viernes, 21 de agosto de 2009

Arrástrame al infierno

(Drag me to hell, 2009)

Cuando Spider-Man (2002) fue un éxito de taquilla, la decisión de los estudios Sony de contratar como director a Sam Raimi, director de la sobrevalorada Posesión infernal (The Evil Dead, 1981) y la magífica Un plan perfecto (A Simple Plan, 1998), fue, cuanto menos, curiosa.


Lo cierto es que la adaptación del cómic, pese a su éxito y a contar con un equipo de profesionales, no acababa de despegar, y la mano de su director por momentos parecía más una anécdota que otra cosa. La vena excesiva y delirante del director, algo más enfatizada en sus secuelas, estaba prácticamente ausente de esta primera parte (salvo en su enfrenamiento final). Y durante los años que Raimi se encargó de la saga, ésta prácticamente pasó a definirle, dejando Posesión infernal y delirantes secuelas como un pasado remoto.


Tras la fallida tercera parte, que cierra una de esas trilogías que están tan de moda ahora, el director dejó la araña un lado para ir a Universal con un nuevo proyecto.
Y es que la elección de la productora, famosa por sus películas de terror tanto clásicas (Frankenstein, 1931) como recientes (Un hombre lobo americano en Londres - An American Werewolf in London, 1981), parece formar parte de los planes de Raimi para volver al género que tan bien se le da si quiere.


Escrito junto a su hermano Ivan, el guión de Arrástrame al infierno contempla el cine de terror actual desde el prisma que caracterizó a las películas más personales de su autor. Los hermanos comprenden que prácticamente no tiene sentido encarar una película de terror desde un prisma serio, por mucho que la gente insista en hacerlo (The Ring, 2002), si no se posee una idea particularmente genial.


Así, toman los elementos más característicos del cine de género y los lleva un paso más allá para exponer su naturaleza ridícula, ayudado por la magnifica partitura musical de Christopher Young, con especial mención al uso del violín. Así, el director obliga al espectador a ser consciente de que lo que está viendo no es una película seria, sino un delirio en toda regla, que en ocasiones traspasa la fina línea entre la exageración y la parodia tonta (la protagonista tropezándose con cadáveres) perdiendo parte de ese toque que la hace diferente.


Tampoco es que Arrástrame al infierno sea una obra particularmente brillante, pero escenas como el exorcismo del niño mexicano al inicio, la bizarrísima sesión de espiritismo o todo el final (sin recurrir, por cierto, a una sola gota de sangre) consiguen que el espectador salga de esta hora y media de (perdonen la palabra) putadas constantes con una sonrisa de oreja a oreja. Y eso ya se agradece en una película.


1 comentario:

  1. Mala con avaricia, pero divertida y memorable como ella sola.

    Sam Raimi un grande.

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