miércoles, 16 de diciembre de 2009

Los apuros de un pequeño tren

(The Titfield Thunderbolt, 1953)





Los Ealing Studios marcaron una de las mejores etapas del cine inglés (si no la mejor), entre los años 40 y 50.
Con un grupo de directores, guionistas, músicos, fotógrafos y actores habituales, sus películas, con un tono profundamente británico, son ya legendarias, como El quinteto de la muerte (The Ladykillers, 1955), Al morir la noche (Dead of night, 1945) o Scott of the Antarctic (1948).


Cuando el tren de un pequeño pueblo va a ser retirado, los habitantes se unirán para comprarlo y mantenerlo ellos mismos.


Los apuros de un pequeño tren se enmarca en esa faceta de Ealing que, con un tono costumbrista, narra las locas aventuras y desventuras de un grupo de ciudadanos, muy en el estilo de la delirante Pasaporte para Pimlico (Passport to Pimlico, 1949); una de esas historias pequeñitas pero enormemente simpáticas que saben dejar al espectador con una sonrisa de oreja a oreja, tanto por su sentido del humor (la caza de perdices desde la locomotora) como cierta emotividad (las colaboraciones para mantener el tren en marcha).


Así, los personajes peculiares se adueñan de la pantalla durante 80 minutos y viven toda clase de aventuras, a veces demasiado alocadas (el robo del tren), pero siempre divertidas y en ocasiones memorables.
El simpático George Relph lleva el peso de la historia central con perfección, Nauton Wayne realiza el papel de secundario que tanto perfeccionó en películas como Alarma en el expreso (The Lady Vanishes, 1938) y Stanley Holloway se descontrola que da gusto (no hay más que ver su primera escena en la taberna). Entre todos ellos, consiguen hacer que la película suba unos cuantos escalones.


Los peldaños que quedan se recorren de la mano de Charles Crichton, director de la genial Un pez llamado Wanda (A Fish Called Wanda, 1988), y que ya había dirigido para la Ealing Clamor de indignación (Hue and Cry, 1947), con estupendos resultados.
La película encuentra una baza en su ambientación, que sumerge al espectador en la campiña inglesa con un gran uso del sonido (atención a la perfecta dosificación de la música) y una estupenda fotografía de ese genio que es Douglas Slocombe, entre cuyos trabajos más destacados cabe encontrar la trilogía de Indiana Jones y Un trabajo en Italia (The Italian Job, 1969).


Al final, Los apuros de un pequeño tren es justo lo que parece, una afable historia costumbrista que sabe como hacer reír y entretiene a la perfección.

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