viernes, 9 de octubre de 2009

Kiss Kiss Bang Bang

(2005)





Quien iba a decir que una de las mejores películas de cine negro recientes iba a venir del firmante de la entretenida (pero intrascendente) Arma Letal.


Shane Black, quien ya tuvo un pequeño papel en Depredador y fue guionista de la mitad de las películas de acción decente en los años 80, debutó en la dirección con esta película en la que la ambición se veía ya sólo en el reparto, que reunía al ex-alcohólico Robert Downey Jr. con el conflictivo Val Kilmer, como si Black no temiera un posible apocalipsis en medio del rodaje.
Pero el guionista sabía lo que se hacía, y no sólo supo controlar perfectamente a sus actores, sino que les sacó sus mejores actuaciones hasta el momento y los puso a plena disposición de un guión que echaba un vistazo al cine negro de una forma pocas veces vista.


Así, a la hora de realizar una actualización de las historias de Dashiell Hamett o Raymond Chandler, sobre el engaño y las traiciones, el cineasta no optó por una visión excesivamente respetuosa, sino por una actualización de su filosofía tanto el mundo moderno como al medio cinematográfico.


Black nos cuenta una historia de perdedores y tipos de sueños frustrados, envueltos en la sordidez del mundo (impresionante la referencia al abuso de menores), como quien expía sus demonios largamente encerrados y abre su alma al público; y lo hace, lejos de lo que cabría esperar de un debutante tardío y no demasiado brillante como guionista, con un uso del metalenguaje inusual.


El director utiliza una estructura hasta cierto punto de libro, como la división por capítulos y la voz en off, y se vale al mismo tiempo del lenguaje cinematográfico de forma no muy usual, con escenas alucinatorias (la hilarante resurrección final) y pausas en la cinta (sublime epílogo); lo cual, aunque en ocasiones no funcione tanto como debería, descubre no sólo a un tipo con buenas ideas, sino que además sabe cómo llevarlas a cabo.


Kiss Kiss Bang Bang termina siendo una película de género negro más inteligente de lo que cabe esperar y aunque no sea especialmente genial sí resulta entretenida y estimable.


miércoles, 7 de octubre de 2009

Pelham uno, dos, tres

(The Taking of Pelham One Two Three, 1974)





Hace un par de meses hablábamos de Asalto al tren Pelham 1 2 3. Y nunca está de más echar un vistazo a la fuente directa de inspiración. Aunque basada en una novela de John Godey, la película de Tony Scott toma gran parte de su guión (por no decir todo) de esta primera versión.
Pelham uno, dos, tres narra el secuestro de un vagón del metro de Nueva York y la negociación entre los criminales y el jefe de seguridad.


De la mano de Joseph Sargent, la película puede considerarse una de las iniciadores de la moda de secuestros. Secuestros de aviones, secuestros de barcos, secuestros de autobuses... Todas toman algo de sus predecesoras pero están muy por debajo de ellas.
Y eso que con Pelham uno, dos, tres no hablamos de ninguna obra maestra del cine, pero sí de una película entretenida, honesta y digna.


Así, si bien es cierto que el guión de Peter Stone cuenta con momentos algo simples u obvios, especialmente en una primera media hora en que los personajes repiten tres veces cada frase para que nadie la pase por alto, y se cuelan, así como el que no quiere la cosa, críticas bien poco sutiles hacia la política (un alcalde enfermo que no quiere salir de la cama); se compensan con otros muchos puntos positivos.


Estos detalles reprochables quedan en nada en una historia simple pero con sus buenos aciertos (el accidente de coche), un sentido del humor la mar de estimable (su antológico plano final) y unos protagonistas que no por sencillos pecan de simples, porque la película cuenta con un reparto de esos que pueden elevar una historia.


Los espléndidos actores que son Walter Matthau, Robert Shaw y Martin Balsam, entre muchos otros, dan a sus papeles una dignidad y un porte que los define y los hace realmente atractivos. Con el humor del primero, la determinación del segundo y el aspecto bonachón del tercero, Pelham uno, dos, tres consigue darnos esos personajes que, sin ser legendarios, sí que nos proporcionan unos buenos momentos y permanecen en nuestra memoria.


A diferencia del remake, que cree que dar un tono dramático a la cinta y mencionar repetidas veces a la mujer de tal o cual hace mejor una cinta, los encargados de esta primera versión parecen ser conscientes plenamente de sus limitaciones y optan por un tono mucho más distendido y menos ambicioso, pero no por ello peor.


Y aun a pesar de ese guión algo obvio o de un director irregular (la acción final del personaje de Shaw es probablemente el momento peor filmado de la cinta), lo cierto es que Pelham uno, dos, tres, en su afán de entretener con dignidad y dejar al espectador con una sonrisa de oreja a oreja, se convierte en una película que da gusto ver.



lunes, 5 de octubre de 2009

JFK

(1991)








JFK, como es obvio, habla del asesinato del presidente Kennedy desde el punto de vista de la investigación que lleva a cabo el fiscal de Nueva Orlean, James Garrison.
El asesinato de JFK es aun a día de hoy uno de los enigmas más intrigantes de la historia de la humanidad, rivalizando con la formula de la Coca Cola, y toda clase de teorías han surgido para explicar las múltiples conspiraciones que tuvieron lugar.


Desde el complejo plan de los malvados comunistas, hasta la presencia de su propio gobierno.
Lo que sí es cierto es que, parafraseando a Walter Matthau, probablemente ya no exista nadie que crea que Kennedy fue asesinado sólo por Lee Harvey Oswald. Más aun si hablamos de una época en la que cualquier persona que intentara cambiar las cosas era abatido a tiros (Robert Kennedy, Martin Luther King...), lo que nos lleva a concluir la existencia de un pobre sistema de seguridad o de unos conspiradores con muy poca imaginación.


Investigaciones de dudosa veracidad, testimonios encontrados, imposibilidades físicas... ¿Sabremos algún día quién estaba detrás del asesinato? Puede ser, pero les avanzo desde ya que esta película no parece acercarnos ni remotamente a la verdad.
Si hace unos días comentabamos la escrupulosa recreación de los hechos de Zodiac, hoy hablamos de todo lo contrario. Oliver Stone toma ciertos elementos de realidad y sobre ellos construye todas sus teorías y planteamientos. Y esto, tal cual, no es demasiado criticable.


El problema es que JFK da rumores nunca probados como hechos reales (las orgías de los malvados de turno), inventa personajes sobre los que justifica cualquier impedimento que surja en la investigación, grita “Conspiración” y “Encubrimiento gubernamental” sobre cualquier cosa que se interponga en su camino, justifica muertes naturales abriendo la posibilidad de envenenamiento (una escena eliminada implicaba que uno de los testigos fue inyectado... ¡con cáncer!) y, por último, nos lleva a un juicio final en que lo único que consigue probar es que el presidente fue, en efecto, asesinado, y que no murió por un catarro o algo así.


Pero Stone no acaba aquí, pues nos da una visión maniquea como pocas de los acontecimientos. En “Más allá de la cúpula del fracaso” Homer Simpson proponía a Mel Gibson incluir un perro con mirada aviesa para desviar las sospechas de los espectadores hacia el diabólico can. JFK tiene, más o menos, el mismo nivel de sutileza. Diálogos obvios y evidentes, miradas malvadas y un Joe Pesci tan hipertenso que en cualquier momento puede literalmente explotar.


Y, sin embargo, tengo sentimientos encontrados con respecto a esta película.
Stone imprime a la cinta un ritmo y una visceralidad (en el buen sentido de la palabra) que, aun consciente de sus agujeros y sus momentos de telefilme, me enganchan cada vez que la veo.
Olvidando todo lo que Stone pisotea y de su vil manipulación de los hechos, las cosas como son, JFK es una película extremadamente entretenida y bien hecha.


La fotografía de Robert Richardson, enormemente variada (los flashbacks con sus claroscuros), junto al estupendo montaje y la emocionante banda sonora de John Williams (uno de sus mejores trabajos), da una combinación que sólo se puede describir como memorable y que conforma un todo que otorga una aureola sobre la película y se disfruta sin necesidad de entender o fijarse en cada campo.


Así, con un reparto de estrellas (encabezadas por un sosisimo Kevin Costner) que se ven obligadas a recitar los diálogos más obvios que Stone podía pensar, JFK es enteramente salvada por la labor del director y sus colaboradores. Y si son capaces ustedes de dejar de lado cualquier afición por la veracidad, se convierte en una película enormemente disfrutable y con un ritmo que no decae en (casi) ningún momento de sus más de tres horas de duración.



domingo, 4 de octubre de 2009

El cerebro de un millón de dólares

(Billion Dollar Brain, 1967)





Aunque Michael Caine firmó para cinco películas de Harry Palmer, todas las cuales iban a estar basadas en novelas de Len Deighton, su reticencia a hacer una cuarta convenció a Harry Saltzman para dejarle ir, haciendo de El cerebro de un millón de dolares la última película del espía británico.
En los años 90, se realizarían dos coproducciones entre Canadá, Inglaterra y Rusia, rescatando al personaje, con mucho menor acierto.
Harry Palmer se ha retirado del servicio de inteligencia inglés, cuando recibe la visita de un viejo amigo, que le habla de un coronel texano que pretende librar a los países nórdicos de Europa del comunismo invasor.


Para esta última aventura, el testigo de la dirección pasa del Furie de Ipcress y el Hamilton de Funeral en Berlín a Ken Rusell, quien dota a la película de un tono completamente nuevo y mucho más excesivo.
Y es que ya desde sus títulos de crédito uno sabe, por la maravillosa partitura musical de Richard Rodney Bennet (un tema legendario), que la película va a ir más allá que las anteriores, aunque en el fondo siga conservando toda su esencia.


El sentido del humor sigue presente en el personaje de Harry Palmer así como su carácter y su habilidad para meterse en toda clase de situaciones complejas de las que prácticamente saldrá escaldado (especialmente, en su dramático final), pero ahora todo está amplificado con la llegada de los amigos americanos.


De la mano de un siempre genial Karl Malden (atención a la escena con el rifle en la iglesia) y un descontrolado (y, por tanto, prodigioso) Ed Begley, la película nos lleva a la paranoia anticomunista y nos presenta una versión atípica del tradicional malo Bond, aquí más loco que una cabra, menos brillante que un guisante y rodeado de toda clase de bizarros elementos (el ordenador superdotado). Y todo nos conduce a una media hora final que sólo puede ser descrita como un delirante y bizarro espectáculo que pone un punto final absoluto a la vida cinematográfica del agente británico.


Así, El cerebro de un millón de dolares camina perfectamente, como Ipcress y Funeral en Berlín, entre el misterio, la comedia (negra) y el drama; y nos deja verdaderos momentos para el recuerdo. Un más que digno final a la saga de Harry Palmer.


viernes, 2 de octubre de 2009

Funeral en Berlín

(Funeral in Berlin, 1966)





Por supuesto, tras la buena recepción de Ipcress, que acarreó premios hasta para el director despedido, era cuestión de tiempo que Harry Saltzman decidiera lanzar una secuela. Cuestión de muy poco tiempo, pues Funeral en Berlín se estrenó apenas un año después, y nos muestra al agente del gobierno británico Harry Palmer, que se ve obligado a ir ahora a Berlín, donde un coronel ruso ha expresado su deseo de cruzar el célebre muro.


Del mismo modo que Saltzman no quería ir a lo fácil y repetir la formula en Ipcress, a la hora de producir Funeral en Berlín dejó todo en manos de un equipo de técnicos (casi) nuevo y, curiosamente, recurrió a un recién salido de la saga Bond, Guy Hamilton, autor de la que probablemente sea la mejor película del agente 007, Goldfinger.


Así, Funeral en Berlín adopta un estilo menos peculiar que el de su predecesora (Otto Heller, director de fotografía, hace un trabajo radicalmente distinto pero igualmente notable), sin traicionar en ningún momento su espíritu y recordándonos a otros clásicos del cine de espías. Y si John Barry se inspiró en El tercer hombre para componer la banda sonora de la primera película, ahora es la historia de Funeral en Berlín la que nos recuerda a la magnífica película de Carol Reed, salvando las distancias.


Nuevamente, Michael Caine da vida con su magnífica eficiencia al agente Harry Palmer, que sigue encontrándose con los mismos problemas, ahora secundado por unos estupendos Oskar Homolka y Hugh Burden, y mantiene siempre ese tono de humor negro y cierta pesadumbre.
Rodeado de acertijos y laberintos, el agente inglés está lejos de desenvolverse como héroe de acción y de nuevo se ve envuelto en escenas brillantemente ideadas (el magnífico momento de la apertura del ataúd), con un tono sórdido y corrupto por parte de buenos y malos (el ahogamiento en el piso del anciano), y termina exponiendo su drama como persona (su final), acompañado siempre de la magnifica partitura musical de Konrad Elfers.


Así, con un estilo marcadamente diferente al de Ipcress, Funeral en Berlín se erige como una película levemente inferior a la original, pero igualmente cargada de misterio, ingenio y drama. Una película de espías de esas que da gusto ver.


Harry Palmer se enfrenta a El cerebro de un millón de dólares

miércoles, 30 de septiembre de 2009

Ipcress

(The Ipcress File, 1965)





Tras el éxito de las primeras películas de James Bond, su productor, Harry Saltzman, decidió adaptar las aventuras literarias de otro agente inglés. Pero, en la loable intención de no repetirse, buscó un tono completamente distinto.
Basada en la novela de Len Deighton, Ipcress cuenta la investigación que lleva a cabo el agente inglés Harry Palmer sobre las sospechosas desapariciones de diferentes científicos durante los últimos meses.


Las películas Bond, con sus más (Goldfinger) y sus menos (Quantum of solace), han gozado de una gran fama a lo largo del planeta y han ido extendiéndose hasta prácticamente borrar su origen británico.
La saga que inició Ipcress, limitada a tres películas oficiales y dos telefilmes de baratillo, convirtió a Harry Palmer (nombre creado para la película por Saltzman y Michael Caine) en el auténtico paradigma del espía al servicio de su majestad: un snob canalla y mujeriego, aficionado a la cocina.


Y qué mejor forma de empezar a crear un gran personaje que contando con una grandísima leyenda como es Michael Caine, uno de los mejores actores que el cine ha podido darnos, con un porte y un carisma hipnóticos, ya esté dando lo mejor de sí, como en esa obra maestra que es La huella, o simplemente se limite a cobrar el cheque, como en la hilarante Tiburón 4.
El actor, con su estilo, sabe cómo llevar sobre sus hombros el peso de la película y se ajusta perfectamente al personaje de Harry Palmer. O quizás habría que decir que ajusta el personaje a sí mismo.


La trama de Ipcress y su desarrollo se orienta mucho más hacia las películas de misterio que hacia la acción desenfrenada, y no teme en ningún momento remarcar lo antiheroico de su personaje protagonista y sostener la tensión y el interés sobre la revelación del misterio en sí mismo, sometiendo por el camino a toda clase de frustraciones y desengaños al propio Palmer.
Y lo hace todo con una dignidad y un estilo envidiable, al que sin duda ayuda el reparto de eficientísimos ingleses, con el siempre genial Nigel Green (una cara y una voz inolvidables).


Y, cosas de la vida, uno no puede dejar de sorprenderse al encontrar al nefasto Sidney J. Furie, que posteriormente dirigiría Superman IV, detrás de la cámara.
Harry Saltzman confiaba en este canadiense para sacar adelante Ipcress, pero le despidió nada más terminar el rodaje, cuando el director quemó delante de Saltzman una copia del guión (que, según dijo, no entendía en absoluto).


Y aunque ya hemos visto otras veces (Thief and the cobbler o Invasión) que el despido de un director a mitad de la producción no suele dar resultado, Ipcress sale sorprendentemente airosa del contratiempo; y no sólo por contar con un guión magnífico.
Quizás por su incapacidad para entender la historia, Furie decidió rodar la película de una forma muy visual, buscando hacer una historia más estimulante con planos rebuscados.
Su marcha dejó el montaje en manos de Saltzman y el montador Peter Hunt (con un pie en la saga Bond), quienes supieron dosificar los momentos descontrolados con otros moderados, dando a la película esa justa medida de extrañeza y misterio, que se ajusta perfectamente a su historia (en especial en su atípica parte final).


Así, uno no puede pasar por alto la inestimable labor de Saltzman en Ipcress. Y es que el productor no sólo llevó adelante un producto diferente a lo que había acostumbrado a la gente, sino que supo encargarse de él cuando hizo falta, y llevó consigo al magnífico John Barry (que crea un tema musical inolvidable que retrotrae a El tercer hombre) y al eficiente Otto Heller (cuya delirante fotografía con grano y contrastes es extrañamente atractiva).
El resultado final, aun a pesar de surgir a la sombra de 007 y contar con un rodaje ajetreado, es una elaborada película de espías, con un guión a prueba de balas y una factura visual interesantísima.


Harry Palmer vuelve para un Funeral en Berlín

domingo, 27 de septiembre de 2009

Música: Itoiz Suite










Itoiz es un grupo de música vasco que allá por los años 80 gozó de gran fama y marcó a toda una generación. Más de 20 años después de su último disco, Juan Carlos Perez, lider de la banda y compositor de sus temas más emblemáticos, empezó a trabajar en una revisitación un tanto peculiar de los temas del famoso grupo, adaptandolos en una suite orquestal para la BOS, la Orquesta Sinfonica de Bilbao.


La Itoiz suite, resultado de más de medio año de trabajo, es una obra completamente distinta a la del grupo Itoiz en la década de los 80.
A diferencia del concierto de Metallica, donde la célebre banda tocaba ayudados de arreglos orquestales del compositor Michael Kamen, hablamos de un trabajo puramente orquestal, una conversión de las melodías del grupo de rock a orquesta.
El 22 de Agosto, en plena Aste Nagusia bilbaina, la BOS dio un eoncierto gratuito al aire libre junto al museo Gugenheim. Posteriormente se repetiría en San Sebastian y fue grabada para su salida en disco el 2 de Diciembre de 2009.


La Itoiz Suite adapta ocho temas del grupo y los convierte en seis movimientos de entre 5 y 10 minutos.
La suite comienza con fuerza con Ezekielen Prophezia y mantiene el tono en Marea Gora, tras la cual nos lleva al sonido del viejo Hollywood con Marilyn (dedicada a la cantante y actriz de Con faldas y a lo loco). Nos devuelve a un tema de corte clásico con Goizeko Deiadar/Lo Egin, fusión de dos temas, a la que sigue la versión de su canción más conocida, Lau Teilatu.
El concierto termina con el que posiblemente sea el mejor tema de la suite, Hegal Egiten/Foisis Jauna, lleno de una energía, una fuerza y una belleza que se extiende durante 10 maravillosos minutos como broche final a tan peculiar y lograda propuesta.


Conservando integramente sus melodías y ayudandose de la evocación de los temas originales para conseguir emocionar a toda una generación de seguidores, la Itoiz Suite es una pieza de música orquestal impresionante.
Juan Carlos Perez demuestra un conocimiento extraordinario del lenguaje orquestal y no se deja arrastrar por el estilo del grupo a la hora de reinventar sus temas y adaptar las melodias a la música sinfónica. Lo que en su día fueron temas de rock funcionan ahora igualmente bien como piezas orquestales.


Sin necesidad de letra, los temas de la Itoiz Suite conservan toda su fuerza melódica y ahora se enriquecen de la influencia de piezas de música orquestal clásica y contemporanea.
El resultado final es una preservación del espíritu de Itoiz adaptado a un lenguaje diferente dentro del mundo de la música y conformando una obra de fuerza y belleza, disfrutable para conocedores de la melodía tanto como para profanos en la obra del grupo.



viernes, 25 de septiembre de 2009

The Good, the Bad, the Weird

(Joheunnom nabbeunnom isanghannom, 2008)







La película, aunque ha sido proyectada en algunos festivales, no ha sido estrenada en nuestro país y sólo puede encontrarse en el extranjero.


Nada más leer el título de este filme (El bueno, el malo y el raro), uno ya puede vincularlo con una famosa película rodada por Sergio Leone, probablemente el mejor western jamás hecho. El bueno, el feo y el malo (The Good, The Bad and the Ugly, 1966)
Más de 40 años después, el director coreano Ji-woon Kim se marca un remake que toma la idea inicial de Leone y su título como punto de partida, pero va por derroteros muy distintos.
The Good, The Bad, The Weird cuenta la historia de tres hombres que en 1930 atraviesan el desierto de Manchuria en busca de un tesoro.


Lo primero que hay que mencionar de este remake oriental del film italiano es el noble propósito de hacer de él un espectáculo visual y una película de aventuras que en ningún momento tiene la arrogancia de actualizar el filme original, simplemente de homenajearlo.


El propio Ji-woon Kim reconoció que el guión es, simple y llanamente, una excusa, pero esta afirmación merece acotarse por el propio bien del director. Cuando él habla de excusa, el sentido de esa palabra difiere ligeramente del que dan los guionistas de cualquier película de jóvenes asesinados en San Valentín o efectos especiales que destruyen monumentos históricos (con el máximo respecto a San Valentín Sangriento en 3D y 2012, faltaría más).


The Good, The Bad, The Weird es una obra argumentalmente sencilla y no inventa nada que no hayamos visto antes. Dicho lo cual, el guión sabe mantener un apreciable nivel de calidad en la construcción de los personajes y la evolución de una historia que oscila entre la acción, el humor y hasta el drama (dividida en pequeños episodios que aumentan la épica del relato), y es mantenida por unos actores que saben lo que hacen, especialmente Kang-ho Song (protagonista de ese peliculón que es The Host), con una interpretación que va más allá de ser simplemente cómica.


Esta sencillez en su historia desvía la atención hacia el verdadero acierto de la película: su factura visual y sonora.
Ji-woon Kim junta multitud de ideas en una propuesta ambiciosa, para crear una película de aventuras extremadamente física con una ausencia casi total de efectos visuales, llena de personajes y situaciones y cuyo bizarrismo (en el mejor sentido de la palabra) culmina con una delirante y espectacular persecución multitudinaria por el desierto de Manchuria al ritmo de Don't let me be misunderstood.


Pero su valor no está únicamente en la espectacularidad de sus escenas, oen la elaboración de sus coreografías, sino también en una inventiva visual llena de energía y humor, un joie de vibre de western coreano único.
Con unos decorados impresionantes, una cuidada fotografía y una iluminación prodigiosa (llena de contrastes imposibles), la película rebosa espiritu de aventura, llena de emoción (el segundo tiroteo en el mercado fantasma, impecable), humor (el raro), diversión (la mencionada persecución del desierto) y hasta drama (el desenlace con el indispensable duelo a tres bandas).


Este poderío visual y este grandioso sentido del ritmo conforman un divertimento que conjuga de todo un poco para convertirse en un entretenidisimo filme de aventuras.



miércoles, 23 de septiembre de 2009

Reservoir Dogs

(1992)






Ahora que Quentin Tarantino ha estrenado Malditos Bastardos, conviene echar la vista atrás para redescubrir los orígenes de un director reverenciado como uno de los mejores del cine independiente americano.


Reservoir Dogs es su primera película y a día de hoy se alza sobre otras por su falta de pretensiones y su sencillez.
Como opera primera, la película ya refleja perfectamente la personalidad de su artifice y los elementos básicos de su filmografía, algunos mucho más mesurados de lo que estarían posteriormente y todos ellos al servicio de unos personajes que, como en Pulp Fiction, mantienen el interés con largas conversaciones (mención especial al apunte de las propinas).


Y lo hace con algunos de los que serían actores fetiches suyos y de su compinche Robert Roriguez. Harvey Keitel, Steve Buscemi, Michael Madsen, Tim Roth y el propio Tarantino, en uno de esos papeles suficientemente pequeños para no resultar intrusivos. Y a pesar de cierta falsedad en algunos momentos, saben cumplir con su papel, especialmente unos prodigiosos Steve Buscemi y Michael Madsen.


Por supuesto, no podían faltar elementos que ya se han convertido en iconos del cine de Tarantino.
Los saltos temporales están aquí, en forma de flashbacks en los que la película la recuerda (no los personajes). La violencia y los diálogos no pueden faltar. Y, por supuesto, sus pequeñas referencias culturales, desde la conversación inicial hasta los nombres de los personajes, pero siempre completamente puestas al servicio de la historia o, al menos, sin interferir con ella y aportándole cierto valor extra.
Así, Reservoir Dogs termina siendo el guión más redondo de su filmografía. Quizás no el mejor, pues premisas posteriores (como la de Pulp Fiction) resultan más atractivas, pero sí el que, dentro de sus limites, mejor se desarrolla.


La dirección, por otro lado, está aun por depurar. A diferencia de lo que pasaría en películas posteriores, donde Tarantino demostraría un dominio supino de la planificación y la dirección, Reservoir Dogs presenta ideas realmente buenas y logradas, pero que, a la hora de materializarse, pueden llegar a resultar hasta forzadas (el corte de la oreja).
Pero no crean que la dirección no sabe mantener muy mucho el nivel, pues aunque algo acotada por las limitaciones de la película o la propuesta, sigue siendo un complemento perfecto a la historia, indispensable para que ésta se entienda.


Al final, Reservoir Dogs es una película que define completamente el estilo de su director y que complementa perfectamente a los trabajos posteriores de Tarantino, máxime si tenemos en cuenta que todos se inscriben en ese particular universo personal, donde el hecho de que el sheriff Earl McGraw muera (Abierto hasta el amanecer) no le impide seguir ajusticiando (Death Proof).



lunes, 21 de septiembre de 2009

Malditos Bastardos





"En mi película, cada actor encarna a un personaje de su propia nacionalidad y habla su idioma. Lo del lenguaje es muy importante, porque la acción transcurre durante la Segunda Guerra Mundial y, en ese contexto, se daban situaciones en las que delatar tu acento te podía colocar en peligro de muerte"
(Quentin Tarantino en una entrevista concedida a la revista Fotogramas)

Que quede claro que mi posición con respecto al doblaje o la versión original subtitulada es el derecho de cada cual a ver la película como quiera.
El problema es que aquel que elija la segunda opción, o bien tiene que coger un avión a Madrid o Barcelona (como es mi caso), o bien tiene que esperar seis meses a que salga la película en DVD.
Y, a todas luces, no es un trato justo.

Pero el tema de Malditos bastardos es diferente (y no único, también sucedió con El libro negro , Femme Fatale, Bosque de sombras...).

Entiendo que la finalidad del doblaje es adaptar una cinta extranjera al idioma patrio, para que los espectadores sientan mejor la experiencia cinematográfica, sin necesidad de leer y quemar subtítulos en una imagen.

Pero si un director, por el motivo que sea, realiza una película que incluye fragmentos en otro idioma subtitulado, cuando se decide doblar estos fragmentos y eliminar los subtítulos se está contraviniendo el expreso deseo del autor de la película.
Y no se trata de si a uno le gusta o no leer textos en una pantalla; se trata de que cuando es una decisión del propio director, esos subtítulos forman parte de la película tanto como la fotografía y alterarlos (doblándolos al castellano) supone pervertir la obra original.

Malditos bastardos combina toda clase de idiomas y el equipo de doblaje ha decidido doblar al español todo el inglés (algo a lo que ya estamos habituados), la inmensa mayoría del francés y gran parte del alemán; de tal forma que la idea de Quentin Tarantino de darnos una película con variedad de idiomas se ve pervertida.

Y uno no puede dejar de pensar la enorme hipocresía que supone admirar al director de Pulp Fiction, traerle al festival de cine de Donostia y oírle hablar de los diferentes lenguajes de su película, cuando una gran mayoría no podrá ver la película en cine con esta variedad idiomática.



Crítica de Inglourious Basterds