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lunes, 22 de febrero de 2010

Shutter Island

(2010)





Quién iba a decir hace unos años, allá por la época de Titanic, que ese joven actor que algunos encontraban tan repulsivo y otros tan atractivo, acabaría convirtiéndose en uno de los actores más interesantes del otro lado del charco (lo cual, las cosas como son, no es demasiado decir), pero así ha sido.
Gracias a papeles como los de la simpatiquísima Atrápame si puedes Leonardo DiCaprio ha ido ganando poco a poco estatus en el negocio y trabando una gran relación con el director Martin Scorsese, junto al que hizo las estupendas Gang of New York e Infiltrados, la convencional El aviador y, ahora, Shutter Island.


Si algo se puede decir de este proyecto es, sin duda, que es atípico para su director y se enmarca en un estilo más de moda, pero no por ello deja de presentar ciertos elementos interesantes.
Y es que ya desde el punto de partida, Shutter Island tiene madera para convertirse en una película de cine negro con tono clásico y, desde luego, tiene un gran equipo detrás para ayudarla a conseguirlo.
No sólo me refiero a un correctísimo reparto, sino también a un prodigioso diseño de producción, una magnifica fotografía de Robert Richardson (nominado por su igualmente brillante trabajo para Inglourious Basterds) y la mano experta de Scorsese.


Analizándola por escenas, Shutter Island es una película por momentos brillante, que sabe hacer uso de sus medios y presenta algunas ideas geniales (el uso de piezas de música clásica), con momentos cargados de misterio (el paseo por el pabellón C) o drama (la escena del lago y su atípico uso del sonido).
En este sentido, Scorsese sabe perfectamente cómo construir una gran ambientación, una atmosfera malsana que, por momentos, va bastante más allá de lo que nos tiene acostumbrados el género estos últimos años. Y, en este sentido, Shutter Island resulta un trabajo visual sin duda interesante.


Pero lo cierto es que la película termina hundiéndose de manera irremediable por culpa de su ritmo y, sobretodo, su historia.
Y es que no sólo la película dura bastante más de lo que debería, haciéndose por momentos repetitiva y algo tediosa (la escena de la cueva), sino que la historia está cargada de trampas que buscan la salida fácil, repetitiva y previsible y que por momentos resultan casi insultantes y sin sentido y terminan lastrándose enormemente la obra.


Al final, Shutter Island es una película que se queda enormemente lejos de lo que pudo ser y echa por tierra cualquier logro que tuviera con uno de los finales más enervantes de los últimos meses.

miércoles, 27 de enero de 2010

Sherlock Holmes

(2009)





El detective creado por Conan Doyle es, a día de hoy, el personaje literario más adaptado al cine. Los progresivos cambios que han ido dándose en el mundo fílmico sobre él y que han hecho olvidar ciertos rasgos de su personalidad o han encumbrado elementos apócrifos (“Elemental, querido Watson”) , nos llevan a concluir que las películas de Sherlock Holmes sólo pueden ser vistas, en la mayoría de los casos, como hijas de su tiempo, con todos los fallos y los aciertos que ello conlleva.


Y si en los ochenta tuvimos la versión juvenil y fantasiosa del personaje, con El secreto de la pirámide (Young Sherlock Holmes, 1985), ahora toca una revisión enmarcada en el contexto de las superproducciones cargadas de acción y efectos especiales.
Aun teniendo en cuenta la presencia de Guy Ritchie y Joel Silver, lo cierto es que esta nueva visita al universo del detective consigue salir con cierta dignidad del atolladero. Y, con las películas que hemos podido ver últimamente, ello ya es en sí mismo algo a destacar.


Partiendo de una visión acomodada a los deseos de las productoras, la nueva aventura de Sherlock Holmes recupera ciertos elementos de la obra original que hasta ahora habían estado enterrados, tal como su afición al boxeo, a la esgrima, o la inusitada dignidad del personaje de Watson. Y, por supuesto, la presencia del razonamiento deductivo.
Por supuesto, todos los elementos estarán contemplados desde el prisma de una superproducción de acción del siglo XXI y serán convenientemente sazonados para tal caso, incluyendo resoluciones (como la explicación final) forzadas y facilonas, un sentido del humor que a veces funciona (Sherlock Holmes saliendo por la ventana) y a veces no (él atado desnudo a una cama) y unas escenas de acción no demasiado bien resueltas.


Contando con un guión aceptable, Guy Ritchie toma las riendas de la película rodeándose de un equipo de técnicos y especialistas que, por supuesto, saben cumplir perfectamente con su profesión, pero que no consiguen cubrir las carencias del inglés como director.
Y es que, aunque sus tics (ralentizaciones y derivados) puedan estar mejor llevados que en otras películas, su dirección termina resultando verdaderamente apática, sin transmitir absolutamente nada.
Con este panorama, quién lo iba a decir, uno de los elementos más destacados sería la partitura del cada día más temible Hans Zimmer, capaz de lo mejor (The Ring) y lo peor (Kung Fu Panda), que aquí, aunque sin hacer nada especialmente brillante, se atreve a innovar en el sonido y crear algunos temas musicales que intentan ir más allá de una tonadilla heroica (aunque sólo lo consiga a medias).


Así, Sherlock Holmes se aúpa enteramente en los hombros de sus actores principales, Robert Downey Jr. y Jude Law (a Rachel McAdams mejor no mencionarla).
Con su humor y moderación el primero y con su porte el segundo, encarnan a los personajes de Conan Doyle de una forma más que correcta y se aprovechan de los pocos detalles realmente mencionables del guión (y que siempre se refiere a la relación entre ambos), y dan cierto atractivo a una película que, aunque en ningún momento llega a insultar la inteligencia del espectador, termina haciéndose algo cansina.

miércoles, 21 de octubre de 2009

Arma Fatal

(Hot Fuzz, 2007)





El dúo británico compuesto por el director Edgar Wright y el actor Simon Pegg comenzó a llamar la atención con la divertida serie Spaced, que narraba en clave de humor las desventuras de dos compañeros de piso desde el prisma de las referencias cinéfilas y cultural.
Tras ésta, llegaría Zombies Party, nada brillante traducción española del título original (Shaun of the Dead), que no sólo seguía con ese humor peculiar y esas referencias, sino que ahora lo integraba en un argumento de cine de género, la invasión zombie.
Su trilogía de helados y sangre (llamada así por la presencia tanto de hemoglobina como de Cornettos de colores en cada película) había comenzado con esta película, y a ella habrían de seguirle Arma Fatal y la aun por estrenar The World's End.


Como tantos otros cineastas que comienzan, los británicos entran al mundo del cine con todas esas películas que les marcaron como guía.
Y si algunos cineastas se dejan influenciar por estas referencias y las incluyen en su cine de forma secundaria (Zodiac, Bosque de sombras o The Birthday), otros, como Wright o Quentin Tarantino, las sitúan a un nivel más destacado, pero siempre al servicio de la historia.


Así, reconocer los guiños da un valor extra al film, con la ventaja de que hablamos de una referencialidad mucho más accesible y genérica que la del mencionado director de Kill Bill, con elementos de conocimiento común entre cualquiera que haya visto cine de género negro y de acción. Con estos elementos, tenemos una película especial, pues hablamos de una comedia que hace semiparodia de elementos icónicos del cine que homenajea, pero ejerce a la vez de ejemplo de ese mismo cine.
Es decir, Arma Fatal es a la vez comedia y thriller de acción, funcionando perfectamente en ambos campos.


A esto cabe añadir un prodigioso sentido del revisionado. Wright y Pegg componen un guión de historia algo simple, pero de diálogos y situaciones prodigiosamente trabajadas. Y no sólo por su ingenio y su sentido del humor, que también, sino por su gusto por la autoreferencia.
Arma fatal está absolutamente plagada de bromas y chistes dentro de la propia película, desde los más obvios hasta los más sutiles, que no sólo consiguen una película con un atractivo en cada revisionado, sino que dejan al espectador pensando si detalles determinados son referencias muy rebuscadas o simples casualidades.


Con unos 9 millones de euros presupuesto, Wright demuestra un hacer excelente en su segunda película, sacando el máximo partido a cada céntimo, para lograr una obra verdaderamente entretenida, espectacular y adrenalítica cuando debe, con una última media hora simplemente genial, que deja en evidencia la mayoría del cine de acción actual.
Wright crea un ambiente de pequeño pueblo inglés que tiene más de lo que aparenta, y lo hace con un montaje simplemente prodigioso.


Junto a Chris Dickens, montador ganador del Oscar por Slumdog Millionaire, llena la película de cortes y planos rápidos que, lejos de cansar (como si le sucede a Michael Bay), resultan tan perfectamente calculados que permiten al director dar una emoción genuina a la película (la persecución al salir del supermercado), lo que convierte a Hot Fuzz no sólo en una gran comedia, sino en una de las mejores películas de acción de los últimos años.


Y, por último, de mención obligada resulta su reparto, encabezado por un Simon Pegg que tiene mucho más carisma del que Hollywood quiere darle (relegándole a secundario cómico), y con legendarios actores del cine inglés, incluyendo a un simplemente prodigioso Timothy Dalton, en el papel de su vida (lo cual tampoco es muy difícil).


Arma Fatal es una combinación impresionante de diferentes géneros, que funciona en todos y cada uno de ellos, erigiéndose como una película hilarante, entretenida y, es de agradecer, inteligente.


viernes, 9 de octubre de 2009

Kiss Kiss Bang Bang

(2005)





Quien iba a decir que una de las mejores películas de cine negro recientes iba a venir del firmante de la entretenida (pero intrascendente) Arma Letal.


Shane Black, quien ya tuvo un pequeño papel en Depredador y fue guionista de la mitad de las películas de acción decente en los años 80, debutó en la dirección con esta película en la que la ambición se veía ya sólo en el reparto, que reunía al ex-alcohólico Robert Downey Jr. con el conflictivo Val Kilmer, como si Black no temiera un posible apocalipsis en medio del rodaje.
Pero el guionista sabía lo que se hacía, y no sólo supo controlar perfectamente a sus actores, sino que les sacó sus mejores actuaciones hasta el momento y los puso a plena disposición de un guión que echaba un vistazo al cine negro de una forma pocas veces vista.


Así, a la hora de realizar una actualización de las historias de Dashiell Hamett o Raymond Chandler, sobre el engaño y las traiciones, el cineasta no optó por una visión excesivamente respetuosa, sino por una actualización de su filosofía tanto el mundo moderno como al medio cinematográfico.


Black nos cuenta una historia de perdedores y tipos de sueños frustrados, envueltos en la sordidez del mundo (impresionante la referencia al abuso de menores), como quien expía sus demonios largamente encerrados y abre su alma al público; y lo hace, lejos de lo que cabría esperar de un debutante tardío y no demasiado brillante como guionista, con un uso del metalenguaje inusual.


El director utiliza una estructura hasta cierto punto de libro, como la división por capítulos y la voz en off, y se vale al mismo tiempo del lenguaje cinematográfico de forma no muy usual, con escenas alucinatorias (la hilarante resurrección final) y pausas en la cinta (sublime epílogo); lo cual, aunque en ocasiones no funcione tanto como debería, descubre no sólo a un tipo con buenas ideas, sino que además sabe cómo llevarlas a cabo.


Kiss Kiss Bang Bang termina siendo una película de género negro más inteligente de lo que cabe esperar y aunque no sea especialmente genial sí resulta entretenida y estimable.


domingo, 4 de octubre de 2009

El cerebro de un millón de dólares

(Billion Dollar Brain, 1967)





Aunque Michael Caine firmó para cinco películas de Harry Palmer, todas las cuales iban a estar basadas en novelas de Len Deighton, su reticencia a hacer una cuarta convenció a Harry Saltzman para dejarle ir, haciendo de El cerebro de un millón de dolares la última película del espía británico.
En los años 90, se realizarían dos coproducciones entre Canadá, Inglaterra y Rusia, rescatando al personaje, con mucho menor acierto.
Harry Palmer se ha retirado del servicio de inteligencia inglés, cuando recibe la visita de un viejo amigo, que le habla de un coronel texano que pretende librar a los países nórdicos de Europa del comunismo invasor.


Para esta última aventura, el testigo de la dirección pasa del Furie de Ipcress y el Hamilton de Funeral en Berlín a Ken Rusell, quien dota a la película de un tono completamente nuevo y mucho más excesivo.
Y es que ya desde sus títulos de crédito uno sabe, por la maravillosa partitura musical de Richard Rodney Bennet (un tema legendario), que la película va a ir más allá que las anteriores, aunque en el fondo siga conservando toda su esencia.


El sentido del humor sigue presente en el personaje de Harry Palmer así como su carácter y su habilidad para meterse en toda clase de situaciones complejas de las que prácticamente saldrá escaldado (especialmente, en su dramático final), pero ahora todo está amplificado con la llegada de los amigos americanos.


De la mano de un siempre genial Karl Malden (atención a la escena con el rifle en la iglesia) y un descontrolado (y, por tanto, prodigioso) Ed Begley, la película nos lleva a la paranoia anticomunista y nos presenta una versión atípica del tradicional malo Bond, aquí más loco que una cabra, menos brillante que un guisante y rodeado de toda clase de bizarros elementos (el ordenador superdotado). Y todo nos conduce a una media hora final que sólo puede ser descrita como un delirante y bizarro espectáculo que pone un punto final absoluto a la vida cinematográfica del agente británico.


Así, El cerebro de un millón de dolares camina perfectamente, como Ipcress y Funeral en Berlín, entre el misterio, la comedia (negra) y el drama; y nos deja verdaderos momentos para el recuerdo. Un más que digno final a la saga de Harry Palmer.


viernes, 2 de octubre de 2009

Funeral en Berlín

(Funeral in Berlin, 1966)





Por supuesto, tras la buena recepción de Ipcress, que acarreó premios hasta para el director despedido, era cuestión de tiempo que Harry Saltzman decidiera lanzar una secuela. Cuestión de muy poco tiempo, pues Funeral en Berlín se estrenó apenas un año después, y nos muestra al agente del gobierno británico Harry Palmer, que se ve obligado a ir ahora a Berlín, donde un coronel ruso ha expresado su deseo de cruzar el célebre muro.


Del mismo modo que Saltzman no quería ir a lo fácil y repetir la formula en Ipcress, a la hora de producir Funeral en Berlín dejó todo en manos de un equipo de técnicos (casi) nuevo y, curiosamente, recurrió a un recién salido de la saga Bond, Guy Hamilton, autor de la que probablemente sea la mejor película del agente 007, Goldfinger.


Así, Funeral en Berlín adopta un estilo menos peculiar que el de su predecesora (Otto Heller, director de fotografía, hace un trabajo radicalmente distinto pero igualmente notable), sin traicionar en ningún momento su espíritu y recordándonos a otros clásicos del cine de espías. Y si John Barry se inspiró en El tercer hombre para componer la banda sonora de la primera película, ahora es la historia de Funeral en Berlín la que nos recuerda a la magnífica película de Carol Reed, salvando las distancias.


Nuevamente, Michael Caine da vida con su magnífica eficiencia al agente Harry Palmer, que sigue encontrándose con los mismos problemas, ahora secundado por unos estupendos Oskar Homolka y Hugh Burden, y mantiene siempre ese tono de humor negro y cierta pesadumbre.
Rodeado de acertijos y laberintos, el agente inglés está lejos de desenvolverse como héroe de acción y de nuevo se ve envuelto en escenas brillantemente ideadas (el magnífico momento de la apertura del ataúd), con un tono sórdido y corrupto por parte de buenos y malos (el ahogamiento en el piso del anciano), y termina exponiendo su drama como persona (su final), acompañado siempre de la magnifica partitura musical de Konrad Elfers.


Así, con un estilo marcadamente diferente al de Ipcress, Funeral en Berlín se erige como una película levemente inferior a la original, pero igualmente cargada de misterio, ingenio y drama. Una película de espías de esas que da gusto ver.


Harry Palmer se enfrenta a El cerebro de un millón de dólares

miércoles, 30 de septiembre de 2009

Ipcress

(The Ipcress File, 1965)





Tras el éxito de las primeras películas de James Bond, su productor, Harry Saltzman, decidió adaptar las aventuras literarias de otro agente inglés. Pero, en la loable intención de no repetirse, buscó un tono completamente distinto.
Basada en la novela de Len Deighton, Ipcress cuenta la investigación que lleva a cabo el agente inglés Harry Palmer sobre las sospechosas desapariciones de diferentes científicos durante los últimos meses.


Las películas Bond, con sus más (Goldfinger) y sus menos (Quantum of solace), han gozado de una gran fama a lo largo del planeta y han ido extendiéndose hasta prácticamente borrar su origen británico.
La saga que inició Ipcress, limitada a tres películas oficiales y dos telefilmes de baratillo, convirtió a Harry Palmer (nombre creado para la película por Saltzman y Michael Caine) en el auténtico paradigma del espía al servicio de su majestad: un snob canalla y mujeriego, aficionado a la cocina.


Y qué mejor forma de empezar a crear un gran personaje que contando con una grandísima leyenda como es Michael Caine, uno de los mejores actores que el cine ha podido darnos, con un porte y un carisma hipnóticos, ya esté dando lo mejor de sí, como en esa obra maestra que es La huella, o simplemente se limite a cobrar el cheque, como en la hilarante Tiburón 4.
El actor, con su estilo, sabe cómo llevar sobre sus hombros el peso de la película y se ajusta perfectamente al personaje de Harry Palmer. O quizás habría que decir que ajusta el personaje a sí mismo.


La trama de Ipcress y su desarrollo se orienta mucho más hacia las películas de misterio que hacia la acción desenfrenada, y no teme en ningún momento remarcar lo antiheroico de su personaje protagonista y sostener la tensión y el interés sobre la revelación del misterio en sí mismo, sometiendo por el camino a toda clase de frustraciones y desengaños al propio Palmer.
Y lo hace todo con una dignidad y un estilo envidiable, al que sin duda ayuda el reparto de eficientísimos ingleses, con el siempre genial Nigel Green (una cara y una voz inolvidables).


Y, cosas de la vida, uno no puede dejar de sorprenderse al encontrar al nefasto Sidney J. Furie, que posteriormente dirigiría Superman IV, detrás de la cámara.
Harry Saltzman confiaba en este canadiense para sacar adelante Ipcress, pero le despidió nada más terminar el rodaje, cuando el director quemó delante de Saltzman una copia del guión (que, según dijo, no entendía en absoluto).


Y aunque ya hemos visto otras veces (Thief and the cobbler o Invasión) que el despido de un director a mitad de la producción no suele dar resultado, Ipcress sale sorprendentemente airosa del contratiempo; y no sólo por contar con un guión magnífico.
Quizás por su incapacidad para entender la historia, Furie decidió rodar la película de una forma muy visual, buscando hacer una historia más estimulante con planos rebuscados.
Su marcha dejó el montaje en manos de Saltzman y el montador Peter Hunt (con un pie en la saga Bond), quienes supieron dosificar los momentos descontrolados con otros moderados, dando a la película esa justa medida de extrañeza y misterio, que se ajusta perfectamente a su historia (en especial en su atípica parte final).


Así, uno no puede pasar por alto la inestimable labor de Saltzman en Ipcress. Y es que el productor no sólo llevó adelante un producto diferente a lo que había acostumbrado a la gente, sino que supo encargarse de él cuando hizo falta, y llevó consigo al magnífico John Barry (que crea un tema musical inolvidable que retrotrae a El tercer hombre) y al eficiente Otto Heller (cuya delirante fotografía con grano y contrastes es extrañamente atractiva).
El resultado final, aun a pesar de surgir a la sombra de 007 y contar con un rodaje ajetreado, es una elaborada película de espías, con un guión a prueba de balas y una factura visual interesantísima.


Harry Palmer vuelve para un Funeral en Berlín

viernes, 4 de septiembre de 2009

El tren de las 4:50

(Murder She Said, 1961)


Agatha Christie se ha erigido con su numerosa obra como una de las grandes escritoras inglesas de novelas de misterio. Sus personajes han pasado a la historia de los detectives, casi junto a Sherlock Holmes.
No obstante, la creación de Arthur Conan Doyle resultaba mucho más estimulante que las aventuras literarias de Jane Marple o Hércules Poirot, que en el fondo se limitan a repetir una formula parecida, pero con unos personajes que no por peculiares son atractivos y que bien se cuidan de guardarse los datos fundamentales para resolver el misterio antes que nadie.


Así, a la hora de adaptar al cine las novelas de Christie, uno puede o bien tomar sus trabajos más peculiares (Diez negritos) o darles un toque diferente, sea con el guión o la dirección.
Cuando una novela de Agatha Christie se adapta sin demasiada personalidad el resultado final puede ser, como en el caso de El espejo roto (The Mirror Crack'd, 1980), tedioso y carente de cualquier atractivo.


Habiendo numerosas adaptaciones de la obra de Christie con actores tan competentes como Peter Ustinov, Maggie Smith, Sean Connery, Colin Blakely... el abajo firmante no puede resistir el inocente encanto de las películas que protagonizó Margaret Rutherford en los años 60.
En 1961, El tren de las 4:50 se estrenó firmada por George Pollock y con la desaprobación de la propia Agatha Christie.


El guión de la película huye de realizar una adaptación literal, de las que tanto se llevan hoy día, y se distancia de la novela para aportar su visión personal. Como lo que ya está escrito no tiene sentido reiterarlo en pantalla, esta primera aventura de Miss Marple modifica a placer la historia original.
Es cuestión de gustos si uno prefiere el calmado misterio de Christie con sus numerosos protagonistas, o la presencia constante de Margaret Rutherford con un tono más decididamente cómico respaldado por la divertida y pegadiza partitura de Ron Goodwin. Personalmente, escojo sin dudarlo la segunda opción.


La presencia de Rutherford en el reparto es esencial para lograr el tono de la película, en la que la ausencia de elementos dramáticos le confiere una gran honestidad.
Habiendo aparecido en papeles secundarios en la amena Pasaporte para Pimlico (Passport to Pimlico, 1949) y la genial El espíritu burlón (Blithe Spirit, 1945); en El tren de las 4:50 la actriz llevaba consigo no sólo su cómica actuación, sino a su propio marido, Stringer Davis, para el que se creo exclusivamente un personaje con su mismo nombre.


Rutherford interpreta una mujer activa y cómica que carga sobre sus hombros el peso de toda la película, a diferencia de la novela, donde su papel estaba más acotado.
La Miss Marple del cine, no obstante, está perfectamente respaldada por un grupo de personajes simpáticos, encarnados a la perfección por actores como Arthur Kennedy, James Robertson Justice, Charles Tingwell, Ronnie Raymond o el mencionado Davis.
La trama de misterio queda así en una posición importante pero supeditada al humor, que realmente se agradece y consigue sacar adelante, con su tono ameno, una convencional historia de asesinatos.


El mismo equipo daría posteriormente tres películas más, no tan geniales, pero igualmente divertidas, y que tomaban ya como lejana inspiración la obra de Agatha Christie.


miércoles, 2 de septiembre de 2009

Zodiac

(2007)


En 2008 se estrenó El curioso caso de Benjamin Button (The Curious Case of Benjamin Button, 2008) de la mano de David Fincher. Su primera nominación a los Oscar le llegó por este correcto aunque intrascendente drama.
Quizás porque las historias de gran poder conmovedor o dramático siempre parecen mejores, Fincher no olió una candidatura hasta que fue directamente a buscarla con esta película, a pesar de su gran labor en Seven (Se7en, 1995), El club de la lucha (Fight Club, 1999) y Zodiac.


Si algo puede alabarse del director es su tendencia a no repetirse en ningún momento. Así, estas tres películas, las mejores que ha hecho hasta el momento, tienen un tono y una dirección marcadamente diferente, perfecta en todos los casos.
Y mientras las dos historias protagonizadas por Brad Pitt (Seven y El club de la lucha) tenían un guión de hierro, Zodiac se salva única y exclusivamente por la mano de Fincher, que coordina absolutamente todos los departamentos a la perfección.


Basada en hechos reales, Zodiac narra la persecución policial a un asesino en serie a lo largo de más de 20 años y muestra la forma en que afecta a los dos periodistas y los dos policías más vinculados al caso.


El primer elemento que llama la atención de esta película es la escrupulosa recreación de los hechos. Al leer el libreto de James Vanderbilt, guionista insulso donde los haya, Fincher decidió revisarlo para adaptarlo más a lo que en realidad fue el caso. Y se nota.
Zodiac huye del morbo o de la especulación infundada para ceñirse a la realidad, huye de los tópicos del thriller para contar una historia atípica que se sustenta en sus personajes, cuya evolución termina siendo más importante que la propia identidad del asesino.


Estos detalles acertados vienen marcados, probablemente, por las pautas que estableció el propio Fincher. Pero la hora de entrar en diálogos y detalles concretos, aunque existen aciertos (el retrato de los personajes), por momentos el guión resulta demasiado simple (el interrogatorio) y parece no ir a ningún sitio (su parte final).


Lo más curioso de todo es que estos fallos terminan importando poco o nada, por la mano experta de Fincher para resolver (casi) cualquier escena.
Y es que el director no está atado a la hora de retratar la historia, ni por hechos (la película comienza con un niño asistiendo al colegio en pleno agosto) ni películas previas, y su visión de la época conjuga tanto elementos icónicos vistos en cine (los logos de las productoras) como su experiencia personal, dándonos una realidad totalmente creíble, enfatizada por el tono documental.


Por si esto fuera poco (que no lo es), nunca está de más remarcar que Zodiac cuenta con algunos de los efectos visuales más convincentes de los últimos años, no por su espectacularidad sino por su ajuste a la historia.
Es cuestionable que una película como esta necesite imágenes recreadas por ordenador, pero lo cierto es que resultan tan perfectas que prácticamente son imperceptibles y están al servicio del director, para hacer que la película sea tal como la imaginó.


El propio Fincher describió la dirección de una película como guiar un pincel gigante sostenido por cientos de personas. Y, por ello, la selección de todos los implicados en Zodiac es ideal. El director sabe lo que quiere y se rodea de gente de talento que le ayude a conseguirlo.


Harris Savides, director de fotografía, retrata cada época, desde los 60 hasta los 80, con perfección y ayuda a construir el tono de la película (la escena del lago).
La banda sonora original, por su lado, corre a cargo de David Shire. Que éste fuera el compositor de Todos los hombres del presidente (All the President's Men, 1976), una de las películas favoritas de Fincher, no es casualidad.
Su partitura es calmada y atmosférica (los policías en el taxi) y de una presencia escasa, ayudando a ese tono documental de toda la cinta.
Junto a la labor de Shire encontramos una selección de canciones que sirven tanto para contextualizar la película (el montaje extendido incluye un magnífico minuto de pantalla en negro que, a través de canciones, representa un salto temporal de cuatro años) como para construir escenas (el asesinato inicial).


Y si los técnicos cumplen con creces, lo mismo se puede decir de los actores. Fincher les presiona hasta la extenuación, pero sin duda merece la pena.
Hasta el secundario más insignificante es perfecto en sus movimientos, sus expresiones, su tono de voz... Y pese a la corrección de Jake Gyllenhaal, quienes se llevan la palma son un felizmente resucitado Robert Downey Jr., Mark Ruffalo y Elias Koteas, con las que probablemente sean, en el caso de los dos últimos, sus mejores actuaciones hasta la fecha (lo cual, las cosas como son, tampoco es difícil).


Al final, pese a sus fallos (que los tiene) Zodiac es una película impresionante en casi todos los sentidos y uno de los mejores thrillers que Hollywood nos ha dado recientemente. Y, por supuesto, no tuvo cabida en unos Oscar en los que sí estaba Juno (2007).