por Henry Mancini), no es a día de hoy una de sus mejores películas (un listón muy alto), pero si un thriller por momentos brillante y una estupenda despedida del género.


viernes, 27 de noviembre de 2009

Bienvenidos a Zombieland

(Zombieland, 2009)

Estreno en España: 25 de Diciembre





En un año en que la Academia de Hollywood pretende aumentar el número de filmes nominados
a mejor película a diez (en lugar de los cinco habituales), sería de justicia que Bienvenidos a Zombieland encontrara su sitio ahí.
Quizás suene excesivo, pero no sería nada injusto si tenemos en cuenta las películas estrenadas este año (sin duda, se cuela entre las cinco mejores) y otras nominadas en años anteriores, como Juno (2007) o El desafío – Frost contra Nixon (2008).


Y es que puede que la película del casi debutante Ruben Fleischer no sea especialmente brillante o lograda, pero sin duda, dentro de sus limitaciones y pretensiones, es un trabajo perfectamente redondo.
En una tierra infestada por zombies, un joven sobrevivirá con la ayuda de unos pintorescos compañeros y de su guía de supervivencia para el holocausto de muertos vivientes.


Partiendo ya del genero al que se enfrenta, con el ya muy visto tema de invasiones zombies, y sin ningún objetivo que no sea capaz de cumplir, el guión de Rhett Reese y Paul Wernick está plagado de un logrado sentido del humor que por momentos asemeja la película a una versión americana de Zombies Party (Shaun of the dead, 2004) que a una película del genero al uso, y con algunas referencias verdaderamente brillantes.


Pero la principal baza es la capacidad de combinar este sentido del humor y un magnifico dominio de la autoparodia (con historias motivadas por twinkies) con, por qué no decirlo, cierta emotividad, entendida a su manera. Es en sus cuatro personajes principales, encarnados con una perfección maestra por Woody Harrelson (quien merece todos los premios existentes por esta interpretación), Jesse Eisenberg, Abigail Breslin y Emma Stone, donde Bienvenidos a Zombieland encuentra su encanto.


La película sabe sustentar sobre el humor unas personalidades que quizás no sean especialmente originales, pero no cabe duda de que caen enormemente simpáticas, y da momentos para el recuerdo como son la destrucción gratuita de la tienda, el viaje en coche y la llegada a L.A. (con Kingdom of rust de fondo), o todo su final.


Si además añadimos al cóctel las originales, rebuscadas y delirantes formas de matar a un zombie, Bienvenidos a Zombieland es una divertidísima comedia no peor que cualquier otra película independiente de moda.

lunes, 23 de noviembre de 2009

Lobos humanos

(Wolfen, 1981)





Y si el otro día hablábamos de depredadores, hoy seguimos con elementos de índole monstruosa y/o sobrenatural, pero retrocedemos unos años.
Dewy Wilson (Albert Finney) investiga una serie de asesinatos que parecen cometidos por una bestia en la ciudad de Nueva York.


En un primer vistazo, muchas cosas son las que llaman la atención de Lobos humanos.
La única película de Michael Wadleigh no relacionada con Woodstock (1970), cuenta en su reparto con unos casi primerizos Edward James Olmos, Tom Noonan, Gregory Hines y Diane Venora, y nos presenta como aguerrido detective de acción a Albert Finney.
Si esto es algo bueno o no, ya es otro tema.


Las cosas como son, hay que reconocer a Wadleigh un por aquel entonces prometedor talento visual, que es donde radica el mayor encanto (por no decir el único) de la película.
Con la atmosférica fotografía de Gerry Fisher y la efectiva (aunque no muy original) partitura de James Horner, el director presenta algunos momentos espectaculares (sus primeras tomas) y una ambientación y un tono cuanto menos curiosos en unas cuentas escenas (sus primeros veinte minutos y las escenas de la iglesia), incluyendo una visión subjetiva cuyo estilo y sonido parece haber sido una gran influencia para el Depredador (Predator, 1987) de McTiernan.


Pero ahí acaban prácticamente los puntos positivos de Lobos humanos. Y es que una dirección más o menos lograda no logra sacar adelante un guión y un reparto que no dan la talla.
Lo que comienza como una historia de misterio sobrenatural la mar de entretenida acaba desbocándose y convirtiéndose en una historietilla previsible, plagada de situaciones sin demasiado interés, cuando no forzadas o desconcertantes (todo su final).


Todo esto, con la presencia absoluta de un actor tan irregular como es Albert Finney, que aquí brinda esa cara de aburrimiento que tanto domina para interpretar a un personaje al que se ajusta poco o nada.


Aun así, Lobos humanos no deja de ser un entretenimiento medianamente ameno, en la tradición de cierto cine de terror de los años 80, que puede verse si no se pide demasiado.

viernes, 20 de noviembre de 2009

Depredador

(Predator, 1987)





El director John McTiernan es uno de esos grandes artesanos inexplicablemente olvidados por Hollywood.
Antes de que su paranoia le llevara a involucrarse en toda clase de líos con la justicia, McT era probablemente uno de los mejores directores de acción del momento, con una carrera corta pero (salvo pequeñas excepciones) potente.


Así, pasando por alto las casi insufribles Nómadas (Nomads, 1986) y Rollerball (2002), McTiernan tenía un currículo impresionante, con Jungla de Cristal (Die Hard, 1988), La caza del Octubre rojo (The Hunt for Red October, 1990) o El último gran heroe (Last Action Hero, 1993), y hasta cuando tenía problemas, medio paría productos tan dignos como El guerrero número 13 (una traducción irrisoria de The 13th Warrior, 1999), codirigida por Michael Chrichton (que, con sus más y sus menos, también tiene un par de trabajos como director la mar de recomendables).


Pero antes de brindarnos estas obras tan entretenidas, el director nos dio una película que quizás careciera del carisma o la madurez de sus otros trabajos, pero que, a todas luces, es la película de acción hipermusculada que mejor ha resistido el paso del tiempo.
Atrapados en la selva sudamericana, un grupo de soldados americanos son cazados por un ser de otro mundo.


Arnold Schwarzenegger se convirtió, guste o no, en todo un icono (no diré si bueno o malo) del cine de acción de los 80, tanto con productos de calidad (Terminator, 1984), como con subproductos de toda clase y color, desde Commando (1985) hasta Perseguido (The Running Man, 1987).
Quizás por tener al susodicho McTiernan detrás de las cámaras, Depredador es una película con la misma cantidad de esteroides, pero mucho más disfrutable, aun a día de hoy.


Y no es sólo por la diversión que supone ver como un grupo de tipos armados hasta los dientes y fumando puros disparan contra la naturaleza durante dos minutos hasta devastar por completo una parcela de dos kilómetros cuadrados.
Depredador es una entretenidísima mezcla de cine de acción, aventuras, ciencia ficción y terror, con un gran ritmo, una apreciable banda sonora de Alan Silvestri y una ambientación calurosa enormemente lograda.
Un estupendo entretenimiento sin pretensión alguna, punto.