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domingo, 28 de agosto de 2011

Super 8

(2011)





A lo largo de estos últimos años, la nostalgia ochentera ha ido haciéndose un hueco en el mundo del cine, películas que nos retrotraen a clásicos del cine blockbuster de una época pasada.
El mayor problema es que un homenaje fílmico a otra obra cinematográfica es casi por definición inferior al material referenciado. Salvo un talento desmesurado del tipo tras la cámara (Tarantino con un buen día, por ejemplo), la mayoría de estas películas (ya tomen como referencia los 80, los 70 o, dios no lo quiera, los 90), se quedan en una simple anecdotilla que a lo máximo que aspira es a despertarnos la simpatía nostálgica, como sucede con Paul.
Por supuesto, hay honrosas excepciones, sirvan la infravalorada Monster House o Donnie Darko como ejemplo.

Super 8 se ambienta a finales de los años 70 y narra la historia de un grupo de niños que quiere hacer una película y termina encontrándose con una amenaza extraterrestre.
Así pues, tenemos el mal referencial de los 80, el mal metareferencial de cine dentro de cine y el mal tras la cámara que es J.J. Abrams,

J.J., bien sea por suerte, bien por talento, ha sabido venderse y posicionarse en el punto de vista del público. Atrás ha dejado los días en que escribía Felicity, Nunca juegues con extraños o Armaggedon, para ser el tipo de Perdidos (de la que, por cierto, se desvinculó al poco tiempo) y la nueva esperanza de la humanidad.
Pero, personalmente, a día de hoy sigo pendiente de ver algo en su trabajo que me llame la atención. Ciertamente no es lo que podríamos decir un mal director, no atenta contra nuestra dignidad como personas (lo que podría decirse de algún otro que anda suelto por la meca del cine), pero en él todo es monotonía y amateurismo y Super 8 es un nuevo ejemplo en esta línea, salvado levemente por esa nostalgia ochentera.

Un pueblo pequeño, un grupo de niños, una cámara de super 8, alienígenas… la película es una mezcla entre Tiburón, Los Goonies, Gremlins, Encuentros en la tercera fase… Y prácticamente ahí están todas sus virtudes, en ese copia-pega de productos de indudable calidad que hacen media película.
De la otra media, ya se encarga J.J., con su guión y su dirección. Por partes:

Como guionista, a lo largo de su carrera parece haber confundido personalidad con esa manía de teenegizar todo lo que toca, Misión Imposible 3 y Star Trek inclusive. En Super 8 sigue la pauta, aunque esta vez con niños. Poco importa; asentándose sobre los tópicos de los 80, vuelve a darnos las mismas relaciones personales y conflictos de manual, que no despiertan ni odio ni admiración, sino simple monotonía.
Por si esto fuera poco, estos estereotipos andantes pululan por un mundo hiperbolizado al más puro estilo del cine de acción de los últimos años: en Super 8, los trenes no solo descarrilan; descarrilan, se llevan por delante cientos de materiales frágiles, explotan y saltan por los aires.

Como director, deja atrás el estilo televisivo e impersonal de MI3 para continuar, desgraciadamente, con la tónica visual establecida por Star Trek.
El mayor problema de J.J. es que, como la mayor parte de directores actuales, no sabe muy bien qué hacer con la cámara, más allá de dejar los planos y el montaje en modo automático y confiar en su director de fotografía y su músico (que, por cierto, hacen un gran trabajo).
En Star Trek, pareció dar con una solución doble a este problema: llegaron los lens flares (destellos que producen las luces artificiales) y los movimientos espectaculares. Ninguno de los dos es malo por sí mismo. El problema viene cuando uno no sabe usarlo. Y J.J. no sabe qué demontres hacer con ellos. Confía ciegamente en ambos y los usa sin ningún sentido narrativo hasta la completa extenuación, como quién repite un mal chiste con la esperanza de que a la vigésima vez sea hilarante.

El resultado final no es una mala película, no es una película insoportable, sino, simplemente, una mediocridad que se ve y se olvida sin dejar ningún rastro en la memoria más que algún detalle concreto. No divierte ni entretiene, simplemente… pasan cosas.

martes, 25 de enero de 2011

La enésima opinión sobre la descarga de películas

Uno de los mayores problemas que existen en los debates actuales, públicos o privados, es la dicotomización, la reducción a lo absurdo de todas las variables para poder hacer un simplón enfrentamiento entre dos posturas. Si no estás conmigo al 100%, estás contra mí al 200%.
Y, por supuesto, la piratería, la descarga de películas, el compartir elementos audiovisuales, cómo ustedes quieran llamarlo… Tampoco se libra, más aun cuando está maximizado por la exageración y radicalización que parece prodigarse tanto por la red. Porque el que no grita no se hace oír y porque nadie dice “quizás” cuando puede decir “¡SIEMPRE!” o “¡NUNCA!”, por mucho que la primera opción pueda resultar más sabia (no más cobarde).
Y entre tanto caos, hay quien dicen tener la solución definitiva, cuando muchas veces ni siquiera entiende el problema en toda su extensión, porque sólo se ve como una cuestión de “sí” y “no”, y de arremeter contra aquellos que tienen una posición distinta, por mucho que intenten justificarla.

Hace unos años, los sábados por la tarde era el momento de quedar con amigos para ir al cine más cercano y ver una película, muchas veces fuera la que fuera. Ahora, los sábados por la tarde es el momento de quedar con amigos para ir a casa de uno a ver un screener, que no tiene ya que ver con la piratería, sino con el buen gusto. Porque ver una película grabada con cámara casera en un cine no tiene nombre.
Personalmente, lo primero es algo que echo de menos muchas veces, pero también estamos hablando de una época en la que el cine costaba 3 de los euros de ahora, y no 8.
De pronto surgió internet, y ahora ya se podía ver película gratis. Y todo tiene sus cosas buenas y sus cosas malas, pero es impepinable que mucha gente dejó de pagar por lo que ya tenía gratis en casa. No es de extrañar, teniendo en cuenta canones varios, y precios exorbitantes. Un dato: la edición española de Avatar cuesta casi el doble que la edición inglesa y en el susodicho país pueden encontrarse multitud de películas por menos de la mitad de lo que cuestan aquí… y no es que España duplique el nivel de vida de Inglaterra.

Está claro que no es ilegal bajarse una película, o las compañías telefónicas no utilizarían absurdas triquiñuelas de avisar y bajar la velocidad del ADSL. Porque si algo es claramente ilegal, se corta de raíz y se evitan canones absurdos que nos presuponen a todos como copiadores de material, como si todos las personas con carnet de conducir tuvieran que pagar por presuponérselas infractoras del código vial.

Pero por otro lado es cierto que mucha gente va a lo gratis, si puede tenerlo. Se clama libertad de expresión y cultura libre porque son las películas lo que está en Megaupload. Si fueran los tomates o las patatas, se demandaría la horticultura gratis, cuando en realidad, ninguna propuesta es sostenible.
Hace unos días, Francis Ford Coppola decía en una clase magistral que con el tiempo el cine debería hacerse no por dinero, sino por amor al arte. Queda bonito y moderno, no me cabe duda. Pero el cine no es sólo un arte, es un negocio por pura necesidad. Porque una película tarda años en hacerse, porque cuenta con gente que dedica meses completos de su vida a hacerla, porque necesita recursos físicos, porque necesita material… Y la cultura gratis significa hacer todo eso sin cobrar un duro, por puro amor al arte. Y si no cobras un duro, tienes que buscarte otro trabajo. Y si te buscas otro trabajo, no tendrás tiempo para hacer cine. Y serán mucho los que se den por vencidos. ¿Cine gratis? Estupendo, si lo que quieren es que salgan dos películas al año. Y créanme cuando les digo que no serían precisamente Transformers 2 y Avatar.

Pero bueno, ya se paga, se paga con el canon, con los precios exagerados… Descargarse películas es una forma de revelarse ante los precios de los intermediaros y gestores. En teoría, se sostiene. Según el mismo razonamiento, tampoco deberíamos pagar por las playeras, pantalones, camisetas… Pero no es lo mismo bajarse algo fácilmente de la red que pasar algo oculto en el abrigo a través del detector de la puerta.
Claro que jode pagar un canon, más aun cuando sabes que el productor de la película japonesa no editada en España que acabas de grabar en DVD no verá ni un céntimo de ese canon que, por pura teoría, debería corresponderle. ¿Pero la forma de combatir el canon es bajarse películas de gente que, precisamente, no tiene relación con ese canon, es decir, mercados internacionales?

Ahora, ¿es ético, moral, llámenlo-como-quieran? Ese es otro tema, a juicio personal de cada uno. Personalmente, creo en el reconocimiento de un trabajo bien hecho. Y el cumplido a través de Twitter no acaba de ser un reconocimiento, porque el cine funciona a través de lo que funcionan todos los negocios, oferta y demanda, retorno de la inversión. Y si me gusta una película, prefiero pagar por ella, prefiero reconocerlo de alguna forma.

Pero bien es cierto que la descarga de películas no es completamente negativa, los hay que han podido descubrir el cine gracias a ellas, que han podido hacerse con clásicos imposibles de encontrar, con películas que sólo pululan por la red y que pueden morir con una limitación de esta. Y, nuevamente, no me refiero a Transformers 2 ni Avatar.