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viernes, 15 de enero de 2010

Buenas noches, y buena suerte.

(Good Night, And Good Luck., 2005)





Hollywood parece encontrar un extraño atractivo en adaptar a la gran pantalla historias reales y, en la gran mayoría de los casos, lo hace centrándose en los elementos más tópicos que puede haber, para dar una obra que, con todos los convencionalismos del biopic, busca acaparar cuantas más premios mejor.
Pero de vez en cuando surgen otras películas que buscan hacer algo diferente, o que lo hacen con gran acierto. Y aquí es donde entra Buenas noches y buena suerte, una de las películas más interesantes de la última década.


George Clooney es, como actor, uno de los tipos más carismáticos que el cine al otro lado del charco puede darnos y, probablemente, siempre sea uno de los mejores elementos de la película en que trabaja (por mala que esta pueda ser). Quién lo iba a decir del protagonista de Urgencias y Batman y Robin, pero así es.
Y aun en su faceta de director no deja de ser interesante.


Con enormes influencias de obras clásicas, Clooney, en sus tres películas como director, ha demostrado ser un tipo con buenas ideas y talento pero, aquí viene lo malo, lastrado siempre por una excesiva cerebralidad y falta de espontaneidad. Es decir, que una película dirigida por George Clooney siempre será interesante pero incompleta. Y eso le sucede a Buenas noches, y buena suerte.


El tema es que el material de partida es tan apasionante y complejo que eso apenas termina importando.
La narración de la lucha de un programa de televisión contra la caza de brujas del senador McCarthy en los años 50 es una historia que, en sus implicaciones, puede extenderse y aplicarse a muchísimos elementos.
Y, siendo una película de un claro contenido político, es llevada por Clooney y su co-guionista y director de la inminente Los hombres que miraban fijamente a las cabras (The Men Who Stare at Goats, 2009), Grant Henslov, con una moderación envidiable.


Clooney realiza una película que, en su blanco y negro y en su puesta en escena (austera, pero no por ello mala), se enmarca perfectamente en la época (años 50) y el medio (televisión) en los que la película se sitúa y que, a diferencia del morboso partidismo de otros cineastas como Oliver Stone o Michael Moore, se respalda enormemente en imágenes de archivo reales que de tan fascinantes e increíbles no cansan en ningún momento, aunque pueden hacer sentir que estamos más ante un documental que una película.


Los elementos dramatizados del relato son llevados con una dignidad envidiable, a pesar de cierto distanciamiento de la historia que Clooney parece no poder evitar nunca, y no sólo no sobran en ningún momento, sino que por momentos se echan en falta (da ciertas cosas por sentado, tales como el contexto de la caza de brujas o la relación romántica de dos personajes).


Pero casi cualquier fallo que pueda haber en la película se subsana con una correctísima dirección, una magnífica fotografía en blanco y negro y unas actuaciones brillantes. No sólo encontramos a actores tan adecuados como Robert Downey Jr. o el propio Clooney, sino a un simplemente prodigioso David Strathairn, cuya recreación de Edward Murnow evita las caricaturas tan habituales en biopics y realiza una personificación realista y asbolutamente fascinante.


Así, la segunda obra de George Clooney como director es una de las película más logradas de los últimos años y una fascinante representación de uno de los momentos más vergonzosos de la historia reciente de los Estados Unidos.

lunes, 14 de septiembre de 2009

La invasión de los ladrones de cuerpos

(Invasion of the Body Snatchers, 1956)





Y si ayer hablábamos de Distrito 9 y su mensaje alegórico, hoy nos ponemos con otra película de ciencia ficción que utiliza a los simpáticos (o antipáticos) hombrecillos verdes como portadores de mensajes y críticas sociales.
Basado en un legendario relato corto de Jack Finney, “The Body Snatchers”, el guión de Daniel Mainwaring (y, dicen, reescrito en gran parte por Sam Peckinpah), dirigido por Don Siegel (autor de la legendaria Harry el sucio), narra la historia de un pequeño pueblo cuyos habitantes comienzan a sufrir extraños cambios de personalidad. Hablan igual, se mueven igual, pero ya no tienen sentimientos. Han sido sustituidos por seres alienígenas.


La época en que se estrenó la película, por supuesto, marca enormemente su mensaje. Y es que Estados Unidos atravesaba la caza de brujas del senador McCarthy, empeñado en que todo buen americano debía denunciar a aquellas personas que parecieran ser comunistas.
De buenas a primeras, un simil salta a la cabeza: La invasión de los ladrones de cuerpos habla sobre pacificas gentes siendo poseídas de pronto por el diabólico espíritu insurgente del mismísimo Lenin, quien les hace perder su personalidad y convertirse en esclavos sin sentimientos.
Pero si ahora decimos que Mainwaring se encontraba en la célebre Lista Negra de Hollywood, que enumeraba a los cineastas con afiliaciones al partido comunista, la cosa cambia y otra visión igualmente válida surge.


Planeada como un reflejo de la histeria colectiva que sufría el país en la época, la película nos presenta un tono general de desconfianza en el que todos se ven obligados a disimular por miedo a que un dedo acusador les señales y lance sobre ellos toda la atención.
Así, el mensaje de la película funciona igual de bien en ambos sentidos y en cualquier otro que ustedes quieran darle.


Pero no sólo es mensaje lo que tiene esta estupenda película de ciencia ficción.
Y es que el hacer de Don Siegel es impresionante. No sólo por sus planos enormemente cuidados, sino también por una logradísima ambientación. Lo que comienza (prescindible prólogo al margen) como una obra costumbrista en un pequeño pueblo, se rompe cuando la verdad queda al descubierto, con un brutal cambio al misterio, el terror y la desesperación, que debería haber concluido con la escalofriante escena del protagonista, muy correcto Kevin McCarthy, corriendo entre los coches y anunciando el desastre inminente.


Y digo “debería haber concluido”, por la insistencia de los productores en modificar la película, para incluir tanto un prólogo y un epílogo como una voz en off constante que evidenciara aquellas partes menos claras y diera un giro tan gratuito como complaciente.
Pero gracias a la escasa presencia de esas escenas adicionales y a una abierta ambigüedad de su final (todo lo contrario a lo que sucedería con la versión de 2007 protagonizada por Nicole Kidman), La invasión de los ladrones de cuerpos consigue alzarse y perdurar en la memoria como la excelente película que es.